Las manos de Dios

Austin Ban. Unsplash

CRÓNICAS DE FRUTERÍA
Por: No Hilda

“…Tras invadirle un mal presentimiento, llamó a sus manos.
 Acudieron llenas de barro, calientes y temblorosas…
Apartó ambas manos de su lado, ya que le obstruían
 la vista sobre la tierra, espetándoles: “No quiero saber
 nada más de vosotras, haced lo que queraís”.
Historias del buen Dios / Rilke

La pandemia coloreó las cabezas de los niños. Con un corte desvanecido de arriba hacia abajo y en la parte superior la cantidad de cabello verde necesaria para parecer un brócoli, un niño pasea un avión de papel entre sus dedos. Lo hace bailar por el cielo bajo subiendo y bajando a la altura de sus ojos, después de unas cuantas pruebas, lo lanza. El avión, que seguramente está construido con los materiales más resistentes que un cuaderno de matemáticas del año pasado podría ofrecer, cae en picada hacia el suelo. El niño se agacha en cuclillas sin quitarle la vista de encima, con bastante cuidado lo toma del fuselaje y lo sacude paternalmente. La ternura se aprieta en la punta de sus dedos. Le achata la punta, le plancha las alas, divisa el horizonte y lo lanza nuevamente. El avión vuelve a caer una y mil veces hasta que se vuelve inservible, lo hace bolita y lo tira en la caja donde ponemos las hojas que se desprenden de las lechugas.

Después de vaciar sus manos y con la misma ternura con la que tomaba al avión, el niño sacó unas monedas de la bolsa de su short, y dándole una última mirada a su creación y destrucción, entró a la frutería arrastrando los pies y rascándose la cabeza (es bien sabido que rascarse la cabeza mientras uno la ladea un poco, sirve para encender la memoria).

—Me das… ¿diez pesos de tomates?—me vio a los ojos con una gallardía aérea. Estar ante un piloto me intimida y más cuando, así cómo así, el piloto ha destruido su nave sabiendo internamente, que la nave no hace al hombre. Sus manos, aunque pequeñas y sucias —pero precisamente tal vez por eso— dan la impresión de ser ajenas, como si la realidad no les bastara, como si toda la fluidez del cosmos dependiera de ellas.

—Ten —le ofrezco una bolsa— agárralos tú.

—No —dice apenado— mejor dámelos —me concede el honor. Tomo los tomates uno a uno eligiendo los que serán dignos de su mugre. Su cabello está maltratado por el peróxido que usaron para decolorarlo. Está seco y da la impresión de estar quebradizo. 

—¿Qué youtuber te gusta ver? —digo una palabra por cada tomate que pongo.

—Fede y Antrax —se toca el cabello sin darse cuenta, reafirmando a sus ídolos, a sus amigos digitales tras la pantalla, a los modelos de conducta que en tiempos de pandemia le han servido para no estar triste, para no llorar.

—¡Oh! —es todo lo que digo, es el último tomate. Peso la bolsa llena de bolas verdes y de mis palabras un tanto a medias. Mientras, él apila las diez monedas en una torre de babel entre sus dedos y su palma blanda. Hacemos el intercambio. Me da el dinero. Le doy los tomates. Su cabello sigue igual, no cambia ¿Por qué habría de hacerlo? Acerca las monedas a la palma callosa de mi mano y al tocarse, la torre se derrumba sobre mi carne.

—Gracias —da la media vuelta mientras apilo de nuevo las monedas que entre mis manos no son más que diez pesos, no hay torre, no hay magia. Saca de la basura la bola de papel y se la lleva pateando. 

Cuando se va, la frutería se siente más vacía y no es por los tomates que se llevó, es, pienso, por el vacío que deja la ternura cuando se aleja. Es por el color de su cabello y lo que me dice de sus necesidades. Hay una inquietud —y una invitación— a ser distinta, a dejar (echos bola) los planteamientos pasados para replantearlos en un interminable juego sin fin. Los niños nunca tienen miedo a cambiar de forma.

Me rodea de pronto la vibración de un potencial, un número sin multiplicar, un cielo pesado de nubes a punto de llover: el vacío (en expansión) de un niño en crecimiento. Aviento las diez monedas junto con las demás y me pierdo mirando la pared. Me recuerdo de niña intentando hacer aviones que nunca volaron porque ni siquiera tenían forma de avión, me recuerdo haciendo torres de corcholatas de tres pisos y una nostalgia pegajosa une esos recuerdos con los juegos digitales de mis hijos quienes tampoco tienen miedo de cambiar, al contrario, anhelan el movimiento…

Él llega de nuevo, el piloto atrevido, con su cabello verde seco y amarillo, marchito; con su voz de origen, de cueva, de graznido de polluelo; con los dedos llenos de tierra, de suavidad y de ciclo.

—¿Me los cambias? ¡No eran tomates, eran jitomates!

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