Otro tipo de horror

Irvine Welsh

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

Previamente hablamos sobre los grandes maestros del terror así como de las cualidades que los encumbraron. Sin embargo, no podemos encapsular al miedo solamente en el género: en la literatura hay tantos géneros como emociones que causan, y más de una vez nos habremos topado con libros que comparten características de dos o más géneros. 

Un ejemplo muy sencillo: Salman Rushdie es, a nivel internacional, uno de los más grandes exponentes del realismo mágico Sin embargo, en sus libros no solamente se nota eso, sino también fuertes matices de fantasía. En el caso de Douglas Adams, podemos encontrar ciencia ficción y mucho cinismo. Esto quiere decir que hay otros autores, además de los icónicos del género del terror, que pueden generar esa sensación de miedo que tanto nos gusta en la literatura, pero que no por eso son en sí del género terrorífico. El miedo se puede encontrar de muchas formas, algunas que rayan en la locura de la realidad.

Tal vez, uno de los géneros más representativos en torno a hacernos sentir miedo sin que sean terror en sí, son las distopías. Una buena novela de este género no nos va a mostrar un mundo enteramente ficticio ni totalmente alejado de la realidad. Sino que es una mera alegoría de lo que sucede en la realidad pero en un mundo donde las normatividad se ha disparado a un extremo. 

Esto quiere decir que una distopía solamente nos muestra lo que ya vivimos, pero un poco más allá del umbral que hoy en día vemos como irreal. Aunque, claro, esto depende de la lectura, porque en sí, hay más parecidos de la realidad con las distopías de Orwell, Huxley, Bradbury y Atwood que con los mundos ideales que todos nos formamos en la cabeza. Y en el género distópico (esta sociedad donde la normatividad son los antivalores) hay una historia que se disfraza aparentando no serla pero que tiene una fuerte carga de simbolismo. Aparte, nos pone los pelos de punta: las dos partes de los ensayos de José Saramago.

Los dos ensayos, el de la ceguera y el de la lucidez, narran dos contrapartes, dos eventualidades totalmente contrarias, aparentemente una consecuencia de la otra. En una sociedad que se enfrenta a los más terribles horrores que se pudo imaginar, esto dejando de lado una pandemia de ceguera y la persecución política de un gobierno asustado de sus votantes: lo que hace el ser humano en sí es lo que resulta escalofriante. 

La ceguera del ensayo, y su consecuente lucidez; nos muestran dos cosas. Uno, que el ser humano se comporta peor de lo que pensaría en una situación de emergencia. Dos, que incluso siendo conscientes de lo que nos afecta como sociedad, ni así parece ser suficiente para lograr un cambio sustancial en nuestras sociedades. El horror de estas narrativas radica en que no importa si se ve como un tema de ficción o una alegoría de nuestra realidad. No importa si nos comportamos ciegamente o si estamos iluminados: no hay escapatoria de estos pesares que nosotros mismos nos provocamos por el hecho de ser humanos.

Y si ser humanos que no tienen escapatoria no fuera suficiente, la distopía en realidad nos da una mirada social de los problemas tratados, o sea que, en sí, el tema es del grupo. Pero el tema del horror de ser humanos también puede tratarse de forma individual, y hay algunos que pueden llevar el pesar de ser humanos a un nivel particular de forma espeluznante.

Es algo que aquellos enfocados en la psicología del personaje en específico hacen espectacularmente: Michel Houellebecq, Irivine Welsh, Hubert Selby Jr. Sin embargo, el primero y el último han sido tratados anteriormente, así que nos enfocaremos en el segundo. El escritor británico es más reconocido por Trainspotting, novela también llevada al cine. Un texto que nos lleva a los paraderos más oscuros de las adicciones pero de una forma relativamente graciosa. Esto quiere decir que mientras el autor de Réquiem por un sueño nos da la visión de pesadilla más tremenda de todas, Welsh nos quiere asquear, pero al mismo tiempo que nos reímos. Leerlo, y esto tratando de expresar lo que significa leerlo, es como estar ahogado de borracho y, al mismo tiempo, vomitar. Es seguir gozando de la fiesta porque a la vida vinimos a disfrutar, y quien no lo haga entonces no lo está haciendo bien a pesar de las consecuencias de vivir al límite.

Entonces, estas novelas que no son de terror en sí, pueden generar sentimientos como tal, por las terribles consecuencias que llevan a cabo tanto los victimarios como las víctimas. Si hay algo que coincide totalmente entre la narrativa de Welsh y los temas que trata es que no hay límites: los extremos se alcanzan entre el lenguaje utilizado y el tema tratado. Hay una cierta desnudez del espíritu del hombre, uno pervertido y meramente desatado, que logra retratar de la forma más vulgar posible. No son novelas moralinas que busquen ni promover ni evitar el uso de estupefacientes (de la misma forma que tampoco era la finalidad de Selby Jr., a pesar de las terribles consecuencias que su libro deja). Sino que nos invita a reírnos pero del asco, a gozar incómodamente, a darnos cuenta que no está bien lo que está pasando, pero no queda de otra. También de dolor se canta, dicen, y esto es lo que logra la narrativa de Irvine.

Ahora, esto es justamente lo terrible de ella, es la razón por la cual también puede ser de miedo. Pues nos muestra al hombre de forma tan primitiva, tan honesta, como la versión de uno mismo frente al espejo: a pesar de no ser exactamente auténtica. La distinción con la realidad no es tanta. Lo que nos causa escalofríos con Irvine no son las consecuencias de la drogadicción, sino el actuar del hombre en sí: justo eso que lo lleva a las últimas consecuencias de sus actos, el desinterés en el prójimo, la deshumanización. 

Tal vez eso es lo más representativo en este grande de la literatura cínica: muestra que el hombre es tan inhumano que los monstruos primigenios de cualquier otro escritor quedan como historias para niños. El monstruo puede ser representado pictóricamente, pero los humanos de Welsh son tan reales que nos topamos con ellos todos los días al caminar en la calle, al verlos en la televisión, al escuchar las noticias.

El miedo no debe ser encausado ni encapsulado a lo que podríamos considerar “lo normal” del género en sí: monstruos, alienígenas, fantasmas, la oscuridad, lo desconocido. Bien es cierto que los más representativos del género han logrado preservarse para la historia gracias a esto, y lo hacen de tal forma que nunca serán superados por explotar al género como nadie más lo hará. Sin embargo, limitar lo que nos hace temer solamente a lo improbable sería como negar que la Tierra se mueve sólo porque no lo “sentimos”. O como negar que el Covid-19 no existe sólo porque no lo podemos ver. Lo que nos aterra también puede ser aquello que es obvio en apariencia, aquello con lo que convivimos todos los días, justamente eso que nos parece de lo más normal. Porque al normalizar estos actos barbáricos del hombre, nos aterramos que nosotros mismos pensamos que es lo que debería ser y, por ende, nos vemos ante la terrible situación de que el monstruo más horrendo de todos somos nosotros mismos.