Diarios del laberinto (III): Encrucijadas y decisiones

Quino Al. Unsplash

Navego a bordo de ese navío que es el diván, me acuesto en él a mirar al techo, y ver en la textura de aquel muro horizontal un montón de estrellas y, a su vez, la textura muta en figuras, rostros que se dibujan en mi imaginario. Las historias y las personas que me rodean, todas son partes de una constelación compleja donde se enredan sentimientos, afectos, emociones y experiencias. Me gustaría en ocasiones estar encerrada en casa, sólo tener que preocuparme por la limpieza del hogar y dormir. Pero el encierro no me es beneficioso. Lo que ahorro de energías al no dejarme desbordar por la cantidad abrumadora de detalles que analizo a mi alrededor, se materializan en un peso que me aplasta, que me mantiene acostada por horas, en marchitarme entre sábanas. No siempre lo que más queremos es lo que más necesitamos…

He regresado a mi ritmo natural y el horror, la ponzoña, las luchas de poder estériles salen arrastrándose de sus escondites y se manifiestan ante mí. Este año tan vertiginoso me ha preparado para hacer frente a los monstruos a los que tanto había temido. Los nervios de mi rostro no se tuercen, por fin puedo sentir control de la situación. Las memorias dolorosas de hace unos años, me hacen darme cuenta de que puedo decidir qué tanto quedarme y cuándo volar. Veo las llamas de las envidias quemando los pastizales de mi tranquilidad, acercándose. Tal vez sea momento de volar.

Y como la grulla que extiende sus alas para emprender el vuelo, preparo el terreno, y siento una presión del segundero de un reloj invisible que va cargando la urgencia sobre mis hombros. Los números de las fechas, del dinero, van marcándose en mi mente y se mueven de un lado a otro. Tengo que planificar bien el salto, o terminaré estrellada. Por otro lado, las relaciones humanas en este último periodo de mi vida, me han enseñado la importancia de la mesura. Estoy casi segura de que esta lección me ha costado mucho tiempo. Pese a las tempestades, me siento más fuerte.

Finalmente, como gitana ando de un lugar a otro, experimentando el poder de ir errante, sin ataduras. Algunos vínculos que tengo con otras personas, sólo penden del frágil hilo que nos conecta a través de mi agenda de contactos. Personas que llegaron a significar mucho, y que ahora, su presencia se va borrando en mi cabeza, puesto que mi corazón ha partido desde hace tiempo. Los nombres y los rostros van desvaneciéndose en la nada. No obstante, hay un hilo que se sujeta tercamente a mí y, sin embargo, es tan frágil. El dueño del otro extremo de aquella hebra que queda pendiente sobre un abismo, es un terco e indiferente personaje. La persona que me mostró cuando se mostró en la piel, y el ente digital que muestra la sombra de sus oscuros pensamientos, parecen completamente disonantes. Como si la persona que yo hubiese conocido en esa época se hubiese muerto o hubiese sido sustituido.

El poder de romper ese fino cabello que nos tiene unidos está a un «borrar contacto» de distancia. Sin embargo, dudo de mí. Lo único que puedo hacer es mantener un silencio sepulcral, desaparecer y ausentarme hasta que olvide su promesa.

Me gustaría no verle nunca más.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas