Justicia sin balanza

Justicia
Photo by Tingey Injury Law Firm on Unsplash

Por: Gwen-Aëlle

Llevo meses tratando de no ver, no oír, no enterarme. Huyendo de la realidad.

Esto de la pandemia nos vino a mover fuertemente nuestros tapetes habituales. De repente el peligro no viene nada más de los asaltos, secuestros y asesinatos.  

Es como si nos hubiéramos preparado durante años para un terremoto y que lo que sucediera fuera un incendio. Obvio, no sabemos en dónde están las cubetas, es más, sólo tenemos una.

Me refugié en la comida; prepararla y comerla. En la lectura, novelas ligeras por favor; tejí, pinté, escribí, moví los muebles de lugar; hice de todo para no tener que pensar en “eso”. 

Me dio covid y lo ignoré, usando mi oxígeno sí, pero no deteniéndome a pensar en el posible peligro.

Le dio a uno de mis hijos, fuerte, y sí, me cimbró. La comida y la tejida dejaron de encubrir la realidad. 

Lo único que me ha servido desde entonces para escapar han sido series y películas; rusas, turcas, españolas, suecas, todas en idiomas no conocidos o difíciles de captar —el español de España me cuesta por aquello de la ceceada—  casi no leo ya y mis pinceles se han estado secando.

Entonces, cuando salió el documental sobre Marisela Escobedo, me resistí a mirarlo. Era regresar al ambiente del posible terremoto y mi equilibrio mental y emocional es frágil, mucho.

Cedí a los pocos días. Aunque ceder no es la expresión correcta: decidí ser congruente, por un lado, y por otro, de alguna manera rendir homenaje a esa Mujer. Con mayúscula sí, no es error de dedo. 

Lo vi en tres partes

maricela escobedo
Imagen de ‘Las tres muertes de Marisela’

Es extraña la sensación de ver en una plataforma que usas para desafanarte del mundo algo que te aterriza. Extraño también ver de un jalón, o de tres, lo que había visto en las noticias a cuentagotas.

Reconocer a Marisela, que no había visto en años. Caer en la cuenta de esos años, nueve, no tres o cuatro… Verla caminar por la calles, recordar la rabia de entonces, sentirla otra vez. Descubrir el juicio oral, gritar en silencio con ella y con ella, no entender, sencillamente no entender el fallo. Indignarme al entender que el falso asesino de Marisela va a la cárcel sin pruebas, por confesión, y que al de Rubí por lo mismo lo soltaron.

Traer en la cabeza aquello de que el asesino de Rubí no pagó nunca por su crimen, aunque haya vivido escondido, aunque lo hayan matado. Morir no es cumplir condena.

Interiorizar hasta el punto de vomitar una visión de la justicia en México alejada en extremo de cualquier concepto; vaya, justicia se escribe ahora sin mayúscula —congruencia otra vez. 

Entender otra vez que las leyes que nuestras cámaras de diputados y senadores inventan, afinan y piden sean aplicadas no sirven si son como la que le permitió a Barraza salir del juzgado. No sirven si la policía no las aplica y es la familia de la asesinada quien encuentra el cuerpo cuando los agentes “no pudieron”. No sirven si un cártel se pone de acuerdo con dirigentes y autoridades para evitar acusaciones, arrestos y penas. Cuando un cártel tiene el poder de amenazar o corromper. 

La justicia

Qué fácil es gritar su nombre al marchar todos juntos de un punto a otro de pueblos y ciudades. Suena su nombre de manera ensordecedora. Pero nada más.

Qué fácil es verla aplicada en películas y series. Qué fácil es hablar de ella en las sobremesas familiares. Qué fácil es lo utópico de repente.

Esa imagen que nos sirven en la escuela, una mujer armada con balanza y espada, cegada, no sirve cuando el poder es el que decide el rumbo que toma. ¿La debieron de pintar coja? ¿Sin venda para ver de dónde viene la lana o las amenazas? ¿Sin balanza?, total, nadie la ocupa, no se necesita siquiera desnivelarla como se hace en los tianguis.

Qué fácil habría sido no ver el documental, no entender su título y seguir medio admirando a una mujer a la que vimos ser asesinada en nuestras teles.

La serie cotidiana en México cambió de título. Ya no es “Lana mata carita”. Es “Poder mata Justicia”.