¿Racismo? en el siglo XIX: José Tomás de Cuéllar y la cultura nacional (I)

Actualmente se ha usado de forma constante el calificativo “racista” para referirse a ciertas prácticas del pasado que desde el presente parecen reprobables. En una entrega anterior hablé sobre la forma en que el presentismo genera confusión en la interpretación del pasado. Ya que se parte de elementos del tiempo en que se vive y que no se concebían así anteriormente o, en muchos, ni siquiera existían. Esto se aleja de una reinterpretación basada en fuentes y por lo general tiende a reproducir ideologías o propaganda. En estos días en que las estatuas vuelan y la memoria nos juega chueco, quisiera hablar de un autor cuya obra hubiera escandalizado a más de uno si se publicara hoy. Y más teniendo el alcance que tuvo hace más de 130 años.

Me refiero a uno de los escritores del bando liberal más conocidos, José Tomás de Cuéllar. Al que, para mi sorpresa, no se ha cuestionado suficiente como a otros autores que han pasado por la guillotina. Las siguientes entregas no pretenden hacer una análisis literario de su obra periodística, sino tratar de comprender algunos de los argumentos del autor y cómo estos no son un caso aislado de “racismo”. Sino que formaban parte de un corpus mayor que buscó conformar una cultura nacional basada en los preceptos de lo que debía ser un buen ciudadano en el siglo XIX. Pero antes, un poco de historia. 

La concepción de una nueva nación: la cultura y la política

En 1867 culminó una etapa en la historia de México. Tras casi 50 años de luchas internas, rebeliones políticas e intervenciones extranjeras, el país pareció haber llegado a una relativa estabilidad. Ese año cayó el Segundo Imperio, con Maximiliano a la cabeza, terminando así no sólo con los argumentos conservadores respecto a la forma de gobierno, sino que también se dejó de considerar a la monarquía como una posible alternativa a los gobiernos republicanos. 

Tras la caída del Imperio Benito Juárez se encargó de establecer nuevos preceptos gubernamentales. Ya no basta sólo con tener el éxito de la victoria militar, sino que también el gobierno debe basarse en cierta legitimidad social. A la fracción liberal no sólo le interesaba mantener el orden, sino también la soberanía. La justificación de la victoria y del plan de gobierno no se dio del todo en el campo de batalla, sino también en el ámbito de la cultura, el arte y la educación. Es a partir de este período que se empieza hablar de una cultura nacional, es decir, una serie de hechos y prácticas que le son comunes a los mexicanos. Estas áreas se van a alinear con los objetivos del gobierno, de tal forma que funcionan como medios de difusión de un proyecto en especial. Esto fue sorpresivo, ya que durante la primera mitad del siglo XIX la cultura funcionó como instrumento de confrontación entre las fuerzas políticas.

A su vez, la Restauración de la República vio nacer varios periódicos que, si bien algunos continuaron siendo trincheras políticas, otros se ajustaron a los mandatos del plan de gobierno. Uno de los diarios más destacados fue El Renacimiento, dirigido por Ignacio Manuel Altamirano. Dicho diario se formó a partir de un grupo de intelectuales que conformaron el llamado Liceo Hidalgo, cuya preocupación se centró en la creación de la llamada cultura nacional. Como este, surgieron varios periódicos que trataron de emular los valores que deberían caracterizar a los mexicanos. 

De héroe desconocido a diplomático

Niño héroe no reconocido, escritor, periodista, diplomático e intelectual. En esas palabras pueden resumirse las biografías de muchos personajes del siglo XIX mexicano, y la de José Tomás de Cuéllar no es la excepción. A pesar de que su formación corrió a cargo de uno de los principales colegios del siglo XIX, el Colegio de San Ildefonso, ingresó al Colegio Militar poco antes de la guerra con Estados Unidos (1846-1848), donde fungió como uno de los defensores del Castillo de Chapultepec en la batalla del 13 de septiembre de 1847, aunque no le fue reconocido. 

A pesar de que se le recuerda más por novelas como Baile y Cochino, Los Mariditos, Los Fuereños, entre otras, también destacó como cronista y periodista. Las páginas de La Ilustración Mexicana, El siglo XIX, El Laberinto, Las Cosquillas, El Eco del Comercio, El Correo de México pudieron albergar varias de sus crónicas y colaboraciones.

¿Qué escribía Cuéllar? ¿Qué publicaban los diarios en el siglo XIX? ¿Qué influencia podían llegar a tener? Eso se discutirá en la siguiente entrega.