Momentos de enfermería

Por Adrián Lobo Imagen: Graham Ruttan Unsplash

La enfermería tiene una cierta afinidad con la tauromaquia. ¿Cuál puede ser el punto de intersección de estas actividades tan dispares? Pues el momento en que tienen que pinchar a un ser vivo. Así es. Y aquí hay varios escenarios. Como en la fiesta brava tenemos “tres tercios”.

Primer tercio.  O el tercio de la vía.

Esto es cuando no se trata de una urgencia y tienen que canalizar a un paciente. Puedo asegurar que a muchas enfermeras les llega “su momento” cuando tienen que poner una vía periférica a alguien. Incluso se disputan entre ellas el honor (a menudo lo deciden mediante un “piedra, papel y tijera” de enfermeras, esto es “gasa, algodón y tijera”). Cuando saben que lo van a hacer se dirigen con toda dignidad  “a por los instrumentos de torear”, esto es, el equipo de venoclisis, y juro que cuando vuelven a donde está el paciente las he visto caminar cual diestro en una de esas tardes de gloria, de seda y sol, de sangre y arena. 

Avanzan como partiendo plaza, tal cual si fuera el paseíllo en la mismísima Plaza México, muchas veces se les ve ir seguidas de sus subalternos, banderilleros, monosabios y demás, esto es, otras enfermeras, camilleros y hasta personal de limpieza. No sé si será mi imaginación solamente pero en verdad que de alguna parte surgen en el ambiente los acordes de “Cielo Andaluz”. 

De verdad. Si todavía usaran capa, la podrían agitar en el aire como si se tratara de su capote. 

Abren el equipo, hacen los preparativos necesarios, voltean a ver al equivalente del juez de plaza, que sería la “jefa del servicio”, quien con un gesto magnánimo da su aprobación entrecerrando los ojos e inclinando ligeramente la cabeza. Incluso me ha parecido escuchar a alguna decir mientras saludan con la cofia, “Va por usté, Dotor…” asumen la posición (como quien dice, “apuntan”) y… está hecho… 

Aunque a veces la cosa no va bien y al paciente terminan dándole la puntilla como si fuera un miura. Finalmente el burel… quiero decir el paciente, queda para el arrastre y sale del ”ruedo” llevado por los mulilleros… camilleros, quise decir.

Segundo tercio. El de las inyecciones

Algo parecido ocurre a la hora de aplicar inyecciones aunque aquí la cosa es mucho más taurina debido a la posición más frecuente que suelen adoptar los pacientes, que técnicamente se denomina decúbito ventral o decúbito prono (acostado boca abajo, para los profanos), aunque también hay la ocasión en la que se tenga que hacer con el paciente de pie y ligeramente inclinado. 

Por suerte los resultados tienden a ser mejores en este escenario, es mucho menos frecuente ver a una mataora pinchar al astado reiteradamente sin lograr la estocada. Y hay cada maestra que le pone a uno su par de banderillas por todo lo alto que hasta le podrían dar orejas, rabo y una pierna del astado… ¡perdón! Del paciente… si fuera permitido.

Tercer tercio. Las picadoras

A otro nivel en la escala se encuentra las maestras del cateterismo. La colocación de un catéter central en este Hospital General se toma tan en serio que hay algo llamado “Clínica de catéteres”. Cuando se necesita uno las llaman a ellas, las enfermeras especializadas en instalar, mantener y retirar catéteres. Esto es lo que se conoce como vía venosa central. 

Elegir entre una vía periférica y una central depende de los resultados de la evaluación de aspectos tales como: exploración física, duración prevista de la terapia y el tipo de medicamento a suministrar, el caso es que  estas maestras suelen tener tanta habilidad que de cuando en cuando, muy ocasionalmente en realidad, que llega un paciente a quien es especialmente difícil colocar una vía periférica (las profesionales llaman a esto “vía venosa difícil”) las llaman a ellas como último recurso para no hacer sufrir de más a nadie. 

Otras expertas que pueden salir a hacer el quite son las enfermeras de pediatría que acostumbradas a las delicadas venas de los infantes se vuelven expertas en estos menesteres, en lo personal siempre me resulta admirable la habilidad que suelen tener y el resto de las enfermeras así lo reconocen. 

En una ocasión se recibió en un servicio un pacientito proveniente de esa área. Había algunas dificultades con su venoclisis, el suero colocado no estaba pasando en forma óptima, entonces un médico se acercó a revisarla e hizo ademán de buscarle otra vena que resultara más adecuada:

— ¡Ay, Doctor! —  le dijo otra enfermera —  ¡Si es lo mejor que pudieron hacer las compañeras de pediatría que son expertas…! Ya no le va a encontrar usted una mejor… —  El médico no dijo nada, sólo la miró con el orgullo un poco herido ya que sabía que lo que aquella expresó era una gran verdad.

Aclaro que prácticamente ninguna enfermera renunciará a una vía difícil a la primera, casi les va el orgullo profesional en ello, sin embargo reconozco que la mayoría suele tener muy presente su código de ética y saben reconocer cuando necesitan apoyo. 

Es como en la fiesta brava también, de repente el torero que tiene problemas en el lance de tirarse a matar empezará a escuchar los clarines sonando, dándole los avisos de que se le puede ir vivo el astado a los corrales.

En este punto la cosa es más seria. Son palabras mayores dentro de la enfermería y, como mencioné antes, se considera una especialidad. Ellas serían las picadoras en una corrida de toros. 

En este hospital tenemos el orgullo de contar con una gran exponente de la “pacientomaquia”, (esto es, la enfermería, como ya se sabe), lo que es “El Juli” para el toreo lo es ella para la enfermería, su nombre artístico es “Morante de la Valora”, aunque también es conocida como “La jefita”. Y oiga usted, ¡qué barbaridad! Tiene un arte, una presencia, es capaz de unos pases naturales tan hondos y profundos que arrancan los más sentidos “¡Olé!” de la afición de cualquier servicio donde se pare, simplemente con pisar el redondel. Casi puedo asegurar que de tarde en tarde sale en hombros del hospital.

En otro aspecto el hospital se asemeja también a una plaza de toros y es que para cuando los protagonistas parten plaza ya muchos han trabajado ahí preparando todo y durante la corrida seguirán contando con la asistencia de muchas más personas. Otros más seguirán trabajando aún después que aquellos se hayan retirado.

Creo que muchas de estas situaciones son así en todo el mundo o al menos en una buena parte, porque un personaje, enfermera de profesión, a quien no tengo el gusto de conocer porque vive del otro lado del mundo y que ha escrito un par de libros de anécdotas que ha vivido en su trabajo (por cierto que desde aquí le envío un gran saludo a La Enfermera Saturada hasta España), dice que va por ahí, como casi todos hacemos, digamos “viboreando”, muy alegremente eso sí, a sus semejantes, pero con una pequeña diferencia con respecto a otro tipo de personas. Ejemplo:

Mujer común.

— “¡Pero mira nada más esa tipa! ¿No tendrá espejo en su casa? Si yo fuera ella ni muerta salgo a la calle con una blusa como esa…”

Enfermera.

—Vaya tipa, ¿eh? Aunque tiene buenas venas… Ahí entro con un punzocat del 14 porque entro… y a la primera… Pero cómo no…

Conozco a una enfermera que es muy dulce y muy gentil. Una muy buena persona que se preocupa de verdad por quienes le rodean, principalmente los más cercanos a ella. A veces se comporta con sus amigos como si fuera su mamá. Si, por ejemplo, encuentra a uno de ellos fumando, inmediatamente se le acerca para decirle: “Deja eso manito, te hace daño. A ver, tíralo aquí”. Linda persona, cálida y cordial en su trato. Es muy frecuente que exprese físicamente su afecto con pequeños mimos, dando palmaditas, tomando a su acompañante del brazo, etc. Situaciones como la siguiente suelen ocurrir con ella:

Se encuentra en una plática casual con alguien y de pronto empieza a tocar ligeramente a su interlocutor, lo que no tiene nada de extraño. La conversación continúa y de momento ella ya tiene a su acompañante completamente tomado del brazo. Todavía no es nada fuera de lo común. Pero luego ella empieza a palpar cerca del pliegue del codo, a hacer presión suavemente, como buscando algo.

— ¡Oye! – Le dice el amigo. –  ¿Qué haces?

— ¡Nada! – Responde fingiendo asombro y deteniéndose un momento.

La charla continúa y ella no ceja en su empeño extendiendo el movimiento a lo largo del antebrazo. Deteniéndose en diferentes puntos.

— ¡Oye, no me digas que no estás haciendo algo! ¿Me estás buscando una vena?

— ¡No! – Responde con el mismo gesto de asombro que la primera vez pero que ahora denota culpabilidad.

Pero continúa en su afán develando por completo sus intenciones y el amigo la descubre. Entre divertido  y confundido le observa:

— ¡Oye! ¡Sí me estás buscando una vena! ¡No soy tu paciente!

— ¡Ay, perdón manito! Es la costumbre…

No me queda más que dedicar un merecido “¡Olé usté, mataora!” a todas aquellas maestras en el arte de las venoclisis, punciones, inyecciones, catéteres y demás.

Adrián Lobo

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