La soledad en las grandes heroínas femeninas

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Kate Wislet en ‘Hamlet’

En una de las escenas de la película Hamlet dirigida por Kenneth Branagh, la Ophelia de Kate Winslet se cubre el rostro con las manos, mientras gime de un tipo de dolor tan trágico y violento que le hace temblar de pies a cabeza. “Estoy sola” dice con la voz rota, “la soledad es una condena y también, una puerta cerrada e inaccesible”. La línea fue tomada de una versión primitiva de la obra que el director consultó antes de llevar a cabo su adaptación a la pantalla. En la mayoría de las traducciones, Ophelia sufre pero por amor, no por su aislamiento y desarraigo, un elemento que brinda una dimensión por completo nueva al personaje. De heroína enloquecida por el amor, los tormentos de su espíritu inquieto y al final el miedo, el hecho de la soledad —ese desarraigo insular y violento— brinda al personaje un contexto por completo nuevo que analiza no sólo su mundo interior, sino también, las líneas que se entrecruzan para sostener su identidad rota.

Mucho antes, la Isolda de Guerau de Cabrera, también gemía entre sollozos por un sufrimiento semejante: “El mundo es una interminable sucesión de soledad”. A su vez, hay docenas de personajes anónimos en el romancero medieval que lidian los rigores de “mares de hielo y silencio”. En una balada inglesa del siglo XVII, la llamada “damisela en apuros” ruega a su captor que la ame “puesto que la soledad es un monstruo de fauces abiertas, que aguarda por mí a la deriva”. Una y otra vez, los antecedentes sobre la heroína trágica literaria se debaten en la línea de un aislamiento emocional que termina por convertirse en una metáfora acerca de la identidad de la mujer en la psiquis colectiva. Una forma de angustia existencial que además, simboliza un doloroso recorrido hacia la identidad de la mujer como parte de cualquier obra artística. En la literatura, los personajes femeninos suelen sufrir un destino desgraciado por el mero hecho de encontrarse aislados, heridos o en medio de situaciones violentas que les convierten en víctimas propiciatorias o simbólicas.

Claro está, a la mujer solitaria —que es el antecedente inmediato a la figura femenina independiente de la primera mitad del siglo XVIII— no le ha ido bien en la historia de la literatura, sobre todo, porque ha tenido que enfrentarse a la percepción que su libertad de pensamiento es una forma de maldición. De hecho, de nuevo la Ophelia de Shakespeare (con toda su profunda carga metafórica sobre la pérdida de la razón y las líneas que le unen al miedo) es el primer personaje al que el autor relaciona con la palabra “soledad”. Ophelia está sola no sólo por el hecho de su locura —que podría ser interpretativa— sino también, aislada en medio de un mar de tormentos que la sostienen en mitad de una dolorosa búsqueda de significado. El desarraigo de Ophelia es también una condena que se sostiene sobre la imposibilidad del amor y termina por aplastarle en mitad de una sucesión de desgracias invisibles. La soledad de pronto, es su única puerta abierta, la posibilidad de escape. Ophelia está sola porque nadie puede comprenderla, porque los hilos que le unen a su vida y a la de Hamlet son tan frágiles como apenas sostener su cordura.

Para la investigadora Amelia Worsley, experta en la interpretación de los personajes de la época isabelina, el fenómeno es claro, sobre todo en el hecho de que Ophelia es la contraparte /reverso oscuro de Hamlet, quien es el foco de interés, atención y de la acción en la obra. La soledad de Ophelia está directamente relacionada con su capacidad para argumentar, con la potencia de sus sentimientos, pero sobre todo con el hecho que no parece encajar en ninguna parte y sostenerse bajo ningún medio. Ophelia flota en medio de las intrigas palaciegas, la violenta posibilidad del miedo y también de Hamlet alrededor de quien gravita en medio de la desesperanza. “Hamlet habla en voz alta, convoca audiencias, discute y sostiene su existencia en la visibilidad”, comentó la autora en un análisis reciente, pero en su lugar Ophelia se encuentra “al margen, en el claustro de su poder mental y emocional”. 

Sin duda, resulta desconcertante la manera en que Ophelia encarna toda la sucesión de mujeres literarias que han debido sostener de una manera u otra la carga de su personalidad. No sólo se trata de la connotación de la soledad de Ophelia —contra la cual intenta luchar incluso en sus momentos más desesperados— sino por la percepción de la forma en la trama que asume que se trata de una cualidad solitaria en contraste directo con Hamlet, que batalla contra el sufrimiento pero a viva voz y de manera muy física. Uno y otro son espejos de la concepción de la mujer y el hombre literario, incluso en medio de una connotación dolorosa sobre la búsqueda de la identidad perdida en la oscuridad de la razón. Existe Ophelia en la medida en que puede encarnar las sombras del miedo. Existe Ophelia en la posibilidad de ser y construirse como una mujer capaz de experimentar un espectro amplio y violento de emociones. Mientras Hamlet se refugia en su dignidad y búsqueda de respuestas a las grandes preguntas que le agobian, su reverso oscuro se sostiene en el silencio.

La soledad y otras formas de mirar a lo femenino en la literatura

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Por supuesto, el caso de Ophelia es único porque en cierta manera aglutina la percepción sobre la soledad de una forma por completo nueva. Para entender su trascendencia quizás habría que ahondar en el contexto que le rodea y, sobre todo, en la manera en que analiza y construye una versión de la realidad que sometía a las mujeres en la época en que su autor William Shakespeare elaboró el primer gran retrato de la mujer mentalmente independiente. Una concepción sobre la soledad y la cualidad solitaria que muestra a lo femenino —hasta entonces supeditado a lo masculino— de una forma por completo distinta.

En la Inglaterra Isabelina, la mujer tenía escasísimos derechos legales, culturales y sociales, la mayoría relacionados con el hombre a su lado: desde su capacidad para heredar hasta la percepción de su mera existencia —una mujer no “existía” hasta que no era presentada ante la ley por su padre, hermano o esposo. La concepción sobre lo femenino de la época era una combinación de restricciones de todo tipo, que convertían a la mujer en una rehén de su género. A la distancia, las condiciones no eran distintas a las de otros tantos países de Europa y por supuesto, el hecho de tener una reina —además soltera— detentando el poder, podía considerarse una forma de beneficio para las mujeres de la época. Pero en realidad, la cultura inglesa tenía por objetivo la preservación del poder y la identidad: era una época levantística, envuelta en todo tipo de enfrentamientos interinos y en la que se dependía por completo de la sucesión dinástica para salvaguardar derechos de sangre. De modo que la mujer cumplía un involuntario papel protagónico, que se resguardaba bajo todo tipo de deberes y obligaciones. La mujer Isabelina dependía de su padre o esposo para todos los aspectos de su vida y también, para enfrentarse a las restricciones legales que se aseguraban jamás pudiera tomar una decisión sin la anuencia masculina. Atada a una condición secundaria e infantil desde su nacimiento a la muerte, la mujer inglesa de la época de Shakespeare se encontraba a menudo encerrada en el hogar paterno o marital, sin posibilidad de escapar y mucho menos, de acceder a una identidad propia.

La palabra “soledad”, solía aplicarse a la mujer cualquiera fuera su extracción social, papel en la sociedad o la riqueza de la familia. La mujer en la Inglaterra de Isabel I no sólo estaba sola, sino también, no podía aspirar a la comunión de su existencia con la vida que se desarrollaba más allá de los límites que la necesidad o la idealización masculina imponía. La soledad —tanto en el vocabulario como en la percepción cultural— era una forma de definir a lo femenino, un atributo más o menos abstracto que se sostenía sobre una búsqueda incesante de un lugar social, que nunca llegaba a definirse del todo. La mujer británica debía sostener con su presencia, trabajo y sobre todo, su capacidad física para concebir al hogar, pero a la vez, debía ser lo suficientemente discreta para no resaltar. Debía encontrarse “sola” y a la vez, consumida por los deberes que debía cumplir para ser considerada —al menos en parte— un miembro legítimo de la sociedad.

No obstante, a medida que el gobierno de Isabel I se afianzó en el poder y en especial logró algunas reformas de importancia relativa sobre las sucesiones dinásticas, la palabra “soledad” también se transformó bajo el imperativo de ser construida para una connotación de aislamiento en estado puro. Ya no se trataba de que la mujer estuviera “sola” (o en soledad) sino que, debido a sus decisiones y comportamiento, pudiera encontrarse en una posición vulnerable lejos de lo socialmente aceptable. De pronto, las madres solteras, las casadas repudiadas, las viudas empobrecidas, encarnaban la palabra “soledad” como una forma de recordar que fuera del círculo de lo cultural como hecho único, había una región inhóspita de la que no se regresaba. Pero además, también comenzó a usarse la palabra “solitaria” para definir a quienes se encontraban “aislados” por su pensamiento, por su incapacidad para aceptar normas, y al final, para aferrarse a la idea más amplia de una cultura homogénea.

Para cuando Shakespeare escribió Hamlet, la idea de la soledad era ambigua, además de extrañamente vinculada con un tipo de carácter tempestuoso y apasionado, difícil de definir de inmediato. Los solitarios ya no sólo eran mujeres, sino también, cualquiera que tuviera que batallar contra las normas sociales —cada vez más rígidas— para existir, sobrevivir o prosperar. Los solitarios se volvieron una larga sucesión de artistas sin clase, de apóstatas y rebeldes, que además estaban profundamente vinculados a la condición de marginados y al ostracismo social.

¿Quieres eran los solitarios de la época Shakespeariana? Sin duda, ya no eran sólo mujeres, sino también, la herencia directa de los personajes solitarios que formaban parte de las leyendas orales y los romances que recorrían el continente de punta a punta en manos de trovadores. De modo que la mujer solitaria se convirtió en una lenta transición, en la figura de todos los que no acataban reglas y normas, los que luchaban contra los deberes sociales y al final, sostenían una concepción sobre la verdad distintas a la imposición cultural. De hecho, Christopher Marlowe —al que curiosamente se le atribuye la autoría de buena parte de las obras de Shakespeare— llegó a escribir que “La soledad es el máximo tributo a una mente libre, a una búsqueda del camino propio, sin el peso de la corona y la religión sobre los hombros”.

De modo que la soledad se volvió para el idioma inglés un sinónimo de lucha personalísima en contra de todo lo que imponía un poder omnipresente y una religión cuyo único objetivo era apuntalarlo. Para los escritores y poetas de entonces, la soledad era una liberación, de la misma forma que ya lo había sido para buena cantidad de artistas en siglos anteriores. La “soledad” inglesa, parecía vinculada directamente a la griega, cuyos grandes pensadores asumían que el aislamiento y el desarraigo eran fenómenos inevitables a los grandes descubrimientos intelectuales. Más adelante, la noción sobre “la solitaria creación artística” —acuñado en algún punto de 1478 en España—, narraba la necesidad del “que crea y vive para crear”. Al final, la noción del poder intelectual y espiritual, relacionado con el aislamiento espiritual y físico, se sostuvo sobre la convicción de que en el silencio habitaba cierta sustancia “poderosa, capaz de crear belleza” como escribió Fra Angélico para hablar sobre el recogimiento moral como requisito imprescindible para la noción creativa.

No es casual que Shakespeare tomara la decisión de que su Ophelia fuera un personaje solitario. Y que a la vez encarnara la soledad desesperada bajo la sombra de una pasión que le sacudía y le sofocaba. El escritor agregó al personaje no sólo nuevas connotaciones sino que además, sostuvo un discurso novedoso sobre el hecho de la mujer solitaria emparentado con el antiguo concepto de la soledad intelectual. Como elemento primordial, Ophelia está sola porque es incapaz de expresar todo lo que guarda, lleva y sostiene en su interior, pero a la vez, debe lidiar con la concepción de “lo solitario” que le adjudica su mente inquieta, su necesidad de ser comprendida. Shakespeare muestra a Ophelia —escindida por el poder de su mente, envuelta en un manto iniciático de sufrimiento insoportable— como una línea que sostiene y construye algo más elaborado y profundo. Una mirada sustanciosa sobre los silencios —y su significado— que al final sostiene al personaje más allá de sus palabras. Al final Ophelia muere y su silencio se extiende en todas direcciones, la hace desaparecer no sólo de escena sino que muestra un espacio destruido en medio de los terrores que sufrió a solas.

El escritor fue el primero en asociar este silencio de intenso significado a la soledad de los que carecen de voz porque son incapaces de expresar sus ideas, ya sea porque no se les permite, no tienen acceso al poder que le confiere importancia a lo que necesitan mostrar y más allá de eso, a la concepción de la libertad de Ophelia, que prefirió la muerte al peso circunstancial de una existencia condenada al silencio. Ophelia es, sin duda, la transformación de Isolda que huyó por amor pero a la vez, para escapar de un destino que no deseaba a solas a pesar de su amante y el amor que le profesaba. Es la misma sustancia de las heroínas trágicas y en desgracia que por siglos los trovadores describieron como mujeres que atravesaron bosques, pueblos espectrales y horrores sin nombre, en la búsqueda de una concepción sobre sí mismas. Tal y como diría más adelante Virginia Woolf, el “anónimo” fue sin duda, la firma de tantas mujeres que no encontraron otra forma de manifestarse contra el silencio, de luchar y batallar contra los estratos inquietante, que se sujetaron a la vida intelectual, en una renuncia directa a su nombre e incluso, el mero sentido de su existencia.

La voz de la mujer literaria, su existencia, el poder entre las sombras

Saoirse Ronan como Jo en ‘Mujercitas’ (2019)

La mujer silenciosa y mentalmente independiente evolucionó desde Ophelia, muerta en una búsqueda espiritual en que la voz de las mujeres tuvieran cabida y sobre todo, consistencia y sentido. Shakespeare volvió a crear una mujer de rebeldía asombrosa y latente en Cordelia en El rey Lear, cuya fuerza de carácter le convierte en víctima propiciatoria. Desdémona, en Otelo, el moro de Venecia, también obra del autor, era a la vez silenciosa, impecable, en mitad de un juego de manipulaciones que termina convirtiéndola en objeto del deseo de una trampa mortal. Una y otra vez el autor creó a un tipo de mujer literaria que elaboró un discurso potente sobre el bien y el mal, las nociones sobre la belleza y los dolores secretos del espíritu. Todo en directa relación con la soledad del pensamiento independiente que Ophelia había encarnado de forma tan vívida.

Unos cuantos siglos más adelante, Elizabeth Bennet, en Orgullo y prejuicio de Jane Austen, encarna de nuevo a la mujer silenciosa, solo que su silencio tiene mucha más relación con los sentimientos contenidos en mitad de una época en el que la emoción tenía una condición casi humillante. Pero Austen, que convirtió a sus heroínas románticas en nociones elaboradísimas sobre la forma en el que las mujeres eran comprendidas en su época, dotó a Elizabeth de algo más extraño, desigual y doloroso: la idea de la marginalidad. 

El personaje no sólo era distinto, también era incapaz de aceptar la alineación y el miedo que sostenía su espacio elemental sobre la identidad y la conclusión de cada una de sus aspiraciones. Elizabeth estaba enamorada, pero también era muy consciente de su poder como parte de una idea más profunda acerca del bien y del mal como pequeños sustratos de angustia existencialista. Jane Eyre, en Jane Eyre de Charlotte Brontë, el silencio es también una búsqueda de respuestas y quizás, el último espacio al que el personaje puede retirarse en medio de la tempestad de ideas que le acomete en medio del miedo, las exigencias y el maltrato que debe soportar.

Uno de los personajes cuyo silencio exterior es también una forma de violencia física muy evidente es la Catherine Earshaw, en Cumbres borrascosas de Emily Brontë. Al contrario de otras heroínas literarias de su época, Catherine es capaz de expresar sus sentimientos a viva voz y también, de elaborar ideas complejas sobre sus sentimientos y cómo los expresa. La noción sobre la existencia —Catherine tiene un temperamento tan vivo, volátil y al final, tan profundamente apasionado que incluso se manifiesta después de la muerte— se hace más radical, emparentado con sentimientos tan apasionados que convierten a la soledad en una incapacidad de expresar el poder y la dimensión del amor que siente y que expresa. De la misma manera pero en el espectro contrario Emma Bovary, en Madame Bovary de Gustave Flaubert, lucha contra la invisibilidad a través de todo tipo de percepciones sobre la concepción de la derrota moral, basada en la rutina y la ausencia de alicientes en medio de una existencia blanda y anónima.

En cambio, los silencios de Natasha Rostova, en La guerra y la paz y Anna Kareninna, en Anna Kareninna de Tolstoi, son una búsqueda de reivindicación y reconocimiento, sólo que sometidas a los arbitrios de la moralidad, el sufrimiento cultural y al final, el ostracismo social a las que ambas se ven sometidas. Nora, de Casa de muñecas de Henrik Ibsen, es heredera directa de ambas, sostenidas y envueltas en la condición del silencio que intenta luchar contra las condiciones que ocultan la posibilidad de su existencia y que además, sostienen una versión del poder de la mujer, que llegará a su máxima cúspide con Josephine “Jo” March, en Mujercitas de Louisa May Alcott, la mujer que rompe el silencio a través de sus palabras y su voluntad de sostenerse sobre su personalidad, como obra y expresión de fe.

Por supuesto, las diferentes transformaciones del silencio femenino y el dolor que conlleva el aislamiento, forman parte de gran parte de la literatura escrita por mujeres en la actualidad, como la icónica novela de Doris Lessing, The Golden Notebook, hasta The Edible Woman, de Margaret Atwood, y Play It As Lays, de Joan Didion. Por su lado, Miedo a volar de Erica Jong es quizás la más dura y directa sobre la convicción de la relevancia de la voz de la mujer, de la soledad restricta pero también, de la forma en que se expresa y se elabora como una concepción asombrosa sobre la identidad femenina en la literatura.

En uno de su ensayo La voz de la mujer, Amelia Worsley escribió que Ophelia, esa primera gran solitaria, esa mujer aislada y llena de ideas propias era cuestionada en su pureza sexual, señalada y criticada una y otra vez por el mero hecho de su soledad intelectual. “Una mujer solitaria, a los ojos de una sociedad patriarcal, a menudo es una mujer culpable”. De modo que antes y después, la soledad de la mujer ha sido una connotación sobre la libertad de la mujer y de como se restringe: de la bruja que se arroja al agua por su conocimiento adquirido en solitario, la que se quema por vivir sola en el bosque, la escritora que cambia su nombre por un seudónimo masculino para llegar a las librerías. A la obra anónima que a menudo lleva la firma secreta del silencio de una mujer.

Autor: Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.