Crónica de consultorio: Terapia para hombres (Primera parte)

terapia para hombres
ehsan eslami. Unsplash

Por: No Hilda

La fractura de las patas de una silla y de un hueso suenan igual cuando estás en estado de shock. El hombre de casi dos metros había tomado la silla por la parte del respaldo y la había estrellado contra el suelo. ¡Crack! La mujer, su esposa, tenía sus manos cubriendo su rostro sin poder aguantar el llanto. Casi 17 años antes, en Selva Mágica, mi papá me ordenaba que brincara desde un resbaladero hacia una alberca de pelotas. Brinqué. No quería que se enojara. ¡Crack! Me quebré el brazo.

Cuando estaba estudiando psicología nos prepararon para “atender hombres”. Si bien esto fue hace más de diez años, hoy no es muy distinto, pues la perspectiva de género apenas está entrando a los programas oficiales de la universidad. Anteriormente, el machismo era agua de uso. El enfoque clínico de la psicología se refiere al discurso médico usado sobre las circunstancias humanas, es decir, se utilizan términos como “paciente”, “síntoma”, “cura”, “trastorno” o “enfermedad”, tanto para situaciones cognitivas, vinculares, paternales, familiares, personales, económicas, como también para las situaciones emocionales. En el discurso médico, el terapeuta ejerce un poder implícito: las personas acudimos a los profesionales para “curarnos” de algo, bien podemos no saber de qué, pero lo hacemos, la salud es más un valor moral que una verdadera prioridad. En la mentalidad machista, las personas que se identifican como hombres, también ejercen un poder implícito pero este es distinto, aunque, igualmente invisible a los ojos de cualquiera. Ser psicóloga identificada como mujer y tratar a un paciente hombre, no significa otra cosa que una guerra de poderes. En la facultad de psicología te preparaban para la batalla.

La materia se llamaba Teoría y práctica para la psicoterapia en adultos, y constaba en que el profesor nos llevara a la cámara Gessel (un espacio teatral que simulaba un consultorio separado por un vidrio espejo desde donde se podía espiar, mejor dicho, analizar, las conductas de los que estaban del otro lado). El profesor más cotizado para esta clase rebosaba memoria y grasa, o sea que era gordo y sus clases eran dictadas como de memoria, me recordaban a cuando en la primaria nos hicieron aprender el juramento a la bandera. El profesor también era inteligente, pero su inteligencia era opacada por su monotonía al dictar clase. Este profesor tenía seguidores, muy distintos a los de una red social. Eran seguidores literalmente: dos o tres estudiantes de grados más altos lo escoltaban a todas partes, incluso una colega suya, de su misma generación, formaba parte de la procesión casi católica que se podía admirar desde los pasillos cuando ese profesor tenía clase. 

Sentado a mitad del salón y rodeado de su corte, el profesor relataba solemnemente su Teoría para la psicoterapia de adultos para después. La siguiente clase, llevaba a sus fieles estudiantes a la práctica. Un día antes, recuerdo, me había puesto mi primer tatuaje, estaba sentada en el suelo esperando a que abrieran la cámara Gessel, no tenía tanto interés en ver cómo Georgina, mi compañera, actuaría de terapeuta como de admirar mi tobillo con tres estrellas de contorno rosa. Entró primero el maestro y luego su corte real, cerraron la puerta y se cuchichearon por unos diez minutos. Las terapias eran “actuadas”, los seguidores del profe simulaban ser pacientes, los estudiantes éramos los terapeutas y él, veía todo desde su silla-trono. La actuación, imagino, había sido preparada algún sábado desde algún bar, desde la sala de la casa del maestro o desde los cubículos-cantina del comité de estudiantes, no lo sé realmente.

Le tocó a Georgina. Por estricto número de lista, los estudiantes pasábamos “al consultorio” para tratar de analizar las ya gastadas interpretaciones de los seguidores del profe. Ese día no encontraron la llave de la sala que estaba detrás del espejo y nos tocó sentarnos en el suelo, a los pies de los pacientes. Eso de estar en primera fila siempre me ha gustado y puse toda mi atención para ver el espectáculo.  A Georgina le tocó actuar en una terapia de pareja. En su papel, la colega del maestro, la de su misma edad, entró lentamente interpretando a una esposa sumisa y preguntó si ahí se encontraba la Psicóloga Georgina Mendez, mi compañera asintió y le ofreció asiento con su mano visiblemente temblorosa. La casi primera actriz no se sentó hasta que llegó el esposo simulado. El más alto y fornido de los seguidores del profe jugaba el papel de esposo maltratador. Un día antes, el maestro nos había explicado los beneficios de saber tratar a pacientes con trastornos de ira, violentos o de mal carácter. Georgina lo intuyó. Su voz se suavizó tanto o más que la de la esposa sumisa, casi parecía que ella había adoptado el rol de la esposa. Cuando hablaba, no los veía a ambos, sus ojos solo lo veían a él. Ignoró a la esposa y por momentos le daba la razón al esposo violento y machista. Por su seguridad o indefensión aprendida, estaba del lado del victimario. 

El maestro paró la clase. Algo no andaba bien, las terapeutas no podíamos tolerar abusos contra la mujer y debíamos encarar a los maltratadores, no ser sus cómplices. Alentó a Georgina a confrontar al esposo, le dijo que “hiciera algo” sin darse cuenta de que quizá ella pudiera haber sido una víctima real. O, por el contrario, tal vez por eso mismo la eligió a ella para esa puesta en escena —lo que probaría que la inteligencia del maestro estaba por sobre su grasa pero su empatía por debajo de ambas—. El maestro y sus seguidores se comunicaban a través de lenguaje no verbal, una ceja levantada, un toque a la nariz o un cruzar de piernas indicaban que “la verdadera terapia” debía comenzar. El profe se sentó y asintió mirando al que actuaba como esposo. Georgina tuvo que repetir todo. La esposa tocó la puerta, Georgina la hizo pasar y le ofreció asiento, ella no se sentó, entró el esposo y se sentó primero que ambas. Cuando le tocó contradecir al esposo, Georgina ya estaba sudando. Los demás, estábamos deseando que el maestro eligiera alguien más al mismo tiempo que animábamos silenciosamente a nuestra compañera. El esposo levantó la voz, jaloneó a su esposa y le dijo que se fueran, que la terapeuta era una imbécil. Georgina amenazó con llamar a la policía viviendo su papel y quizá olvidándose de que todo era una representación dentro de un espacio que pretendía ser seguro. 

¡Crack! El esposo tomó la silla por el respaldo y la estrelló contra el suelo. Por un momento creí que la silla era la colega del maestro y que las patas que rebotaron en la pared eran las manos de ella. Georgina estaba llorando. Una compañera se levantó para abrazarla y recogió sus cosas para llevársela lejos de ahí. El maestro y sus seguidores sonreían imperceptiblemente. “No deben perder el control, pero lo más importante es que no deben perder el poder”. Tal vez el maestro nunca dijo eso pero, ese día, con eso me quedé. Todo parecía indicar que las clases nos enseñaban a estar a la defensiva, a que la terapia con hombres es peligrosa y más que escuchar, una debería de confrontar. 

Dos años después, ya fuera de la universidad, tuve mi primer paciente: era un hombre. Yo estaba a la defensiva, así como me habían enseñado y con la guardia en alto contradije todas sus ideas, lo confronté, lo cuestioné y, creo, a estas alturas, que nunca lo escuché de verdad. Ayer una mujer que viene conmigo a consulta me preguntó si en mi experiencia como psicóloga había tenido la oportunidad de ver cambiar a un hombre machista. Tardé un poco en pensar mi respuesta porque tuve que buscar la respuesta desde la psicóloga que soy hoy y no desde la que era al salir de la universidad. Se las cuento en la siguiente entrega. 


Epílogo: Entré a estudiar psicología porque no alcancé el puntaje para mi primer opción (medicina) y no me sentía apoyada para hacer exámen a mi segunda opción (arquitectura). Mucho tiempo me dije que ser psicóloga era ser una arquitecta de la voluntad y una médico de almas. ¡Tremenda tontería! Me llegué a inventar estas alegorías como recurso de autoconsuelo para no sentirme rechazada por la realidad, porque esa realidad que estaba viviendo no era de mi agrado totalmente. Uno hace eso, utiliza las palabras para adecuar la inmensa realidad a la pequeña experiencia —aunque, a veces al contrario, las palabras nos utiliza para dar forma a la realidad—.