El poder, la belleza y la muerte en el Reinado de Isabel I de Inglaterra

isabel I de inglaterra

OUROBOROS

Se dice que Owen Tudor, el primer noble de la casa que por siglos reinaría en Inglaterra y descendiente de Ednyfed Fychan, tenía tan mal aliento y apariencia tan desastrosa que llevó casi diez años encontrar una mujer dispuesta a aceptar su proposición matrimonial. Y que cuando Catalina de Valois viuda del rey Enrique V de Inglaterra lo hizo, le obligó a darse un baño de tina que duró una noche y parte de la mañana antes del día de los esponsales. Algo parecido escribió un indiscreto cronista español sobre la boda entre Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV, el Santo, que abrió la puerta a la dinastía en España. “Eran tan terribles los hedores, que Petronila se negó a mirar su rostro hasta conseguir lo restregara con un trozo húmedo de tela”.

Lo curioso, es que la insistencia de ambas mujeres por la higiene, marcó un hito en la forma en cómo sus respectivos cónyuges comprendieron el poder. Mientras que Owen Tudor aprendió de Catalina la estrategia simple que le permitiría conquistar todo tipo de alianzas ventajosas, Ramón Berenguer IV evitó por años enfermar de las diversas plagas que poblaban el continente, lo que le permitió crear una casa real lo suficientemente poderosa como para subsistir en mitad de todo tipo de conflictos e intrigas. Para bien o para mal, las esposas quisquillosas, los chismes de palacio e incluso, el hecho de que ambas ramas dinásticas fueran conocidas por su “fortaleza contra todo tipo de males”, cambió la figuración del poder en medio de una época en que enfermedades y taras físicas de diversa índole eran lo común debido a los cruces de líneas familiares. De modo que la longevidad de dos de las casa más formidables de Europa, es consecuencia directa de decisiones tan pequeñas como invisibles, en el medio del devenir de los grandes sucesos que marcaron hitos de considerable valor político y social.

No se trata de sucesos puntuales. La historias de las cabezas coronadas de Europa, suele ser una mezcla accidentada entre tragedias con consecuencias políticas y algo más elaborado, relacionado con la forma como sus vidas privadas influyeron de forma definitiva en el futuro de occidente. La salvedad por supuesto, tiene una inmediata relación con el hecho de que hasta el medioevo e incluso, un par de siglos más allá (en especial luego del reinado de Jacobo II de Inglaterra), el poder absoluto y sus consecuencias, fue el elemento que definió la vida cotidiana, militar e incluso financiera del continente.

Desde la forma como las intrigas de la corte cambiaron la historia de España para siempre, hasta cómo la batalla intelectual entre barones y la rancia monarquía Tudor influyeron en el rostro futuro de Inglaterra, lo que ocurría detrás del lujo barbárico y los grandes castillos, es el reflejo más directo para recorrer los grandes hechos trascendentales de occidente desde cierto matiz doméstico. Después de todo, la vida de los reyes, reinas, príncipes y princesas crearon un contexto sobre el pensamiento político, filosófico e incluso religioso de su época. Como si se tratara de un recorrido por un lugar misterioso de la historia, los pequeños y grandes secretos de los regentes reflejan con mucha exactitud la forma en que se asumía la realidad, la vida y la muerte de la época en la que vivieron.

Por ese motivo, el rostro pálido, rígido y duro de la reina Isabel I de Inglaterra, ha sido durante siglos una incógnita y también, una prueba de la forma en que los diminutos enigmas de la historia detrás de la historia, sostienen lo que después serían mitos de considerable envergadura. Con su extraño aspecto estatuario, manos heladas y según varios indiscretos que visitaban la corte inglesa, su dura mirada “como de vidrio pulido”, la llamada “Reina virgen” no sólo llevó adelante un país en medio de una solapada y virulenta guerra civil que duró casi todo su reinado, sino también, mantuvo sobre sus hombros un tipo de poder que ninguno de sus sucesores supo igualar o sostener. Con su irreal e inquietante estampa de criatura inalcanzable, Isabel I de Inglaterra infundió el terror en los corazones de sus súbditos y sus enemigos, hasta el día de su muerte e incluso más allá.

Pero el aspecto de la reina, no fue una decisión para provocar terror —como se especuló por mucho tiempo— , ni tampoco una maniobra política que le permitiera convertirse en un símbolo casi religioso para la feligresía huérfana en medio de la férrea monarquía protestante que representaba. En realidad, se trató de algo más común, pero que analizado a la distancia, no sólo cambió para siempre la forma en que las monarquías comprendían el alcance del poder de sus reinas y princesas, sino también, de la forma como una mujer podía maniobrar sobre el hecho de su supuesto lugar secundario en la historia, debilidad física, moral e intelectual.

Una Reina tenebrosa

A pesar de la moderna imagen que la muestra como una mujer impecable y fría, la hija de Enrique VIII, era una mujer sensible y lo suficientemente sagaz como para sobrevivir los primeros años de su reinado, asediado desde los flancos por todo tipo de amenazas. Sus adversarios políticos le consideraban bastarda (como hija de la decapitada Ana Bolena que era), y sus aliados, en exceso débil y sin apoyos nacionales como para mantenerse en el poder. Pero Isabel I, no sólo encontró la forma de vencer la resistencia en su contra, sino además convertir su corte en un brillante ejemplo de pulso político y una impecable capacidad estratégica. Para cuando cumplió 29 años y en pleno enfrentamiento por mantener a los enemigos de su corona y de Inglaterra más allá de las fronteras, la mayoría del país la reconocía como símbolo de fortaleza, nobleza y sobre todo, un tipo de crueldad refinada que un país habituado a complicadas intrigas palaciegas, aprecia especialmente.

Por entonces, no usaba maquillaje. Muchos de los bardos que visitaban Londres elogiaban su piel pálida y pecosa, su cabello rubio con tonos rojizos y sus ojos azules. De hecho, por algunos años la belleza de Isabel I fue mucho más célebre que sus dotes como gobernante y tal vez por ese motivo, la disyuntiva sobre un posible rey (ya fuera a pleno derecho o consorte), obsesionó a buena parte de las cortes vecinas, que necesitaban sostener una alianza favorable con el Reino Inglés. Pero Isabel no se decidía: rechazó una larga lista de proposiciones y por último, aseguró estar “desposada con su reino”, lo cual no era otra cosa que una excusa para detener la presión interna para evitar un matrimonio que menoscabara su poder en el trono, que ejercía de forma autónoma y sin ningún tipo de restricción. Hubo rumores de amantes, de favoritos e incluso, en una ocasión la tensión de un anuncio de bodas con un príncipe francés llenó las calles de Londres. Pero Isabel seguía sola, radiante de belleza y en palabras de sus contemporáneos, “más robusta y sana que nunca”.

Tal vez debido a eso, cuando en 1562 la reina sufrió un acceso de fiebres violentas, la corte y consejeros hicieron un considerable intento por mantener la enfermedad en secreto. Isabel no sólo no estaba casada —lo cual era bastante grave— sino que tampoco tenía herederos, bastardos o adoptados. La situación ponía al reino en una complicada situación que además, le hacía víctima ideal para la avaricia de buena parte de los países enemigos, que observaban con detenimiento las debilidades de un reino gobernado por una mujer. La enfermedad de la reina se convirtió en un asunto de Estado, en un problema que se volvía cada vez más grave a medida que los síntomas se hacían peores e Isabel I se debilitaba con rapidez.

No obstante, lo más preocupante estaba por llegar: cuando un médico italiano fue traído desde Nápoles hasta el palacio de Hampton Court, para ocuparse de la salud de la reina, el diagnóstico llenó de terror no sólo a los que habitaban el castillo sino también, a buena parte de la corte. Sin que nadie supiera cómo, Isabel había contraído varicela, lo que no sólo ponía en peligro su vida, sino según las creencias de la época podía poner en peligro sus dos únicas herramientas para reinar: su belleza y su capacidad para concebir. Cuando la eminencia italiana dejó claro que Isabel no sólo agonizaba bajo el peso de la peste sino que sería prácticamente imposible que se recuperara sin sufrir secuelas. Los pocos en conocimiento del secreto comprendieron que estaban en medio de una situación de considerable gravedad, tanto como para amenazar no sólo el futuro de la reina sino también, el del país al completo.

“Este es el castigo que hemos de sufrir por aceptar que una bastarda profana gobierne el país”, se dice que escribió a un obispo de Roma un acaudalado católico sobreviviente en Londres, que escuchó rumores de la enfermedad de la reina y se preparaba para la sucesión. “Pero Dios está a punto de intervenir a nuestro favor”. Los últimos meses del año transcurrieron en medio de una tensa incertidumbre acerca del futuro del país y en especial, de las posibilidades que España y Francia, pudieran aprovechar la fragilidad del gobierno para atacar a Londres. Pero de alguna forma Isabel I consiguió sostenerse a pesar de la fiebre y la debilidad, hasta convencer a la corte de que a pesar de todo, estaba a la cabeza del gobierno. Hubo escaramuzas, unas cuantas muertes violentas y una docena de oportunas decapitaciones, pero para el invierno de ese año, el país seguía bajo la mano de Isabel y sin que ningún enemigo se atreviera a llegar a sus costas.

Una misteriosa fortaleza

Según cuenta la autora Anna Whitelock en su libro The Queen’s Bed, Una historia íntima de la corte de Elizabeth, en los momentos más complicados de la enfermedad, la Reina desechó al médico italiano e hizo venir al doctor Burchard Kranich, una personalidad del mundo de las ciencias alemanas, reconocida por buena parte de las casas Europa. La reina escuchó con preocupación el pesimista diagnóstico: sufría viruela y no sólo un caso leve, sino uno que con toda seguridad dejaría secuelas físicas de considerable importancia. Kranich explicó que las pústulas en la piel sólo eran los síntomas más visibles de la enfermedad y que con toda probabilidad, la reina llevaría cicatrices en la piel y no podría alumbrar al futuro heredero inglés.

“¡La peste de Dios! ¿Cual es mejor? ¿Tener la viruela en la mano o en la cara o en el corazón y matar todo el cuerpo?”, exclamó Isabel según Anna Whitelock. Fue la primera vez que sus consejeros o sus damas de compañía, escucharon a la reina llorar de miedo. Unas horas después, enfermó tanto que por siete días apenas pudo hablar o moverse de la cama. Al final, se agravó tanto que incluso comenzó a hablarse entre susurros de la posibilidad de su muerte, lo que se convirtió en una amenaza para buena parte de los nobles protestantes que le apoyaban. El secreto alrededor del padecimiento de la reina se redobló.

“Vivirá, pero quien sabe en cuáles condiciones”, escribió Mary Sidney a su amante de la época, aterrorizada por los delirios de Isabel y su piel cubierta de pústulas. “Lo que es evidente es que su belleza quedará marchita para siempre”. No obstante, luego de casi dos semanas de batallar por su vida, Isabel logró recuperarse. Su fortaleza física fue la suficiente para evitar no sólo su muerte, sino los terribles vaticinios de Kranich, que insistió podría perder su voz, la cordura o incluso, ser incapaz de mover su cuerpo debido a las misteriosas secuelas de la viruela. En cambio, Isabel sanó y conservó sus facultades intactas. Pero su célebre belleza, admirada por todas las cortes de Europa, quedó desfigurada por las inevitables cicatrices de la enfermedad.

“¿Quién podrá creer en el poder que represento al mirar este rostro?”, dijo Isabel según Whitelock al mirarse por primera vez en uno de sus preciados espejos venecianos luego de abandonar su lecho de enfermedad. “¿Quién podrá creer invencible a Inglaterra al verme de este modo?”

Una nueva Reina

Las preocupaciones de Isabel no eran gratuitas ni tampoco, únicamente radicaban en su vanidad, aunque por años, su atractivo físico había sido una de las cualidades que sostenían el mito de su poder. En realidad, la palidez y las marcas sobre la piel de su rostro eran la prueba no sólo de que había sufrido una enfermedad que podría debilitar su mente, sino además poner aún más en entredicho, su derecho de sucesión al trono, que de nuevo podría encontrarse en medio de discusiones por su incapacidad para concebir. Se trataba de una disyuntiva complicada: Isabel I no deseaba contraer matrimonio —mucho menos ser la madre de príncipes de sangre extranjera— pero dejar claro que no podía concebir, era convertir el dilema de su sucesión en una idea que gravitaría como una amenaza sobre su gobierno. Dos meses después de haber sufrido la viruela, Isabel seguía recluida en un intento de encontrar una solución que pudiera no sólo reforzar su imagen poderosa, sino además cortar de raíz las habladurías sobre su salud.

Por extraño que parezca, la solución llegó de la mano de los comerciantes venecianos, que despertaban la suspicacia de buena parte de la corte, pero que la reina admitía a su lado por considerarlos de una rara inteligencia. La escritora Lisa Eldridge narra en su libro Face Paint, que uno de los comerciantes que continuaban trayendo telas y objetos de lujo a la corte, vio por casualidad el rostro cubierto de cicatrices de Isabel I y le recomendó una vieja receta cosmética de la ciudad: el “ceruse veneciano”, una mezcla de vinagre y plomo, que daba a la piel una apariencia cristalina de porcelana y también, era un asesino potencial debido a la alta concentración del metal. El veneciano advirtió a la reina del peligro, pero Isabel I decidió correrlo: para la soberana, era de importancia capital que su piel tuviera un aspecto blanco y radiante, en especial porque según creencias de la época, simbolizaba la juventud y la fertilidad.

Isabel era muy consciente de la necesidad que sus contrincantes políticos y monárquicos, le vieran por completo recuperada, por lo que un mes después de la entrevista con el mercader veneciano, la soberana apareció frente a la corte, envuelta en sus galas más radiantes y con el rostro cubierto por el maquillaje. Whitelock describe el momento como una gran ceremonia ritual de paso: la joven y hermosa mujer que el reino había conocido hasta entonces, dio paso a una efigie de rara y dura hermosura, con la piel lustrosa como el mármol, una mirada perfilada por polvos orientales y los labios rojos de un carmín italiano que se había hecho traer en secreto. También llevaba una peluca, debido a que su larga cabellera rojiza fue cortada durante la enfermedad. Los mismos largos mechones se usaron para elaborar la primera de la extrañísima colección de trenzas y tocados artificiales que usaría por el resto de su vida.

La reina moriría casi cuarenta años después y jamás se le volvió a ver sin el maquillaje, su juego de pelucas, guantes y sus deslumbrantes vestidos, que con el correr del tiempo, se hicieron cada vez más famosos y reconocidos por su calidad, belleza y un extraño poder para asombrar. La reina no sólo afianzó su posición de poder, sino que se convirtió en un símbolo extraordinario de influencia en un continente signado por regentes déspotas, incultos y sobre todo, cortes obsesionadas por la descendencia y los matrimonios de sus monarcas. Pero Isabel jamás se casó, mantuvo las riendas del poder con mano de hierro y se alzó sobre las dudas sobre su capacidad para gobernar para convertirse en la monarca más espléndida de su tiempo. Quizás, el rostro de porcelana —la máscara de de dolorosa juventud, como escribió a su querida Mary— siempre metaforizó el poder absoluto y también, un tipo de soledad que nadie comprendió en toda su extraña profundidad. Tal y como diría Whitelock: “Isabel venció a la peste, a quienes le señalaban, pero nunca al temor de mostrar el rostro que la enfermedad le causó y que mantuvo el secreto cada día de su vida”. Un singular símbolo de fortaleza y por contradictorio que parezca, también de vulnerabilidad.

Autor: Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.