Crónica de consultorio: Terapia para hombres (Segunda parte)

terapia hombres
Photo by Aziz Acharki on Unsplash

Selva Mágica. Yo tenía siete años y mi papá me ordenaba que brincara desde un resbaladero hacia una alberca de pelotas para probar que, a pesar de ser niña, era intrépida y valiente. Brinqué porque no quería que se enojara, yo era temerosa y nada valiente. ¡Crack! Me quebré el brazo.

#NotAllMen dicen los hombres en las redes, pero sí #AllWomen somos las que hemos sufrido consecuencias del machismo por parte de un hombre. Ser terapeuta no me salva de ello, al contrario, a veces me expone al lado más crudo de quienes violentan.

En la universidad nos enseñaron a atajar al contrincante, acorralarlo, encararlo, debíamos sacarle el dolor a jalones. Y obedecí, así lo hice con mi primer paciente. Diez sesiones, casi combates, para ganar una guerra que se suponía lo haría sentir mejor. Aún hoy me lo encuentro en la calle y me da vergüenza el proceder tan violento que tuve y que el objetivo de que se encontrara bien consigo mismo, seguramente nunca se logró por priorizar el tener la razón, por ser la que estudió o ser la que sabía más. En la universidad me enseñaron a manejar el poder que implica tener el privilegio de estudiar y no bajar el supuesto rango que daba la alma mater.

Pero estar en consulta con hombres criados en una sociedad machista es cansado. Una debe estar al acecho y no bajar la guardia, por que de hacerlo, de ser totalmente empática, mi seguridad estaría en juego cuando esa empatía se “malentendiera” como coquetería o algún tipo de interés afectivo. Desde el “Qué guapa está, doctora.”, “¿Está casada?” o hasta las proposiciones más indecentes he experimentado con desagrado. Es cansado que ni en nuestro propio espacio creado para ayudar al otro, estamos libres de acoso. Para poder lidiar con esto, necesitaría tener una asertividad muy efectiva, cosa que no se compra en ningún lado, ya que es necesario haber tenido un trabajo emocional propio y además, haber convivido con figuras paternas comprensivas, no machistas. O sea, casi imposible la cosa. 

Complacer a los hombres para que no se enojen, para que no nos castiguen, peguen o maten, es un chip que dolorosamente traemos desde pequeñas. Tuve que experimentar un proceso difícil: para poder ser comprensiva con un hombre, primero tuve que aceptar que todos los hombres tienen un potencial violento. Y al decir todos los hombres, obviamente incluí a mi padre. 

Me quebré el brazo por no enfrentar el regaño de un padre autoritario. Preferí el riesgo físico que el desgatante abuso emocional que conllevaba la constante repetición de que no fui esto, de que no fui aquello, de que pude ser más. Y preferí el dolor físico que el sufrimiento emocional. Durante muchas consultas con hombres seguí prefiriendo el riesgo, las insinuaciones, las faltas de respeto por no poder poner el límite que nadie me enseño a poner, sino que, al contrario, me enseñaron a ignorar. Me descubrí sin aprendizajes familiares ni institucionales, yo era, al contrario, un instrumento para que el machismo se siguiera perpetuando. Y si me preguntan cuando salí de ahí podría decir que todavía no lo hago totalmente, pero si me preguntan el cómo, estoy segura de que es gracias al feminismo que he podido crear mis propias herramientas para hacer frente al machismo de mis pacientes, pero principalmente a mi propio machismo contra mí misma.

Poco a poco en mis consultas con hombres he sabido delegar y poner límites para trabajar con quienes realmente desean un cambio. Pero lamentablemente son pocos. Solo el 10% de los ingresos resultan ser personas identificadas masculinas y de esos diez, otra décima parte son dados de alta. Y efectivamente #notallmen, pero son tan pocos que resulta ser un dato casi gracioso.

Esos hombres, los que han concluido su proceso, han reconocido sus violencias y se han dado cuenta de las formas erróneas que han llevado a cabo con ellos mismos y con sus vínculos. Se permitieron llorar y mostrarse vulnerables, y yo solo me limité a ser un espejo fiel a sus dolencias (causantes también de un machismo inflexible y competitivo del cual yo también fui víctima y parte). No quise pelear con ellos, ni debatir sus posturas, no estuve a la defensiva ni tampoco al ataque, he sabido aceptar que, salir de esas creencias violentas, implica mucha más valentía que mantenerse en ellas. 

La vida no enseña a golpes. No es una institución de enseñanza patriarcal, la vida enseña cuando uno la escucha y en mi caso, me ha enseñado que, aunque a veces una tiene muchas ganas de cambiar la forma de pensar de su padre violento, no es nuestra responsabilidad. Pero esa misma vida nos pone a otros hombres que sí están dispuestos a cambiar esas formas de violencia porque han sabido dejarse sentir el dolor que les causa su machismo en lugar de ignorarlo. Por ello, aunque mis familiares cercanos no están dispuestos a reconocer los daños que sufren, aprovecho este espacio para agradecer a quienes sí han tenido ese valor. Gracias a esos hombres que, en la aceptación del dolor, me han permitido ser parte de su admirable proceso y me han enseñado a reconocer mis violencias desde sus experiencias.

Crónica de consultorio: terapia para hombres (primera parte)