Un aniversario y una promesa

Gift Habeshaw. Unsplash

Después de tormentosas semanas en las que las páginas y las lágrimas me atiborraron a la par, he retornado a la mullida silla y a la vista cansada por la radiación del monitor. Mientras me ahogaba en un mar de letras y algunos números se cumplió un año de la primera columna que publiqué en Notas Sin Pauta, a propósito del aniversario luctuoso de Gustavo Cerati. Recordar el acontecimiento me llevó inmediatamente al pasado —no niego la cruz de mi parroquia—, pero no a cualquier episodio, sino a la época en la que decidí dedicarme a la escribir. Pero ¿escribir qué? No sabía, pero sin duda había una cierta inclinación por la literatura.

Ahora que los ensayos, las entregas académicas y el alejamiento de una escritura más libre me han hecho reflexionar sobre la practicidad y flexibilidad de mis palabras, tuve que retornar a una vieja libreta, ese artefacto al que muchos recurren para escribir afirmaciones sobre piedra, en cuyas páginas yacían intentos por copiar a escritores que admiraba y ahora me da pena decir que leí (ustedes saben quiénes son). En ella escribí, con tan solo 16 años, que me dedicaría a escribir. Es obvio que la tinta ha secado, pero no ha desaparecido. Finalmente, en ese entonces me imaginaba un espacio como este, en el que más personas pudieran leer lo que pensaba. Y ¡tarán! Se hizo la luz.

A modo de celebración por el primer aniversario de mis colaboraciones en Notas Sin Pauta les ofrezco uno de los primeros textos que escribí y de los que no me avergüenzo. El objetivo de esta acción es hacerle un poco de justicia a ese mozalbete de 16 años, pero, sobre todo, a las palabras que esperaba algún día ver publicadas. De esa forma, he decidió transcribir el texto íntegro para conservar la esencia del texto y que no se vea alterado por el contexto de su mismo autor siete años después. Nos leemos la siguiente semana.

La trasformación (día lluvioso en la Ciudad de México)

Las calles se atiborran de líquido indecente, los automotores se desvirtúan en transportes acuáticos que recorren a toda velocidad —a veces moderada por la afluencia del agua— a través de los caudales buscando llegar a su destino lo más rápido posible. Los individuos, por lo general ataviados de asalariados, colmados de desasosiego no resisten un segundo más estar en un asiento que los apresa con un candado que se llama tráfico; el conglomerado de máquinas frena la tan ansiada comparecencia al hogar o a cualquier lugar centro en el cual se pueda arrinconar el agotamiento y colocar punto final a una jornada más.

A lo lejos, en una pequeña banqueta un hombre lleva puesto un impermeable fosforescente, “símbolo” de su autoridad ante el caos que provoca el fenómeno fluvial. Con su silbato trata de ordenar al menos a los carros que rozan para no ocasionar una catástrofe que combine la tormenta con más tiempo de espera.

Algunos desafortunados olvidadizos no traen consigo algo que los escolte del agua que cae a raudales. Buscan cobijo bajo las marquesinas o simplemente corren, pienso yo, con dos únicas razones: creen que entre más rápido lleguen a su casa la tromba no los alcanzará o piensan que al deslizarse velozmente el cielo dejará de caerse.
Los pontones se asemejan a una cola de caballo y por un segundo el capitalino abandona Churubusco:
¡Bienvenido a Iguazú!
¡Bienvenido a Gocta!

En estos días me acuerdo de la antigua ciudad de México-Tenochtitlán, rodeada por agua que, tal vez erróneamente compare con Venecia, pero toma sentido al retomar las correderas de la ciudad mexica, entonces si se asemejan. Hoy en día a las chinampas solo les pusimos motor para atravesar la urbe, la diferencia en estas épocas solo es la tecnología.

El firmamento decide concederle una tregua a los chilangos y obstaculiza el descenso del líquido a nuestra localidad; ahora las cascadas solo son riachuelos; los ríos verán su fatal futuro: un charco que se extinguirá a medida que pase el tiempo.

Después de esto los automovilistas no sentirán lo duro sino lo tupido ya que el buen estado de las calles permite que nazcan atascaderos en los que las llantas son las principales víctimas. Algún afortunado no caerá en estas trampas, pero otros despistados y/o apurados sufrirán la ridícula pena de intercambiar el neumático por uno sano.

Cientos –por no decir miles y sonar exagerado- de personas serán mojadas por coches que no miden la intensidad con la que penetran un charco. Estos pobres samaritanos tendrán que resignarse a solo recordarle al conductor que tiene madre:
¡Hijo de tu…!

Los ciudadanos salen de sus casas cual madrigueras y reactivan sus labores, aunque a algunos la tormenta no los paró.

Los mordelones regresan a infraccionar con el gran pretexto del suelo mojado, los autos tendrán que ser conducidos cuidadosamente si no quieren ser testigos de un soborno rutinario.

De los árboles caen pequeñas gotitas que son la evidencia del fenómeno, pero en unos minutos solo serán mártires de un proceso científico.

Todos lo atestiguamos y ya no es sorpresa que esto pase, primero porque la lluvia no se puede detener con nada y, segundo, el ritual de la confusión y el caos es parte de la vida de un defeño. Quién no ha vivido un día lluvioso en la urbe más importante de México no ha vivido en la urbe más importante de México.