¿Leer para escribir?

leer y escribir
Jr Korpa. Unsplash

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

Hay que sentir el llamado, la vocación. Uno no puede llevar a cabo una labor, un trabajo, una profesión, sin sentir esa espina en todo el cuerpo para generar las ganas, las energías, la motivación para desvelarse, para las horas nalga (o sea, estar sentado mucho tiempo mientras se estudia o se lee), para las discusiones sobre por qué tu profesión no es lucrativa, es poco productiva, que en realidad no sirve de mucho. Ahora, entrando poco más en tema: aquellos que nos volcamos un poco más para la creación artística, todavía nos vemos ligeramente asediados por ese “¿Y de qué vas a vivir?”, y es que de pasión uno no vive, no puede comer “eso que a uno lo hace feliz”. Siendo honestos, a menos que tengamos los contactos, seamos un prodigio impresionante (considerando que siempre va a haber un jovencito oriental de 7 años que es infinitamente mejor que tú en lo que sea), o que alguien nos apoye; dedicarse a escribir es tener otro trabajo. De hecho, otros dos trabajos, aparte de escribir.

Empecemos con que, si uno es como yo y sólo puede aspirar a publicar sus novelas en un blog de internet, pues necesitamos comer aún así. Por ejemplo, yo soy maestro de inglés en una secundaria, con eso subsisto; pero habrá muchos más que tendrán otro tipo de trabajo, de hecho, una gran variedad de labores para poder ganar ese dinero que escribir no nos va a dejar. Este es uno de los tres trabajos.

Escribir conlleva, a diferencia de lo que podría pensarse, una investigación exhaustiva que va desde la parte técnica hasta la de estilo. Así, pues, tenemos que pasar por textos que son de teoría como tal, por ejemplo, si queremos escribir una novela ambientada en Grecia, pues de perdida debemos saber el modo de vida de ese lugar, o de la temporalidad. Si queremos escribir un cuento ambientado en un contexto latinoamericano, no vamos a usar palabras como “Jolines, tío, que por vos me cago en la leche de la Virgen” (Eso lo escuché en el podcast de Olallo Rubio, no es mío… la parte de la cagadera, pues). Entonces hay que investigar. El acto de la creación literaria sólo puede ser llevado a cabo con base en lo que uno sabe, y si uno no tiene la información correcta ni precisa de lo que quiere hablar, más bien parecerá político diciendo burradas ante un micrófono.

La parte de investigación puede venir de varios medios, no nos confundamos, no solamente de otros libros, tenemos una variedad impresionante de fuentes que podemos consultar: podcast, audiovisuales, investigación de campo, entrevistas, programas de radio, etc.

El otro trabajo, y es el que, tal vez, la gran mayoría de personas no considera como tal, es el acto de leer. Así es: leer es un trabajo para el que se considera escritor o tiene aspiraciones como tal. 

Leer conlleva dos vertientes: el placer y la técnica. Un lector lee por gusto, no porque lo vuelve más inteligente, tampoco porque la literatura nos transforma en mejores personas; leemos por placer y para encontrar una posible pauta de cambio. Umberto Eco sostenía que la literatura puede tener la característica de lograr en nosotros el cuestionamiento de algo que consideramos verdad, lo que quiere decir que la literatura como tal no nos va a dar más conocimiento ni nos volverá un cerebrito andando: solamente pondrá el andamio, nosotros decidimos pintar el muro o no. Una vez habiendo mencionado esto, la literatura es meramente placer, la admiración de la belleza en las letras, la profundidad de los personajes, la habilidad del escritor para retratar la ficción. Esa es una vertiente del lector.

La otra, la parte técnica, explora esas diferencias y similitudes que pueda encontrar en uno u otro libro, en uno u otro autor. Por ejemplo, yo conocí a una mujer que respeto que se clavaba mucho con realismo mágico latinoamericano, y de ahí casi no salía. Yo no tengo preferencia por latinos ni por europeos: todos tienen un estilo diferente que demostrar. A lo largo de las lecturas que he podido lograr, he visto ciertas similitudes entre escritores que no tendrían una relación como tal (al menos hasta que investigas más a profundidad en su arte), y que de inicio tienen estos parecidos sorprendentes, o incluso apenas visibles; o de plano, aquellos que no hacían guiño alguno, pero que tienen una similitud interesante. Márquez, como el titán del realismo mágico, tiene un buen contrincante, que es Salman Rushdie, pero a su vez, hay un poco de este género-estilo en Günter Grass. No es totalmente realismo mágico alemán, como Rushdie sí lo es, pero de la India; sin embargo, tiene ciertos “pincelazos” de esa magia en su personaje Oskar.

Esta parte técnica no solamente nos ayuda a comprender las similitudes, sino que nos permite ver un mismo género-estilo pero proyectado de forma muy diferente. Por ejemplo: si uno lee La conjura de los Necios de Toole, se va a encontrar con un texto cagadísmo. Risa tras otra. Hay un patetismo hilarante. Pero si se mete uno con La pianista de Jelinek, no es hilarante, es un patetismo vulgar, horrendo, es como si uno viera a un menor de edad ser amarrado a la parte trasera de un auto y arrastrado por toda la calle. Así describiría la brutalidad patética y lastimera de ese libro (una verdadera joya de la austriaca). Ahora, uno dirá, ¿podrían mezclarse las dos formas: un patetismo vulgar y lastimero con uno cagado e hilarante? Sí: La última tentación de Cristo de Kazantzakis tiene las dos cosas al mismo tiempo, por ejemplo, la escena donde a Lázaro lo entierran, pero como está todo hecho de goma por este acto de resucitar bastante dudoso, entonces lo entierran pero él sigue vivo y es un muñeco de goma que no puede luchar con su destino cruel, pero tampoco puede morir. Eso es patético, vulgar, hilarante, lastimero, cagado.

El acto de leer literatura, para el escritor, es su tercer trabajo, porque sólo empapándose de todos los estilos (tanto latinos, orientales, europeos; tanto como de realismo mágico, terror, horror; tanto de novela, cuento, poesía) es como podrá encontrar su estilo. Si hay algo que pareciera increíble pero al mismo tiempo posible en la literatura es que incluso teniendo preferencias, tratando de seguir los pasos de nuestros ídolos, queriendo hacer estos guiños a quienes consideramos los grandes de grandes; incluso en una realidad superpoblada como la es la de la literatura, la persona que decide entrar a este mundo, siempre será capaz de encontrar su timbre de voz, su género y estilo particulares, para cuando uno lea un texto pueda decir: pues, en teoría, se parece a uno o el otro, pero definitivamente es una novela de “inserte-aquí-su-nombre”.

Escribir conlleva la labor de la creación literaria como tal, investigación, y la lectura de placer-técnica de literatura. No es un trabajo fácil, no es una labor que cualquiera la pueda hacer, y la vocación debe ser muy clara y fuerte; pero al llevarse a cabo uno puede malviajarse tanto como cuando leyó a sus favoritos.