La noción de lo perpetuo y el poder del miedo: Del Golem al Monstruo de Frankenstein

Boris Karloff como Frankenstein

OUROBOROS

Crear vida es quizás una de las obsesiones más antiguas del hombre. Se trata de una visión ancestral sobre el acto creativo como hecho trascendente. Más allá de eso es una demostración absoluta de la capacidad de nuestra especie para construir el mundo según la medida de su imaginación. Porque no se trata sólo de la capacidad para procrear sino del don misterioso de insuflar inteligencia y poder a la manera de la Divinidad. Crear vida de la nada. Equiparar el poder creativo humano con lo desconocido. Un matiz que simboliza quizás un primitivo —poderoso— anhelo de la humanidad y la forma más depurada de vanidad cultural. El Golem es quizás el símbolo más poderoso de esa antiquísima aspiración.

En las leyendas más antiguas sobre la criatura, un sabio podía dar vida a la materia a través de una combinación de letras que formaban una palabra sagrada. A la manera del dios bíblico, la creación nacía del verbo como origen. Una rudimentaria forma de vida capaz de obedecer órdenes sencillas y lo que resulta más intrigante aún, manifestarse bajo la voluntad del creador. Como alegoría, el Golem resume no sólo cierta ambición intelectual incontestable. Sino también, la capacidad del pensamiento antiguo para hacerse preguntas existenciales de peso y valor. ¿De dónde provenimos? ¿Quiénes somos? ¿A quién debemos nuestra existencia? Y sin duda la más importante de todas: ¿Qué es la vida en realidad?

Golem
‘El Golem’, película de 1920 dirigida por Paul Wegener y Carl Boese

En la mitología judía el Golem es de enorme importancia. Le define como una criatura de barro que, gracias a la magia más antigua del pueblo favorito de Dios, cobra vida desprovista de libre albedrío. Esa pequeña salvedad convierte al Golem en un monstruo, más que cualquier otra. Porque su vida —nacida de la magia y los misterios, como en la antigüedad se concebía la creación del hombre— estaba sujeta a la voluntad de su creador. A sus caprichos y la mayoría de las veces, a su avaricia. De nacer como una leyenda gracias a un salmo bíblico, el Golem se transformó en una advertencia. También en un reflejo de los temores inauditos del hombre medieval y los siglos siguientes. 

Para la mayoría de los alquimistas, estudiosos del ocultismo y cabalistas, el Golem era una criatura destinada a destrozar a su creador. Y también, la percepción del hombre sobre sí mismo. Convertido en una pesadilla, la criatura pobló las pesadillas de la Praga del siglo XVI. Su figura contrahecha, temible y violenta parecía estar en todas las historias, aterrorizar por el mero hecho de la posibilidad de su existencia. ¿Qué era el Golem? ¿Una advertencia? ¿Un temor convertido en un monstruo con la apariencia de un hombre contrahecho? Del horror que inspiraba la mera presencia de la criatura nació la extraordinaria novela de Gustav Meyrink. Así como cientos de obras semejantes, entre la que podría contarse incluso el mismísimo Frankenstein de Shelley, con toda su carga filosófica y temible. 

No obstante, el Golem es mucho más que una curiosidad histórica o mitológica. Es una mirada a un tipo de sofisticado terror. El cual construye una visión sobre la vida y la muerte a mitad de camino entre lo inquietante y lo directamente descorazonador.

La belleza en la oscuridad

Golem
Reproducción del Golem de Praga

Por extraño que parezca, la primera mención real de la posibilidad del Golem se encuentra en el Talmud, el texto más importante del judaísmo.  Se centra en quizás la leyenda más conocida del cristianismo: los primeros versículos del Génesis. En ellos, se narra como Adán fue creado a partir del barro. Un proceso exacto al que después se usaría para crear a uno de los monstruos más conocidos de la antigüedad. Una y otra vez, se menciona el atributo divino de crear vida a partir de la materia inanimada. Dotarlo de inteligencia, la suficiente como para reconocer la identidad de su creador y la de sí mismo. 

El Adán bíblico, recién nacido de las manos de Dios judaico, resumió la aspiración del hombre antiguo por comprender el proceso de la creación de la vida. Así como la capacidad del hombre para emularla. Como la metáfora más elaborada sobre la posibilidad de la vida como un fenómeno independiente a la naturaleza; el primer hombre creado también encarnó la mayor incógnita sobre el enigma de la vida como ente individual.

Por supuesto, se trataba de leyendas conocidas por buena parte del Oriente Medio incluso antes de su recopilación por el pueblo judío. Ya en Egipto se contaba la historia de una criatura nacida de “arena y el aliento de Ra”. La cual vagaba por el desierto en busca de víctimas. En Babilonia, una criatura nacida del “miedo y de las entrañas de la tierra” aterrorizaba a los viajeros incautos. El Golem judío quizás sea la concreción no sólo de leyendas semejantes sino también, del terror compartido por los pueblos antiguos sobre lo que podía aguardar más allá de los límites de lo desconocido. 

Las primeras referencias judaicas al Golem fueron escritas por rabinos llevados a Babilonia luego de la destrucción del templo de Salomón. Hay insistentes menciones sobre profetas y sabios con capacidad para crear vida. Al menos en una oportunidad, se menciona que Jeremías creó un Golem “grabando la palabra divina de la vida” en la frente de un monstruo de barro. Una y otra vez, la noción del Golem parece relacionada con la curiosidad científica e incluso, la búsqueda de respuestas sobre dudas existenciales a través de medios mágicos, lo más cercano a la ciencia en las sociedades antiguas.

Aun así, el Golem era considerado un ritual proveniente directamente de la sabiduría divina. Una y otra vez se insiste en el hecho de que como criatura creada para servir carece de inteligencia autónoma y de la capacidad de discernir el bien del mal. Aún así, el Golem metaforizaba un tipo de horror que los primeros textos sugieren como “lo inexplicable”. Capaz de asesinar, destruir, arrasar pero también de proteger; el Golem bíblico tenía un elemento de guardián implacable y también, de frustrada aspiración creacionista.

No obstante, con el transcurrir de los siglos la criatura dejó de pertenecer exclusivamente a la mitología judía. Su rastro puede hallarse en todo tipo de leyendas y narraciones mágicas europeas e incluso cristianas. A Santo Tomás de Aquino se le atribuían poderes creadores —y la capacidad de crear criaturas “sin rostro que le protegían”—. Según algunas narraciones fechadas hacia el año 1000 DC, el Papa Silvestre creó una “mujer de tierra” para hacerle compañía; a la que terminaría destruyendo por “incordiar” sus oraciones con una “incansable conversación”. En el siglo XII y XIII aparecieron por toda Francia y Alemania volúmenes manuscritos que aseguraban poseer el secreto para “crear monstruos sin voluntad”.

Durante la Inquisición, se condena la posibilidad de “crear a voluntad” a “criaturas inexplicables”. En buena parte de Europa del Este, la leyenda de monstruos sin rostro y con una leve apariencia humana se propagaron. Fue a medida que la migración judía se hizo más numerosa en el continente. En Praga, para finales del siglo XIX, se trataba de una comunidad floreciente y culta. La leyenda del Golem, que seguía formando parte de las creencias más acendradas en la comunidad, se convirtió de inmediato en una de las más conocidas de la ciudad.

De hecho, la leyenda más conocida sobre el Golem procede de Praga. Según la historia, un rabino de nombre Yehuda Low Ben Becadel logró descifrar la palabra con la cual Yahvé insufló vida por primera y a través de ella y creó una criatura extraordinaria sometida a su voluntad. No obstante, el monstruo escapó de su control y llegó a destruir el Ghetto judío, convirtiéndose en una fuerza imparable que el rabino sólo detuvo cuando logró borrar la palabra escrita en su frente —o retirar de su boca el papel con la palabra escrita, según otras versiones—. Solo así destruyó “la fuerza de su ira ciega”.

Y aunque la historia es imposible de analizar desde lo literal —aunque el rabino Yehuda Low Ben Becadel fue un personaje histórico real— es evidente que la noción sobre una criatura dotada de vida pero no de voluntad creada a partir del enigma y prácticas ocultistas, siguió formando parte de la cultura judía incluso bien entrado el siglo XV.

Mucho más intrigante resulta la noción que para buena parte de las creencias judías —incluso las muy ortodoxas contenidas en el Talmud— la posibilidad de crear vida a través de rituales mágicos era lo suficientemente real y en apariencia creíble, como para despertar suspicacias. En más de una ocasión, la figura del Golem parece encarnar algo más que un aviso filosófico. La insistencia en el peligro de la “Vida sin espíritu, sin personalidad, sin la capacidad de comprender el abismo de su existencia”, como se afirma indicó el rabino Low, demuestra que para el judaísmo el Golem era una metáfora no sobre la vida sino el temor a la incertidumbre que nace a partir de un acto creativo ciego.

La creación y el paisaje tenebroso: ¿Qué esconde la palabra secreta?

Frankenstein
Frankenstein (1931) dirigida por James Whale

Frankenstein es quizás la referencia más inmediata a todas las preguntas existenciales que el Golem encarna como símbolo. Para Mary Shelley —que estaba obsesionada con los misterios de la vida y la muerte— la posibilidad de crear vida era algo más que una idea mágica y tenía mucha más relación con la noción del terror hacia la fugacidad de la existencia del hombre. Para Shelley, la mera noción creacionista era más que un pensamiento filosófico o incluso, mágico. La escritora se empeñó en brindar a su criatura —tan cercana al Golem bíblico en origen y posibilidad— un rasgo de poderosa autoconciencia que rompe por completo con la antigua idea que cualquier creación humana podía carecer de razón y voluntad.

Mary Shelley nació en una época donde la religión se sustituyó por la curiosidad científica, de manera que el “Golem” nacido de su imaginación no era obra de la inquietud de la fe ni la de la necesidad de comprender al Creador, sino de la ambición y los delirios de grandeza de un hombre obsesionado con la muerte. A diferencia del simple proceso del barro —y la percepción judaica del cuerpo humano como parte del ciclo natural de la vida— el Frankenstein de Shelley es una criatura nacida de la muerte misma: con el compuesto por trozos de cadáveres, el monstruo es algo más que un experimento animado por la voluntad divina. Además, Shelley dota a su Viktor Frankenstein de un conocimiento tortuoso sobre la posibilidad de creación. El monstruo nace no debido a una palabra divina, sino a la electricidad.

Por supuesto, Frankenstein es en realidad una profunda y retorcida alegoría sobre los peligros de la ciencia. Como obra, es una visión de ruptura con la noción de la incertidumbre de la existencia y el papel del conocimiento científico como una forma de expresión del conocimiento humano. Al contrario del Golem, que intentaba explicar la existencia del hombre a través del prodigio, el portento y conocimientos arcanos, la criatura de Mary Shelley es algo más que un monstruo inconcebible, mucho más cercano a la alegoría de la derrota del hombre por controlar la naturaleza como una noción de identidad colectiva.

De manera que Shelley —que sin duda conocía las implicaciones de las leyendas del Golem y su extraña relación con el ocultismo, la magia y otras formas de conocimiento basadas en la fascinación por lo desconocido— llevó la noción de la vida a un nuevo nivel. El monstruo de Frankenstein redimensiona al Golem y a su vez, crea una nueva percepción sobre el horror, el miedo y la comprensión de los límites del conocimiento humano.

¿Que simbolizó el Golem para una cultura convencida de su comunicación con un poder creacionista superior? ¿Con un pueblo que tomó la creencia religiosa como una forma de vida? ¿Y que metaforiza en contraste el Frankenstein de Shelley que lleva la misma idea de la capacidad del hombre para insuflar vida —y crear identidad— a través de la ciencia? ¿Son ambas percepciones de la capacidad creativa extremos de una misma idea? ¿Se trata de una necesaria e inevitable evolución de lo que comprendemos como la creación y el hecho del hombre como individuo?

Mientras el Golem parece encarnar la voluntad judía como comunidad, el monstruo de Frankenstein analiza la percepción del monstruo como una medida de invidualidad, percepción e incluso, un tipo de retorcida belleza. Más allá de eso, el Golem y el monstruo de Frankenstein padecían del mismo imposible de definir: eran terrores concretos que se materializaron en forma de ideas filosóficas concretas o moralejas. 

Entre ambas cosas, el temor que provocaba el Golem y el rechazo que sufrió el Frankenstein literario refleja quizás la más inexplicable de las reacciones humanas: el terror a la diferencia, el miedo a lo que no puede definir con facilidad. Ambos monstruos comparten entre sí un hilo de significado, la capacidad de encarnar un terror simbólico que nuestra mente no logra clasificar con facilidad ¿Se trata de una paradoja? ¿O quizás de una percepción visceral sobre la existencia del hombre como parte de una noción incompleta sobre lo que somos como especie?

La connotación del monstruo, el hombre creador y sobre todo, la percepción sobre lo que somos como colectivo y cultura, se transforma a través de los años. Quizás por ese motivo, el investigador Masahiro Mori abarcó la cuestión en uno de los tratados más influyentes de la historia de la robótica. Publicado en 1970, la investigación analizaba la idea del “Valle inquietante” y el rechazo natural que cualquier hombre sentiría hacia criaturas no humanas, que sin embargo tuvieran aspecto o características humanas.

Una repulsión absoluta que Mori jamás pudo explicar pero que dejó claro, era la respuesta a cualquier cosa “creada por el hombre con el objeto de acercarse al hombre”. Como si se tratara de la frontera entre lo aterrador y un cierto tipo de esperanza frustrada, la teoría de Mori engloba quizás el último estadio de una percepción sobre la conciencia creativa que aún permanece incompleta e inexplicable. De la misma manera que nuestras dudas existenciales más profundas. Nuestra casi ingenua necesidad de brindar sentido y forma a la irracionalidad de la existencia.

Autor: Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.