El buen malo

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

Una de las, tal vez, reducciones más simplistas de todas es la de clasificar los actores del tipo que sean (políticos, sociales, dramáticos…) entre buenos y malos; sin embargo, es justamente la forma en la que diferenciamos cuando apenas incursionamos en narrativas de ficción. Sabemos que el bueno es el que tiene virtudes desarrolladas, con el que nos sentimos identificados y como quien nos gustaría ser algún día. El malo, en cambio, es despreciable, nos genera antipatía y ni locos querríamos ser como él. Por eso es que esa concepción, la del malo, sea tan amplia e incluya muchas cosas más allá que la de un malhechor: un actor malo es que no sabe hacer su trabajo, un político malo es el que no hace lo que debería hacer, un maestro malo es el que no sabe enseñar… la concepción del malo, al mismo tiempo arquetípica y extensa, puede envolverlo todo y se presenta de formas muy variadas.

Para poder establecer una diferencia clara entre dos actores opuestos, podría bastar diciendo que el malo es la antítesis del bueno. No caigamos, sin embargo, en relativismos de visión limitada: un personaje virtuoso es al que consideramos bueno, por eso es que los superhéroes, por ejemplo, nos atraen tanto: Batman, Superman, la Mujer Maravilla… ellos nos demuestran que todos tenemos una inclinación casi natural hacia la virtuosidad, y si no, si preferimos al malo, tenemos pedos mentales muy densos. Vaya al psicólogo si es así. Decir que con la visión del villano, Superman es el malo, es denigrar a los mismos personajes como actores de una narrativa de ficción.

Es común ver en las nuevas historias personajes que en sí, no son héroes ni villanos; y que incluso a los héroes se les dan dotes humanas. Tenemos la concepción de que el humano comete muchos errores… y es cierto, pero no nos limitamos a eso solamente. Entonces ya los creadores retratan humanos con fortalezas y debilidades, por lo cual, la dualidad héroe-villano se ve sobrepasada y hasta anticuada ante la multiplicidad de posibilidades. Esto no significa que ya no haya buenos ni malos (porque equivocarse no necesariamente es negativo al largo plazo, pero al momento sí lo es), sino que ya la forma de criticar o delimitar los actos, cambian. En las nuevas narrativas siguen habiendo malos y buenos, solamente nublamos nuestro juicio con nuestras perspectivas personales y no somos capaces de criticar a una narrativa desde la misma narrativa, creemos que tenemos la razón solamente porque sí (un excelente ejemplo de una crítica poco fundamentada por parte del público [al menos, los que más ruido hicieron] es la que se le hizo al videojuego “The last of us II, por ejemplo).

Ahora, vienen los antihéroes, estos personajes de actuar dudoso y confuso que no nos permiten dilucidar si son los buenos o los malos pero que aún nos caen bien. El antihéroe, a pesar de verse en todo un proceso de duda e incluso cayendo en errores que bien podrían definirlo por siempre, sigue resaltando aquellos valores que el héroe, en su concepción más Jungiana, la más básica, tiene; así que caería más en la parte de los buenos.

Un buen malo, un buen villano, es tan necesario en una narrativa de ficción, como el mismo héroe, porque solamente esta contradicción casi natural entre el que quiere lograr algo virtuoso y el que lo quiere evitar o el que tiene una finalidad no virtuosa; es lo que les da su fuerza a ambos, tanto al héroe como al villano, tanto al personaje con el que te identificas, como al que no. Es por eso que, por ejemplo, y viéndola desde la perspectiva de la misma narrativa, Juego de Tronos, la serie de televisión, decepcionó. Bueno, su fracaso fue, en realidad, una multiplicidad de cosas mal hechas, pero una de las más ruidosas fue que a los enemigos más poderosos, los caminantes blancos, solamente fueron sobresalientes por un capítulo. O sea que la mitología creada a través de los años, se fue por la borda en una sola y patética noche.

Para ejemplificar que un villano es tan necesario como un héroe, que el malo es tan importante como el bueno, podríamos pensar en ¿qué sería de la magnificencia creadora maravillosa y perdonadora de dios, sin la destrucción, perversión y manipulación de Satanás, el príncipe de las tinieblas?… que debería ser rey, pero eso no lo trataremos aquí; ¿qué sería del genial Jon Snow sin tanto loco en juego de tronos como Cercei, Jofrey, o Ramsay?; ¿habrá sido un sacrificio tan aplaudido, llorado y alabado el de Iron Man de no ser por el temple, la sagacidad y la furia del loco genocida morado Thanos?; ¿la victoria de los hombres de la Tierra Media sería tan gustada si hubieran tenido a un Sauron menos obscuro, decidido y poderoso?; ¿acaso habríamos sentido tanta identificación hacia Héctor si Ernesto de la cruz no hubiera sido un asesino enfermo?; y ¿acaso sería Amlo menos amado si quisiéramos más a Felipe Calderón?… bueno, el último no queda, ambos son despreciables.

Además, también por medio de los opuestos podemos delimitar y regir ciertas actitudes nuestras respecto a la vida, sabiendo qué está bien y qué está mal podemos regularnos y de verdad ayudar cuando nos es requerido. Si sabemos que apuñalar a un amigo por la espalda porque nos hizo enojar, está mal; pero decir las cosas para hablarlas y arreglarlas, está bien; entonces podemos deducir que a un amigo se le deben decir las cosas aunque duelan, porque a la larga, eso volverá nuestra relación amistosa más duradera. Si no tenemos villanos o malos dispuestos a todo en narrativas de ficción, no sabremos las perversiones a las que el mismo ser humano es capaz de llegar, y lo peor: no tendríamos héroes ni buenos bien enraizados en nuestro imaginario colectivo, entonces no tendríamos ídolos ni a quién seguir, no tendríamos parámetros comunes para considerar a alguien como aliado o como enemigo.

Si queremos hablar de personajes malos memorables, podemos ver a Hades, en la película de caricatura de Hércules (que debería ser Heracles, porque Hércules es la forma romana de ese héroe griego), este personaje de cabello de fuego azul se puede convertir en animales y llega hasta las últimas consecuencias para lograr su cometido: destruir a los dioses del olimpo… tipazo. Y qué tal Hanz Landa, el personaje interpretado por Chirstoph Walts para la película Bastardos sin Gloria, un asesino despiadado que cumple su misión, la de deportar y (o) matar judíos, de forma tan eficiente que le dicen Cazador de Judíos, y no hay nadie quien se le pueda interponer por sus métodos casi psicológicos para lograr lo que quiere. A pesar de que al final quiere pasarse del otro bando, lo hace para salvar el pellejo, no porque haya habido un arco redentor: es un villano de inicio a fin. Y, bueno, ya mencionado previamente a pesar de que no soy fan de Marvel. Thanos, ese alienígena morado que cree que matando gente va a solucionar todos sus problemas y eso lo lleva a matar a su mismísima hija… eso sí es estar decidido y no mamadas.