El Otro Asterión

Borges
Phil Hearing. Unsplash

A diferencia de los tres cuentos que anteriormente he reseñado sobre el inagotable Jorge Luis Borges, La casa de Asterión es uno de sus textos más conocidos, estudiados y analizados por la crítica. Se le ha atribuido incontables intertextualides, se han escrito páginas y páginas sobre el simbolismo que representan los elementos situados en el texto y a las intenciones del argentino, al escribir algo así. Es por lo que sé lo humilde y escueto que puede llegar a ser el presente ensayo, sin embargo, La casa de Asterión es el primer cuento borgiano que llega a mis manos y a través del cual me enamoro del autor.  Perdonarán ustedes lo emocional de mi narrativa y la exaltada hipérbole que acompaña mis palabras, pero cuando se lee a Borges, ¿quién pude no amar al Minotauro?

Con anterioridad he hablado acerca de particularidades que caracterizan la prosa de Borges tales como su escrupulosa ambigüedad sátira, el increíble bagaje cultural con el que sus textos son construidos, esa forma única de volver al lector una parte fundamental de la trama, su atinada predicción sobre la conducta humana y su incansable intento por mostrar que toda situación tiene, cuando menos, dos caras. Dicho esto, quiero centralizar mis esfuerzos en evidenciar la belleza con la que Borges escribe este cuento que, sin duda alguna, reúne las singularidades antes mencionadas y las vierte en el personaje de Asterión para exponer al lector, más acertadamente que cualquier concepto o libro de teoría, la noción de otredad.

La casa de Asterión es un cuento cuyo objetivo es desterritorializar el mito del Minotauro porque Borges tiene la clara visión de que todos somo como el Minotauro, pero ¿por qué no titula el cuento La casa del Minotauro? Sería mucho más sencillo si lo hiciera, todos sabríamos bajo qué contexto deberíamos estar situando la historia y es quizás por eso que Borges elige otro nombre. El autor nos ofrece un giro copernicano, un cambio de perspectiva acerca del monstruo y lo llama Asterión, para que la percepción del lector comience de cero y no tras el velo del mito que se ha contado desde los griegos.

Como sabemos, Borges es un detective increíble y sabe elegir las pistas correctas y los lugares adecuados dónde colocarlas dentro de la escena. El mismo nombre Asterión, es ya un indicio que nos lleva a la historia del Minotauro. Asterión es nieto de Helio, quien personifica al astro rey. Borges se encargará de hacérselo saber al lector, párrafos más adelante: “[…] pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: el intrincado sol; abajo, Asterión” (Borges, 2014). Muestra a Asterión como el reflejo de su abuelo, Helio. Otra pista que nos ofrece es el epígrafe, que tiene dos objetivos: hacernos saber el contexto en el cual se encuentra encerrado el relato y, más adelante, ayudará al protagonista a conformarse como el Otro, pero ¿quién es el Otro?

Existen dos concepciones dentro de la otredad que, paradójicamente, se contraponen al mismo tiempo que se dan sentido. En la primera concepción, el Otro es el medio por el que me identifico, es decir, sé que soy un ser humano a través de mi espejo inmediato que es otro ser humano. En un ejemplo muy práctico: Tarzán se sabe diferente de los gorilas, porque su aspecto, capacidades físicas e intelectuales son diferentes de las que ostentan los gorilas, sin embargo, no es hasta el momento en el que conoce a Jane, que se reconoce humano. Asterión, no puede reconocerse en nadie más: “El hecho es que soy único” (Borges, 2014). Cuánta soledad encierra Borges en esta corta frase, no existe en el mundo nadie como Asterión, esta solo en esta vida.

Desde este primer enfoque Borges comienza a trazar las similitudes entre Asterión y cualquier ser humano, todos nos hemos sentido solos e incomprendidos, es bajo la sombra de este sentimiento que el vocablo “único” es utilizado no sólo para nombra lo extraordinario, sino lo que está fuera de lo común. Y este “fuera de lo común” nos lleva a la segunda concepción de la Otredad, en la cual, esta noción se usa para definir lo que es diferente del resto, diferente de lo común y, aunque no es una regla, generalmente se utiliza para discriminar y señalar todo aquello que es “anormal”.

Es así como las primeras líneas del texto: “Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura” (Borges, 2014), es el mismo Asterión el que se conforma como el Otro, el diferente. Este inicio encierra, en sí mismo, una encrucijada. Primeramente, es Asterión quién se sabe diferente es decir soberbio, misántropo y loco, características apremiantes del Otro, del anormal y usa una negación de la afirmación para dar fe de esto que él sabe: “No en vano fue una reina mi madre, no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera” (Borges, 2014). Es en este punto donde podemos ver cómo se une el epígrafe al hilo de la historia y a la autoafirmación de Asterión como aquel que ha nacido diferente.

Borges esboza nuevamente uno de los grandes males de la humanidad el hecho de pensarnos, sentirnos y sabernos diferentes del resto es lo que ha construido brechas sociales que hoy parecen insalvables. El autor retoma esta percepción cultural de lo “anormal” al hablar de ese miedo que Asterión, el hijo de una reina, sentía por el ser humano: “[…] algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infunden las caras de la plebe, caras desconocidas y aplanadas como la mano abierta” (Borges, 2014). Ese temor que siente Asterión no está fundado en el daño que le puedan infringir, físicamente, los seres humanos, sino que, reconoce en ellos la maldad, la crueldad y lo inhumano de lo que sólo el ser humano es capaz. Por otra parte, Borges logra realizar un ejercicio práctico de la noción de otredad, al referirse a la “caras aplanadas” nos esta ofreciendo la oportunidad de hacernos una idea de la apariencia física del Asterión a través de aquello que no es, es decir, el no tiene una cara plana y por eso le causa horror. A veces la literatura nos acerca más al entendimiento de algunos conceptos que la teoría; la literatura es una forma de experimentar el mundo, es una forma de “ser” en el mundo.

En La casa de Asterión, Borges plasma una frase que me parece, es también una idea recurrente en sus textos y es la del sentimiento de insuficiencia del lenguaje. Borges expresa en más de un cuento que el lenguaje no alcanza para aterrizar, para comprender y aprehender ciertas cosas: “No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura” (Borges, 2014). Algo similar escribe en el cuento El Aleph, respecto al tema, pero no nos detendremos en este aspecto, por ahora, porque este ensayo se volvería una tesis.

Como todos los seres humanos, Asterión trata de evadirse de la realidad que lo desborda y lo consume, inventa juegos para no pensar en su situación y con una hermosa prosa Borges nos plantea la más triste de las soledades: “Pero de tantos juegos, el que prefiero es el del otro Asterión” (Borges, 2014). Asterión inventa a otro como él, a su imagen y semejanza, construye a otro partiendo de sí mismo, porque así ya no está solo, porque hay otro como él, otro que lo acompaña. Tal vez, Borges trata de plasmar y al mismo tiempo desmitificar una de las principales causas de la creación de los colectivos en las sociedades humanas. Aquellos que se sienten diferentes buscan a su Otro, en un sentido de espejo, buscan poder verse reflejados y dejar de sentirse solos, diferentes, únicos.

Casi para concluir el cuento, Asterión nos muestra un panorama de su casa:

Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar.

No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre: son catorce (son infinitos) los pesebres, los abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. (Borges, 2014)

A través de la descripción de la casa, Borges trae a cuenta la figura del laberinto que da esa sensación del infinito y repetición, particularidades que son una constante en su estilo. Esa repetición de las infinitas galerías da lugar a la desorientación, tal parece que ese laberinto simboliza la vida humana, la psique humana esa que Sigmund Freud siempre metaforizó como una casa llena de habitaciones en las que nos sentimos perdidos.

Por otra parte, la casa parece confirmar la condición de otredad de Asterión al ser descrita como única en el mundo: “Así mismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida)” (Borges, 2014). También, a través de la casa, se exalta la soledad en que vivía Asterión, es una casa cuyo número de puertas es infinito y siempre “están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales” (Borges, 2014). Están abiertas, es cierto, pero nadie quiere entrar y Asterión no quiere salir, no es exagerado decir que la casa es también una tumba. Esta idea se refuerza cuando Asterión relata que cada nueve años, nueve hombres entraban a la casa e intentaban matarlo y terminaban muertos. Conocemos el final del Minotauro, así que la casa es una tumba gigante en donde caben esos nueve hombres y también Asterión.

Con respecto a la concepción que Asterión tiene acerca de la vida y la muerte, puede decirse que Borges ofrece una resignificación de conceptos, cuando Asterión dice, al respecto de la visita de estos nueve hombres: “[…] para que yo los libere de todo mal” (Borges, 2014). El autor trata de invertir los papeles de la dicotomía vida-muerte y considera a la vida un mal y la muerte su remedio. Esto nos lleva a la parte final del texto en la cual Asterión sabe, por boca de uno de los nueve muertos, que hay una profecía que asegura que existe alguien que va a matarlo, ese alguien es a quien Asterión llama su “redentor”, porque lo liberará de ese terrible mal que es la vida; “Desde entonces no me duele la soledad, por que sé que vive mi redentor […]” (Borges, 2014). Podría considerarse a la muerte como redentora de todas aquellas personas que se sienten solas, únicas en el mundo, sin la empatía de sus semejantes, Borges describe un episodio increíblemente melancólico que bien podría interpelar a todos y cada uno de los seres humanos que habitamos este planeta.

La voz de Asterión se levanta en una súplica para su creador, muy al estilo católico: “Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas” dice al pensar en su propia muerte. Tal vez espera el paraíso prometido, ese que está lejos de la soledad, de la angustia, del dolor y del miedo. Finalmente, Asterión se pregunta si su redentor vendrá a salvarlo incluso de su propia otredad: “¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?” (Borges, 2014). Este en este momento de la historia y no antes que Borges le dice explícitamente al lector que Asterión no es otro que el Minotauro, ese monstruo que como muchos de nosotros está buscando a otro igual a él, para dejar de ser único.

La frase con la que concluye el cuento es más que elocuente, guarda en sus palabras el sentir del melancólico, del depresivo, del suicida, de todas esas personas que han sido duramente juzgadas por los “normales”, de aquellas y aquellos que ya no se defienden de la vida, de las otras personas, de nada, de nadie: “-¿Lo creerás, Ariadna?- dijo Teseo-. El Minotauro apenas se defendió.” (Borges, 2014).

Es tal vez esta lectura la que nos permite ver con otros ojos a cada monstruo que la vida nos presenta, escuchar al Otro, ver la Otro, sabernos el Otro y comprender que, si alguien sufre como yo, llora como yo, entonces no estamos tan solos en este agotador laberinto que es la vida. Basta dejar de estar ensimismados en nuestra propia casa infinita buscando con cada acto a la muerte redentora y voltear a ver al Otro para sentirnos comunidad, una vez más. Este el es hermoso llamado de Borges a ser empáticos con nuestros prójimos, con aquellos que al igual que yo, son Asteriones.

Autor: Paola Licea

Soy amante de las letras y de los pensamientos. Licenciada en APOU Candidata a Mtra. En Humanidades