Eso que no es el cuerpo

En busca del tiempo perdido
Tea Creative │ Soo Chung. Unsplash

Pienso en esa madalena y ese té. La pienso sumergiéndose en la bebida caliente, creando burbujas al mismo tiempo que cambia su peso y consistencia, la imagino yendo a la boca de aquel hombre a quien su sabor, inspirará toda una vida en esos laberínticos caminos de lo que no se sabe qué es.

La pienso porque yo también atesoro los instantes amados. Un sabor, un olor, una imagen o una sensación; aquello que me llevan a ese universo donde todo se repite con la misma perfección hasta el infinito.

He sido cuidadosa al colocar cada pieza en ese universo. Tengo una colección increíble de imágenes que forman un sueño idílico. En algunas me veo a mi misma, son las que están más editadas, hubo que hacer una serie de modificaciones para poder acceder a ellas siempre que quiero y necesito. Otras, las que más amo, las tomé yo misma, así que tuve que excluirme de la imagen, pero está compensado con el hecho de haber tenido el privilegio de elegir el momento justo, el ángulo apropiado y el encuadre perfecto. Claro que tuve que hacer algunas ediciones como primeros planos, retoque de luz, intensidad de color, pero la mayoría de esas ediciones están hechas desde la cámara que, con sus quinientos setenta y seis megapíxeles, me permite capturar imágenes en HD con los efectos precisos. Basta elegir los elementos con mucho cuidado, enfocar correctamente y hacer que el obturador cierre para mandar la imagen al archivo, cuya capacidad, si bien no es infinita, sí ilimitada.

Es así como tengo esa increíble toma de ti, mientras dormías. logré hacer un closeup de tu rostro en el momento en el que tenías ese gesto tan apacible y tierno a la vez. También me quedé con ese otro gesto, ese, entre enojado e ido. Tuve la suerte de capturar, en cámara lenta, esa gota de sudor que nació en tu frente recorrió tu rostro por tu nariz y estando en el clímax cayó hasta el fondo del abismo. Tenía un ángulo privilegiado. La convertí en un GIF y es uno de mis favoritos, lo reproduzco una y otra vez, no me canso de hacerlo.

También tengo guardada la última imagen de su sonrisa. Esa sonrisa pícara que siempre la delató. Tengo transcrito, a manera de conjuro, nuestro pacto: con los ojos cerrados, si tú dices vas, voy. Eliminé esa última imagen, no es como quiero tenerla guardada, pero la de su sonrisa, esa sonrisa amena que siempre me brindó, la tengo impresa mil veces; así me gusta verla en mi universo, sonriente, pícara, amena, así me gusta reunirme con ella.

Y hablando de sonrisas, a la que vuelvo una y otra vez, es a la sonrisa de “anuncio de pasta dental”, esa de mi marino. Aunque tengo que confesarte que de esa sonrisa tengo una serie completa. Tenías tantas y tan diferentes; yo las amaba todas. Así que te tomé una cuando cantamos juntos esa canción que sólo a ti y a mí nos gustaba, tengo otra de cuando bailamos muy juntitos y me decías cosas al oído. Fue un triunfo obtener esa toma, mi ángulo estuvo en tu nuca la mayor parte de la canción, pero, finalmente, pude cambiarlo y me quedé con esa imagen. Tengo una más de cuando te fuiste por primera vez, esa está un poco borrosa porque lloviznaba y las lentes de la cámara estaban llenas de gotas de lluvia, aun así logré captar tú sonrisa: nostálgica, tierna, ilusionada. Tengo la de la primera vez que volviste, esa que gritaba: ¡gracias, te quiero! No tengo la de la última vez que regresaste, no tuve el valor de tomarla. Cerré el obturador antes de enfocarte. Tú, que siempre fuiste tan valiente, debiste sentirte decepcionado de mi cobardía. Las demás las tengo en cuadros, una seguida de la otra para verlas cada vez que pienso en ti; es muy seguido.

Tengo más de una imagen de nosotros, de todos nosotros: vestidos de gala, enchamarrados, en pijamas, en el auto, andando de paseo. Esas son las que más amo y valoro. Las tengo respaldadas en más de un dispositivo. Me encanta verlas porque hice un trabajo especial en ellas: coloqué, en cada rostro un link, así que, cuando doy click en una, me lleva a un archivo personal de cada integrante de la foto. Tengo todas esas imágenes en las que logré tomar su rostro cuando me miraban. Su mirada refleja todo ese amor, ternura y compasión que me tienen. La miro cada vez que mi paraíso se torna inestable; me devuelve la paz y la tranquilidad.

También guardo esa, dónde pones ojos de: por favor, sé mi cómplice. Conservo aquella en la que lo lograste, después de ser perenne por casi una década. Igual que en la que tienes esa expresión que haces cada vez que me cuentas algo que te apasiona. Atesoro la imagen de la primera vez que te vi. Días festivos, llenos de alegría, días ordinarios, días tristes, tengo de todo en esa parte de la galería. Incluso algunas tormentas, aunque, honestamente, fallaron las ediciones y han quedado confusas; casi nunca vuelvo a ellas.

Por supuesto, guardo para mí sola, en las que apareces siendo apenas un cachorro. Durmiendo abrazado de tu oso o mordiendo algo. Soy tu fan número uno. Te tengo de todos los tamaños y posiciones.

Finalmente, pero no menos importante, tengo de mí misma, aquellas que no sólo se producen en lo gráfico sino también en la sensación. Mis triunfos y momentos más felices. Matizados, claro está, pero finalmente hermosos.

Mi universo, ese que solo es mío, ese que no puedo compartir con nadie está lleno de galerías que contienen todas las fotografías que he tomado con esa cámara profesional qué mis padres me regalaron. imágenes a las que vuelvo cada vez que una madalena burbujea dentro de una bebida caliente y ese hombre recuerda que alguna vez fue el niño de una granja.

Autor: Paola Licea

Soy amante de las letras y de los pensamientos. Licenciada en APOU Candidata a Mtra. En Humanidades