¿Racismo? en el siglo XIX: José Tomás de Cuéllar y la cultura nacional (II)

josé tomás de cuellar

¿Qué escribiría José Tomás de Cuéllar? Como se dijo en la entrega anterior, al autor se le recuerda más por su trabajo como novelista, pero en el siglo XIX la mayoría de los escritores también desempeñaron sus habilidades como periodistas y cronistas. Ya que era una forma eficiente de mostrar su trabajo y de generar ingresos “fijos”. 

En estricto sentido, las acepciones de “crónica” de la Real Academia de la Lengua Española hacen referencia a una “narración histórica en que se sigue el orden consecutivo de los acontecimientos” y a un “artículo periodístico o información radiofónica o televisiva sobre temas de actualidad”. Si bien lo que une a la crónica periodística de la histórica es el tipo de acontecimientos que narra, varían en cuanto a la forma en que lo hacen. De acuerdo con el teórico estadounidense Hayden White las narraciones históricas y las crónicas se diferencian por el orden en que presentan los hechos, contradiciendo la definición de la RAE. De acuerdo con el autor, los textos históricos presentan la narración desde una inauguración hasta un final, mientras que la crónica puede hablar del mismo acontecimiento, pero mezclando los hechos y el orden narrativo, lo que la acerca más a una narración literaria que histórica.

Las crónicas de Cuéllar corresponden más a las características que menciona Hayden White y, por el medio en que se publicaron, tal vez caigan en la segunda acepción de la Real Academia de la Lengua Española. Sin embargo, aun cuando los textos a analizar no hayan sido producidos por un historiador de carrera -aunque en el siglo XIX eso era impensable de pensar- no quiere decir que no puedan servir como fuentes para conocer el pasado o, mejor dicho, las ideas que se tenían en el pasado. 

Sobre las crónicas y cronistas del siglo XIX, Carlos Monsiváis afirma: “De principios del siglo XIX hasta casi nuestros días, a la crónica mexicana se le encomienda verificar o consagrar cambios y maneras sociales y describir lo cotidiano elevándolo a rango de lo idiosincrático”. En términos del autor, al cronista decimonónico se le advierte que su labor consistirá en reflejar las costumbres de la vida cotidiana como parte de una identidad común. Sin embargo, también es el encargado de fomentar un cierto estilo de vida, escribiendo sobre todo aquello que los lectores debían ser o cómo debían de comportarse. Es decir, había dos corrientes que se complementaban, en vez de conflictuar: la cosmopolita y la nacionalista; la primera exaltaba los valores que debían ser comunes, mientras la otra explotaba el potencial de tendencias externas que podrían ayudar a generar ciudadanía.

Escribir es aleccionar: las crónicas de Cuéllar

Llegada del ferrocarril a Guadalajara el 15 de mayo de 1888.

Entrando de lleno a las crónicas de nuestro autor, estas se publicaron en distintos diarios de la capital, como La Libertad, El Correo de México y otros más, sin embargo, sólo se mencionaron los anteriores porque fue en los que publicó las crónicas que se analizarán a continuación.

Los temas de los textos periodísticos de Cuéllar se centran en quejas respecto a ciertas formas de comportamiento de la sociedad mexicana y cómo deberían dejarse atrás para mejorar. Por ejemplo, en el caso de la “Primera carta de Facundo a Próspero” (pseudónimos de Cuéllar e Ignacio Manuel Altamirano, respectivamente), el autor describe el ambiente de la ciudad de Guadalajara, en la que se encuentra residiendo desde hace tiempo. Exalta la presencia de delincuentes como un factor de atraso social, pero alaba la construcción de un ferrocarril que conecta con Puebla, ya que eso es sinónimo de progreso.

Las siguientes líneas evidencian una contradicción en el pensamiento de los liberales enfocados al progreso. Cuéllar le comenta a Altamirano las peripecias del viaje en el ferrocarril, que aún presenta muchas fallas, y una de ellas es la puntualidad. El autor afirma que durante el gobierno español los caminos eran defectuosos, pero por lo menos se mantenía el valor de la puntualidad y se conforma con tener un ferrocarril, sea como sea.

Es decir, por un lado, alaba las aspiraciones de progreso para ser diferentes, pero por otra recurre a un valor de la época novohispana que debería conservarse: dejar de ser sin dejar de ser. Del mismo modo, cuestiona las costumbres persistentes, que casualmente son las que más molestan al autor: en vez de ópera o teatro a los mexicanos les interesan más los títeres o espectáculos de menor calidad que lo que deberían de ver. 

¿En qué más radicaba el progreso, según Cuéllar? Sin duda, la respuesta causaría escozor en estos tiempos.