Llorar sin retenerse

Esperar
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Por: Gwenn-Aëlle Folange Téry

Enfrentando la muerte más cerca que de costumbre.

Tal vez.

Porque tendría que definir eso de la cercanía: ¿Se mide en lazos de sangre, de cariño? ¿De metros entre el que se va y la que se queda? ¿Es más cercana la muerte de un tío desconocido o la de un amigo del alma? ¿Más cercana la de una amiga de infancia o la de esa persona a la que amas pero que no ves más que por pantallas interpuestas?¿La de tu primer hijo o la de tu primera hija? 

Y  definir eso de enfrentar la muerte. 

Dudé. 

Iba a poner enfrentar a la muerte, pero eso hablaría de algo así como de una lucha, y como no se trata de mi muerte, pues tampoco es mi lucha. Por más que yo haga o deshaga, mi cuerpo, mi fuerza vital, no le sirven a nadie, no le sirven a él.

Enfrentar la muerte: ¿Es oír a un doctor decirte “Esto se está complicando, señora”? ¿O notar que no te mira a los ojos cuando te explica la situación? ¿Sentir que elude tus llamadas, tus preguntas, tus miedos, tus obsesiones? ¿Es explicarle a los que preguntan que no hay opciones? ¿Que el tratamiento experimental falló, y el otro también, y todos? ¿O decirle al que muere que la opción es dejarse abrazar, lo cual es como el viejo cuento de las dos sopas y que la primera se acabó porque pasó la vida, tan glotona, y se la zampó?

Y cuando abrazas al que se va, ¿lo abrazas por ti o por él? ¿Tratas de retenerlo entre tus brazos o intentas, al contrario, de darle fuerzas para partir, darle viento favorable para la vela del barco…? Porque siempre es un vikingo el que se va,  porque la partida es invariablemente ruda, rodeada de llamas y también de bruma, extrañamente…

Enfrentando la muerte de más cerca que de costumbre.

Y regresar a tantas obsesiones, las de siempre: ¿Quién es la cabrona, la muerte o la vida?

¿Es la vida la que toma la decisión de volverse muerte? ¿O es la muerte quien gana la batalla emprendida desde la concepción, desde el primer sarmiento, desde la primera burbuja de aire entre los renacuajos?

¿Contra quién se lucha? Si a cada una las siento vivas, valga la palabra; la muerte como a la vida las veo caminar  a mi lado, dando de vez en cuando la mano para luego soltar zarpazos. 

¿Son imagen en espejo la una de la otra o dos entidades que se encuentran sólo una vez en cada surco trazado? 

¿Y ese surco, qué o quién lo traza? ¿Dios?

Pienso que no. El de las religiones, seguramente no. ¿Ese ente —no, no usaré palabras divinas para designarlo— está jugando dados con nosotros? O peor aún, ¿creyéndose gato y asesinando con sus garras a todos los ratones que creó en algún momento? ¿Atento a cada una de nuestras acciones, de nuestros pensamientos para podernos castigar o perdonar si nos arrastramos a sus pies? No, en él no creo. Le retiro la mayúscula. A él y a los dioses del viento, truenos, tierra, agua, sol y pantanos. No creo en ellos, y por ende, dejan de existir.

Si no es el surco resultado del ocio de los dioses, ¿será composición azarosa de la energía, la misma que ni se crea ni se destruye o será una energía consciente como lo somos los seres vivos, entiéndase los que respiran de alguna manera, todos pues, menos las piedras, rocas y arenas?

¿Estarán mi papá, mi abuelo, mi primo esperando a que uno de nosotros caiga? ¿Esperando gritar de alegría, porque caray, cómo nos extrañan desde que murieron? ¿Listos para darnos la mano, cuidarnos y enseñarnos a caminar otra vez? ¿O estarán flotando entre agua y nubes, esperando transformarse en tormenta y huracán? Esperando, esperando, esperando. 

¿O es la VidaMuerte una casualidad, onda Big Bang a nivel microscópico? ¿Y no habrá entonces nada que creer, nada que esperar, nada que pedir?

¿Entonces por qué todas las noches levanto mis manos al cielo y pido por él…?  A veces por una sanación, otras por una muerte rápida, que ya no quiero esperar. Me urge organizar velorio y llorar sin retener ni lágrimas ni sollozos ni lamentos.

Enfrentando la muerte de más cerca que de costumbre.

Y haciendo lo que hacemos todos.

Yo pensaba ser única, original y mira que ando por los corredores del hospital escondiendo lagrimas. Igual que el señor del otro día, pidiendo que no nos den el cuarto 520, que allá murió Gonzalo, ni el 518 que allí murió la matriarca de la familia que se reunía en la salita de la entrada.Preparando vasitos de tehuacán bien frío para las náuseas, escribiendo, cosiendo, hablando, viendo tele hasta no pensar… Hago lo que hacemos todos, quiero ir a Chalma, aunque no crea en el agua de allá. Quiero consultar doctores, aunque los que cuidan a mi “más cercano” sean excelentes. Quiero darle  de comer polvo de estrellas y sobar sus dolores con aceite de Rosa de los vientos, busco señales en el cielo, cuento rayitas en el piso y respiro hondo antes de abrir su puerta.

Por si ya murió.

Por si no ha muerto y duerme.

Por si no ha muerto y está despierto, y no debe ver en mi cara que tengo prisa de que todo esto termine.

Enfrentando la muerte de más cerca que de costumbre. Y haciéndolo igual que siempre. De manera egoísta. Pensando más en mí que en el que se va. O se queda, pero ya no quiero pensar en lo de la MuerteVida o viceversa. Espejo terrible que no quiero cargar.

Escribiendo, que eso es lo mío. Él vomita en el baño, yo en mi teclado. Él llora en su cuarto, yo en mi teclado. Él grita y yo también. Acá.

Enfrentando la muerte de más cerca que de costumbre. Enfrentando la muerte de más cerca que de costumbre. Enfrentando la muerte de más cerca que de costumbre.

Y buscando un puto folleto que me diga qué hacer.

Bretaña-Francia-México