La paciencia perdida ante el vacío

«Paciencia» es el nombre de esa virtud que en ocasiones parece más un defecto. Me siento en el borde que son mis párpados a punto de cerrarse, y la inconsciencia, el abismo al que me gustaría abandonarme. Lo que me tiene atada: las tambores del 16 de septiembre, la música mezclada de diferentes casas. Me siento rodeade, como quien está en un antro de delgadas paredes que simula ser un centro de diversión de diferentes pisos, separados por diferentes tipos de música. La coordinación de mis pies por efectos del medicamento, como si en la barra me hubiesen dado una bebida adulterada. Y simplemente espero conciliar el sueño.

Mi corazón lleno de maleza que son los recuerdos de ese espectro, manifestación electrónica de alguien que simula tener venas por las que corre la sangre, y sin embargo siento como si me enfrentase a un «deep fake». ¿Cuál es el algoritmo tras su rubor? Le pienso un espejo, un actuador que al ser presionado, alimenta mis deseos más ególatras. Sin embargo, me enfrento ante la más obvia de las decisiones. Allí no hay nada, es un parámetro vacío que no abona al código de mi rutina, y sólo ocupa kilobytes de memoria que bien pudieran ser invertidas en otras funciones.

Me detengo. Pienso en una manera de externarlo, pero ¿para qué? ¿por qué gritarle al vacío cuando la única energía que se invierta, no provocará ningún cambio? Se dice en física clásica que no se realiza ningún trabajo al aplicar energía y no lograr el desplazamiento de un objeto. Pensando en ello, simplemente decirlo no resultaría en «ningún trabajo». Vuelvo a mi dilema de la productividad. El pensamiento se ha quedado estancado.

Por otra parte, se dice que las palabras pueden endulzar el oído de alguien, llenarle de esperanzas. También creo que eventualmente las promesas no cumplidas se desgastan y exhiben como un manto raído, la naturaleza desnuda de quien las porta. No puedo evitar pensar que el cansancio de la ausencia, el límite de mi paciencia, se hace más patente. Pero aquella virtud, en vez e manifestarse en cólera por sentirme defraudade, siento un empujoncito en la espalda, como si me liberara de una situación que parece no solucionarse. Me quedo pensando, y creo que en su momento no necesitaré dar más explicaciones, ni siquiera recordar ese detalle. Confío en que este momentáneo malestar se resuelva eventualmente, y se disuelva, también, en la nada.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas