El viaje

culiacán cuento
Jacky Lo. Unsplash

Bajó de recoger la ropa tendida en la azotea. Cuando descolgaba las piezas del niño, y las sábanas amplias de la cama matrimonial, tuvo una especie de escalofrío que entonces achacó, por no darle demasiadas vueltas, al aire frío de la noche. Lo dispuso todo en el canasto y bajó en silencio al apartamento en donde dormían Héctor y el bebé desde hacía al menos un par de horas. En medio de la oscuridad comenzó a doblar las cosas mientras sentía que al escalofrío de antes le sucedía un pálpito intermitente e incómodo que echaba por tierra la ritualidad del acto de doblar y acomodar la tela. Paró de doblar para escuchar lo que fuera que estuviera pasando. Quieta durante unos segundos comprendió que no era un pálpito, se erizó ante esa perspectiva, no era un pálpito sino un hallazgo. Una certidumbre, digamos. La certidumbre de que esa misma noche, antes de que pudiera darse cuenta y entender qué diablos estaba haciendo, iba a largarse de allí, de aquella casa rentada desde hacía cuatro años.

Camino del baño alcanzó a ver algunos juguetes tirados delante de la mesa de comer, volteó el rostro y siguió de largo. Se acomodó los jeans y un pullover negro que sólo usaba para estar por casa, luego reparó en que los tenis estaban en el cuarto y se lo pensó un instante antes de entrar y tantear debajo de la cama. Consciente de la respiración acompasada del niño, sus brazos ciegos se desesperaron por tropezar con los zapatos, tocaron y tocaron hasta dar con los cordones, que llevaron a los tenis que se arrastraron de sus manos a los pies con naturalidad. Antes de salir a la calle registró la billetera de Héctor y cogió todos los billetes, no eran demasiados, unos cuatrocientos pesos a lo sumo. Afuera sintió, ahora sí, un frío que se le colaba por la piel, la garganta, el hígado y le hincaba en los huesos. Se encabronó por haber olvidado el abrigo, es absurdo, a quién se le ocurre salir de noche sin abrigo, pero entendía que daba igual, un abrigo sería inútil porque el frío la esperaba ya del otro lado. Pidió un Uber para el aeropuerto Miguel Hidalgo.

El taxista parecía un buen hombre que se limitaba a manejar y atender el tráfico. Escuchaba una emisora de radio en la que ponían música pop, ¡qué suerte!, al menos eso. A través del cristal del auto vio la carretera desenrollarse como una madeja gris y quedarse atrás, acumulada, fuera de su alcance. Recordó que al mediodía el bebé no había conseguido dormir. Apretaba los ojos como preso de un dolor, aunque no lloraba. Un dolor de barriga, por ejemplo, un dolor de cabeza o cualquier otro que, en cualquier caso, no podía ser más grande que su cuerpo diminuto de persona recién llegada. Ella le palmeó la espalda, le besó el rostro desfigurado por el esfuerzo, pero nada sirvió. A cierta altura el niño abrió los ojos y la estuvo mirando sin pestañear. Exhausta, lo puso en la cuna y se tiró en la cama durante un rato. Si el niño no llora no está enfermo, se dijo. El taxista le preguntó por la puerta de la aerolínea, dudó sobre qué contestar, déjeme donde le sea más fácil, cerca del Oxxo bastará.

Se sentó en uno de los bancos metálicos ubicados al final de la terminal. La conciencia de las cosas era todavía un fardo informe que se resistía a calibrar. Hizo como que no lo veía y lo mantuvo fuera de sí. Ahora mismo, la inevitabilidad de aquel viaje le obligaba a hacerse cargo de los detalles, uno tras otro, depositando en la mecánica del corto plazo el sentido de cuanto estaba por venir. Todo seguía sucediéndose a su alrededor. Se llegó a la cafetería más cercana y pidió una cerveza que bebió apresuradamente. Luego estuvo por el mostrador de Interjet e indagó sobre los vuelos más próximos y sus precios. Para dónde vas, le dijo la chica de la compañía. Sólo entonces comprendió que no se dirigía a ningún sitio en particular. Nunca, hasta ese día, había tenido que moverse en la temporalidad quebrada de la inmediatez, tomar una decisión que no condujera a nada, decir palabras como quien canta y que esas palabras, en la concreta, fuesen melodías confusas y también sentencias. Trató de fijar la vista en el mapa de México que colgaba a su derecha, le pareció un país magnífico en verdad. Pensó en La Habana, fingió que pensaba en La Habana cuando en realidad la descartaba completamente. Cualquier pueblo del norte o del sur en el que pudiera permanecer sin dar cuentas de una vida en orden sería un buen lugar al que llegar. Un charco de tierra instalado en el pasado. Bamoa tiene un río, se escuchó decir, y el mapa de la derecha cobró sentido dentro de su cabeza. Cuánto hasta Culiacán, preguntó. Son mil ochocientos treinta ida y vuelta en light. Nomás necesito un boleto hasta Culiacán, por favor, cuánto por un boleto de ida.

Ya en el avión, tres horas después, se dejó caer en el asiento y en la oscuridad seca de la madrugada. Más extranjera que en la tarde, otra vez extraña del país y de la franja temporal que le correspondía. A su lado, una señora de mediana edad rezaba como una tartamuda. La intermitencia de la oración restó gravedad a todo aquello, una oración que trastabilla es incapaz de registrar lo que importa. Eso le dio cierta calma, la calma de la arbitrariedad. Decidida a fijar el absurdo tomó el menú que le quedaba en frente, lo hojeó sin leer una palabra, concentrándose en las fotografías de los platillos y las bebidas. Después hizo lo mismo con una revista de la aerolínea. Y en esa complacencia, de algún modo inesperado, las imágenes resaltaron con la fuerza de la novedad, como si se presentaran por vez primera al tiempo comprimido y puro de aquel avión de Interjet. Al rato se apagaron las luces y sintió en el estómago el vértigo del despegue. Se dijo que, dadas las circunstancias, no estaba mal sentir vértigo, necesitaba un miedo físico que la anclara a la superficie de ese día irremediable.

Culiacán, de noche, se le parece a cualquier otra ciudad del norte. Hace tres años, antes de que el niño naciera, estuvieron allí durante la semana santa. Se quedó pensando en esas vacaciones, hurgó entre los recuerdos en busca de algún indicio que le permitiera orientarse en el desierto asfaltado que bordeaba el aeropuerto. Nada. El lenguaje de la fuga está signado por la orfandad y, en última instancia, por el silencio. A esas alturas, haber estado en Culiacán constituía un hecho vacío que, de precisarlo, podría intercambiar gustosa por cosas más útiles, por un cigarro, digamos, o por una plaza en cualquier ómnibus local que la depositara, sana y salva, en Bamoa. Sabía que la opción de un taxi directo se descartaba sola, no contaba con tanto efectivo y, además, resultaba absurdo actuar como una turista en semejantes circunstancias. Aún estaba oscuro, sin embargo, faltaba muy poco para el amanecer, el estado con el que el día de la partida quedaría sellado y también la posibilidad del regreso; el amanecer efectuaría un corte, podría llamarle así, en el que las nociones de antes y después, expuestas al sol inexorable de Bamoa, se irían destiñendo con las horas y llenándose del polvillo amarillento de sus calles sin pavimentar. Dio media vuelta y se sentó a ver clarear desde la acera, con la vista de los pocos viajeros que llegaban y de los conductores adormilados de los taxis, posándose sobre su ropa de estar por casa y el tono incongruente de su postura.

Estuvo esperando un par de horas, primero en calma, haciéndose a la idea de que todo estaba en el lugar en que debía, y luego inquieta con la sobrevenida posibilidad de que el pueblo al que iba no existiera más, o sea, en el sentido estricto de su recuerdo, que era árido y sin sombras, y con el mismo aire caliente de siglos atrás; un pueblo distante, cierta lejanía en donde las cosas aún no se habían muerto muchas veces. Intentó serenarse. La imagen de su hijo dando vueltas alrededor de un cojín en el suelo la sacó de allí. No es tiempo de esto, se dijo, y se incorporó en busca de alguien que pudiera orientarle sobre la ruta Culiacán-Bamoa.

A su lado pasó una pareja de jóvenes que le pareció, sabe Dios por qué, estar de visita en la ciudad. Lucían felices, los observó abordar un carro y desaparecer en la carretera. Luego salió un hombre de la terminal y, a escasos pasos de donde se encontraba, encendió un cigarro. El humo le llegó cual chorro tibio de oxitocina y estuvo dándole vueltas por el cuerpo un rato larguísimo, o bien algunos segundos que, en todo caso, le obligaron a caminar hacia él y preguntarle lo que necesitaba saber. La sonrisa del desconocido al pedirle el Malboro hizo que su cuerpo cediera al embrujo de la distensión. Olvidó de dónde venía mientras fumaba, cosa que luego, en el trayecto hacia Guasave, agradeció mentalmente. Se enteró de que no había una única Bamoa sino dos, Bamoa Pueblo y Estación Bamoa, esta última a un kilómetro de distancia de la primera. Sin importar adonde fuera, le dijo el hombre antes de pisar su colilla y acomodarse el maletín en el hombro, ningún camión te llevará directo hasta allá. Tendrás que pasar por Guasave y de ahí tomar un bus local.

Ahora, que ya sabía la dirección de la central de ómnibus, y con un plan medianamente elaborado para llegar a su destino, se resbaló de pronto entre las grietas del anonimato, un territorio en el que no hay atajos, donde el camino entero debe recorrerse a pie, de un tirón como quien dice, si no se quiere, como era el caso, tropezar con el pasado. Del apartamento se llevó consigo el teléfono celular, pero había prometido que, una vez en el avión, no lo volvería a usar. Sacó el móvil y lo prendió, podía sentir el aliento envenenado del pánico posarse en su nuca, y sacudió la cabeza para que aquel espanto familiar no se le enquistara en la piel o más adentro, aunque se tratara, claro, de un subterfugio infantil y desesperado. Tenía decenas de llamadas perdidas, mensajes, notificaciones. No se atrevió a abrir ninguna. Se dijo, todavía transpirando, pero con la piedra del desapego calcificándose en seco, que aquel pánico pertenecía a un mundo inexistente o, al menos, a uno que ya no le pertenecía, de ahí que no hubiese motivo alguno para filtrarse, ese miedo líquido, en un viaje que era suyo y de nadie más. Y echó a andar los ocho kilómetros que mediaban entre el aeropuerto y la central de autobuses, aunque la verdad es que caminó mucho más.

En la terminal sacó su boleto a Guasave sin grandes contratiempos, doscientos pesos gastó. La lividez de los desarraigados había comenzado a esculpir su cuerpo menudo en la horma de la fatiga. Era octubre entonces, como lo es en estos casos. Era un mes cualquiera, en realidad. Compró un café en uno de los puestecitos del lugar y se lo tomó de pie junto a la salida de los autobuses. Creía que podría atravesar el día con ese café, calibró esa posibilidad, la de no comer y sostenerse a base de cafés de olla; igual tenía el estómago cerrado a cal y canto. A la hora fijada abordó el bus que la llevó al otro bus y la colocó, por fin, en la ruta mítica de Bamoa.

Durante el camino dormitó en los asientos cómodos del carro, acompañada por personas que sabía eran oriundas del pueblo puesto que tenían el río famélico del municipio estancado en el cielo de la boca. Ay, qué buena gente esa, pensó en medio de la duermevela, como la abuelita de su amigo, la que visitaron la pascua de hace tres años. Una señora del siglo XIX si uno se ponía a sacar cuentas, es decir, otras cuentas. A determinada altura del viaje perdió el dominio sobre sí misma, estaba despierta y dormida, inmóvil, dando vueltas mentales que no conducían a ningún sitio conocido, sudada, serena, miserable, errática, consciente de la planicie que era el paisaje de Guasave y de Bamoa, a veces abalanzándosele encima y, a veces, después del choque blando contra el camión, olvidándose de ella tras recuperar la inmovilidad ocre del llano cuando está vacío. Volvió de repente, en aquel sopor, la realidad de la fuga. Se sintió horrible dentro del sueño, suponiendo que aquello fuera un sueño, de ella o de alguien más, y deseó con todas sus fuerzas que en verdad lo fuera, porque de ese modo el miedo sería suyo sólo en parte, una mínima e incontrolable porción de la pieza corrida e infinita que era su ser, o el ser de la mujer que soñaba. Pensó que, quizá, todo viaje era una huida, una huida en cuyo trayecto se iba inventando el concepto de destino, acomodando ciudades y puertos a la bóveda informe de la desesperación. Y uno se dice, pensó, me voy a Buenos Aires, a Madrid, a Bamoa como si esos sitios constituyeran el final de algo, y no resultados del azar. Uno dice Bamoa y es lo mismo que decir La Habana, o no decir nada en absoluto, pensó dormida o despierta.

Del letargo aquel la sacó su compañera de autobús, una mano que jaloneaba la suya para avisarle que estaban en Bamoa (¿en qué momento ella aclaró, en el sueño o fuera de este, que se bajaba en Bamoa Pueblo?). Se desperezó y sin agradecer el gesto aquel bajó del camión con torpeza, aún escéptica de lo que pasaba a su alrededor. Lo primero que vio, o lo único que resaltaba en ese pueblo, además del templo rojísimo, fue el cartel brillante de un Oxxo. Con el poco dinero que le quedaba compró una cajetilla de cigarros y varios dulces que guardó en la pequeña bandolera azul, su único equipaje. Fumó y fumó, dos, tres, varios cigarros, mayormente con los ojos cerrados. Cuando el mareo ya era insoportable dejó de fumar y se encaminó a casa de la abuela de su amigo, cuyo patio desembocaba en el río Sinaloa.

Le abrió la puerta una chica de pelo muy largo y brakets en los dientes, ella preguntó por la señora Hilda, aquí en México se trata a la gente de señor y señora, y la muchacha dudó un segundo, un segundo eterno para ella en el que trazó alternativas, absurdas todas, al supuesto de que la señora Hilda se hubiese muerto o algo así, y después la chica gritó abueeelaaa, de una manera aún dubitativa y sin quitarle la vista de encima. La viejecita decimonónica apareció al poco tiempo y la miró como si mirara a través de la puerta, o muy lejos, allá en el páramo perdido que media entre Bamoa y el resto del mundo. Ella le explicó que era amiga de su nieto Carlos y que había dormido allí, en esa misma casa, tres años atrás, durante la semana santa, un viernes en el que cocinaron pescados y un aguachile de camarones riquísimo. Entonces no había tenido un hijo, se dijo. La anciana sonrió, aunque no la recordaba, como es natural. La invitó a pasar y ella le preguntó si podía pernoctar unos días en la casa, qué pena, pensó de inmediato, pero las palabras salieron solas, y cuando quiso atajarlas ya se habían vuelto una súplica y un cuarto en penumbras humildemente amueblado a pesar de ser mediodía.

En la habitación, se acuclilló en un rincón entre la cama y la pared y se quedó en punto muerto. Aquella esquina del cuarto era, la reconoció con claridad, la misma de sus pesadillas, la esquina imprecisa en términos de ubicación, pero exacta en la cartografía afectiva de sus madrugadas, la esquina de La Habana elástica y cíclica, de Guadalajara, de su niñez, ese vértice suspendido en donde el horror acontecía y se torcía luego en más horror. Quiso gritar, pero le pareció un impulso ridículo. Creía entender las cosas, todo, de cierto modo, sin embargo, esa compresión no le llevaba a nada. El viaje, y lo demás, componían una sintaxis oleosa, intransitable. Sólo a veces el latigazo del pánico, como un cortocircuito fugaz, le estremecía el cuerpo y la hacía transpirar. Humanamente ese algo. De la cartera tomó el móvil, lo prendió, y marcó el número de Héctor. Dos timbres activaron su voz, que se tragó los sonidos del cuarto, de la tarde, y también el ruido mecánico de sus pensamientos y respiración, una voz instalada como única posibilidad, que le increpaba “¿Dónde mierda estás metida? Llevo desde el amanecer llamándote, buscándote, le avisé a la policía hija de puta. Por favor, háblame. ¿A qué viene todo esto? ¿Qué clase de madre eres? Vuelve, por Dios, por favor”. Cerró los ojos, colgó el teléfono y lo apagó de una vez. Aquello era real, la voz de Héctor, el hijo, el viaje. Una variante de la caída que había estado mascando desde las entrañas de la caída.

Hubo otra oscuridad en la habitación, y por al menos un cuarto de hora la voz se mantuvo diciendo lo que había comenzado a decir antes, allí donde estaba, que era aquí, en esta esquina de las pesadillas, aunque fuese de día y nadie durmiera, ella no seguramente, el eco metiéndose en la cama, en las paredes, confundiéndose con el sonido ambiente, que es lo que sería de ahí en adelante. El cigarro y el hambre le habían estragado el estómago. Tuvo arcadas, espasmos, su boca abierta hasta la deformidad intentaba arrojar los restos del café de la mañana, de la comida del día anterior. Las escasas fuerzas puestas en función del vaciamiento. Pero su cuerpo era un corredor árido en el que los fluidos todos se escurrían, trató de vomitar sus bilis y no salió nada. Una arenilla ácida le secaba los labios, y la respiración, demasiado fría para estar viva, era siempre la misma, proveniente de la planicie de sus pulmones, reciclándose una y otra vez, cada vez menos, cada vez menos aire. Se recostó sobre la cama y se sostuvo del bastidor, estarse quieta parecía un recurso adecuado para controlar las náuseas. Permanecer inmóvil, dejando de ser la circunstancia y el centro de ella misma. Estuvo mirando la habitación, se enfocó en los objetos, en las piezas discretas de mueblería y en las cortinas de la ventana que el viento no batía desde hacía siglos. En calma, el asco fue cediendo, y se dijo que lo mejor sería quedarse en el sitio en que estaba, disecada junto a las cortinas de poliéster.

Al anochecer salió por fin de aquel estado de suspensión, en la cocina encontró a la señora Hilda preparándose un café instantáneo que acompañaría con eso que allá llaman pan de mujer, y que es dulce y suave. La anciana le ofreció una taza de café y ella se sentó a su lado y comió y bebió en silencio mientras el río persistía a sus espaldas. El café estaba aguado y ella pensó que le debía una explicación a la señora Hilda, por el viaje en primer lugar, por la herida que había abierto en la normalidad de aquel pueblo, por su atrevimiento y también, claro, por el café. Pero no explicó nada, cómo hacerlo, le dijo en una de esas que se quedaría una temporada en Bamoa, al menos esa era su idea. Luego, quizá, iría a Estados Unidos, a Canadá o más al norte hasta doblar la circunferencia del mundo como una media y volver una noche a Bamoa. Hilda le miró con asombro que era conciencia que era melancolía que era tranquilidad y le dijo que ella jamás había salido de Sinaloa. Apenas tres o cuatro veces de Bamoa, cuando sus hijos se casaron y alguno de sus nietos nació. Había sido feliz allí y no conocía otro mundo, dijo, que el de aquel trozo de tierra. Ahora estaba sola, a diez años de que su esposo muriera. Entonces le preguntó, o no le preguntó puesto que aquello no era propiamente una pregunta sino una afirmación, una verdad que los que han vivido dos siglos saben con cierta naturalidad, le dijo: Pero algún día tendrás que parar, supongo. Tarde o temprano. Sólo cuentas con el tiempo de una vida y ese tiempo es idéntico en todos los lugares.

Ella permaneció callada, y la anciana se puso a contar historias sobre el río Sinaloa y sobre su familia, historias que escuchaba a retazos porque en su cabeza los muchos detalles dejados para luego empezaban a conectarse en signos perturbadores. Y los detalles eran un mapa, como antes lo había sido el vasto territorio mexicano en la oficina de Interjet. Fragmentos del rompecabezas que remedaba una vida y que era cualquier cosa, un día detrás de otro, pero que, en medio de aquella velada, parecían señalar el sitio después del camino, el fin de la ruta, es decir, el verdadero fin, y el recorrido aquel no se movía, como imaginó antes, hacia adelante o hacia atrás, arriba o abajo, sino en picada, una suerte de corte profundo en la piel de las dimensiones efectuado con un cuchillo muy afilado y, detrás de la piel, el músculo, el nervio, el órgano y el hueso, y detrás del hueso, eternamente y de pronto, el vacío. Miró a su hijo dando vueltas alrededor de un cojín en el suelo mientras ella tomaba café muy lejos de todo; uno, dos, tres círculos concéntricos. La anciana se paró de la silla, le ofreció otra taza de café y le dijo, tal vez a modo de despedida, ya es tarde, querida, y caminó despacio hasta su dormitorio. Y ella entendió que en realidad era muy tarde al apagar la luz de la cocina.

Daleysi Moya, La Habana, Cuba, 1985. Licenciada y Máster en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Curadora y crítica de arte. Ha colaborado con revistas de artes visuales como La Gaceta, Arte Cubano, Art OnCuba, C de Cuba, Arte al Límite, así también con publicaciones digitales: El Estornudo, Artistshock, El Señor Corchea, entre otras. Varios de sus ensayos han sido incluidos en catálogos y libros de artistas, así como en compilaciones sobre arte cubano. En el año 2015 obtuvo mención en la categoría Reseña del Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros, en La Habana, Cuba.