Literatura sin censura

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo / Imagen: Santo Domingo y los albigenses. Detalle. Obra de Pedro Berruguete. Museo Del Prado.

Se dice que el ser humano sólo puede identificar a los monstruos una vez que los conoce. Para conocer a un monstruo, hay que saber la contraparte: ¿héroe, aliado, salvador, dios? La etiqueta que sea: por medio de los opuestos podemos saber que estamos tristes, porque hemos sido felices; podemos saber que estamos estresados, porque hemos estado relajados; podemos saber qué es arriba, porque hemos estado abajo. Esto quiere decir que debe haber un espacio donde esos monstruos, con todo y sus bemoles, puedan ser calcados, dibujados, descritos, y que tengan la libertad de actuar; justamente para saber qué son, cómo actúan y cómo detenerlos. Por desgracia, nos enfrentamos a la vida real: hay monstruos que causaron estragos a lo largo de nuestra existencia que se volvieron leyendas justo por su labor espantosa y que mucho mejor hubiera sido que no hubieran jamás existido. No obstante, las artes nos permiten no sólo retratar, sino que nos ayudan a reconocer las monstruosidades como si fueran fruto de la vida real. ¿En qué momento una monstruosidad es válida en el arte, en específico la literatura, y en qué momento es un arma que no debería ser permitida?

J.K. Rowling, una escritora que marcó no solamente a una, sino a varias generaciones con su creación “Harry Potter”, se vio bajo el escrutinio y la lupa de la discordia con su última novela “True Blood” donde el protagonista es un asesino en serio vestido de mujer. Esta es la quinta parte de una saga policiaca de la escritora inglesa. Ahora, este escrito se lleva a cabo sin haber leído esa novela en particular, sobre todo porque Rowling fue para mí el sendero a descubrir otro tipo de literatura. Ella funciona como gancho para otros mundos. Sin embargo, lo remarcable es la reacción que causó con la publicación de este libro: la autora fue tachada de transfóbica porque, la perspectiva de varios medios fue “no debes confiar de un hombre vestido de mujer”. 

¿En qué momento un libro deja de ser literario y se convierte en un arma que desata el odio hacia un sector social?

Independientemente de quien escribe, debemos ser muy cuidadosos al expresar nuestra opinión a un respecto. Cualquier texto, cualquiera, puede ser ofensivo si se le encuentra la hebra indicada. El problema aquí es que no estamos tratando de opiniones personales, sino de argumentos. El objetivo de la literatura en sí no es denunciar, no es enseñar algo nuevo sobre la vida, no es tomar un partido: el verdadero objetivo de quien se autodenomina o de quien es denominado escritor, es el de contar una historia.

Así de simple.

¿Así de simple? Contar una historia conlleva tanto trabajo como el encontrar la estrategia indicada para dar clases, para curar a un enfermo en un hospital, para la construcción de un cohete espacial, para el aterrizaje exitoso de un avión. No menospreciemos: un trabajo literario bien hecho lleva tanto como el buen funcionamiento de una planta nuclear. Hay que medir cada palabra, hay que saborearla, paladearla, contrastarla, disfrutarla. Se prueban sinónimos y antónimos; pero la finalidad es contar una historia. Solamente eso. Y por eso mismo es que es libre de todo: la censura es el enemigo de la literatura, su contrario, su archienemigo; y por suerte, la literatura siempre gana, el arte siempre sale vencedor.

Este texto no es para defender la postura de Rowling, sino el de la literatura. Si ella cae en esta descripción (el de ser literatura), qué chido; si no, pues también. Una historia literaria puede tocar cualquier tema, y enfatizo: cualquier tema. La literatura, como cualquier arte, tiene la libertad creativa de poder tratar temas ya sean humanistas, políticos, sarcásticos, eróticos, sociológicos, filosóficos, realistas mágicos, psicológicos… Pero no olvidemos una cosa: la literatura existe para contar una historia. El escritor debe ser capaz de independizarse de su burbuja epistémica, debe ser capaz de desligarse de aquello que lo vuelve un ser activo en la sociedad y volverse un observador neutral. Esto quiere decir que si escribimos una novela cuya finalidad principal es denunciar el holocausto, entonces no sirve; si escribimos una novela cuya finalidad principal es denunciar el desangrar que causa Canadá a México, entonces no sirve; si escribimos una novela cuya finalidad es demostrar que los trans son malos (¿?), entonces no sirve.

La finalidad última de la literatura es contar una historia. El escritor debe querer contar una historia, no sus pedos mentales. El escritor debe ser capaz de establecer una barrera entre lo que quiere y opina con lo que puede lograr y contar. Sin embargo, si en su “contar una historia” el escritor toca temas tabúes: ¡Bravo!, bienvenido, y bien logrado. Sin embargo, no olvidemos: lo que queremos es contar una historia, no evidenciar lo tabú.

Si la finalidad de Rowling (que, insisto, ese libro no lo he leído, sólo supongo) fue generar un discurso de odio contra los trans, pues qué desafortunado; pero, veamos ejemplos: Lolita de Vladimir Nabokov no es una historia de amor, es una historia de perversión, pero perversión tocada en una historia; o sea que Nabokov quería contar una historia, y en su historia había perversión; no quería denunciar a los enfermos sexuales. No: hizo una historia con un personaje enfermo. ¿Qué tal la matanza bananera en Cien años de soledad de gabo? Márquez contó una matanza a través de su historia, pero su finalidad no era denunciar un evento como tal (que es más que común en América Latina) sino que su historia por contar lo incluía. O un monstruo de la literatura cínica: Invine Welsh no quiere evitar la drogadicción en sus lectores, no: cuenta historias donde hay drogadictos a los que les va de la… patada. 

Esto quiere decir que al escribir no queremos declarar, denunciar, condicionar, indoctrinar, revelar, rebelar, evidenciar, anunciar, alucinar… no: el escritor quiere contar una historia, y es ahí cuando no existe el tabú. Puede tocar cualquier tema, el que sea: religión, adicción, parafilia, política, humanidades, filosofía, fantasía, erótico, tecnología… no importa. El tabú deja de ser tabú cuando se le deja de tratar como tal. La literatura no tiene límites justamente porque, cuando se busca su verdadera finalidad (contar una historia, por si no ha quedado claro), entonces puede tratar cualquier tema. Cuando se busca una finalidad que no es esa, entonces no es literatura.

La literatura no conoce la censura, y si el escritor se autocensura, es porque no es literatura lo que está escribiendo.