¿Racismo? en el siglo XIX: José Tomás de Cuéllar y la cultura nacional (III)

José Tomás de Cuéllar
Portada de ‘Ensalada de Pollos y Baile y Cochino’, Editorial Porrua

En el caso de la Parábola del trabajo, Cuéllar recurre a la representación de la vida del ser humano en forma de obra de teatro. En donde hay personajes más trascendentales que otros a lo largo de su vida. Particularmente, los principales son la Ciencia y el Trabajo, mientras que en los secundarios está el sentimiento del Amor, al que el autor no confía la guía de la razón, así como al resto de las emociones. A su vez, hay un abismo entre la Ciencia y la Riqueza que está lleno de pecados y acciones que se deben evitar, como la gula, la embriaguez, la lujuria y el juego.

Sobre los valores del trabajo y su importancia para la trascendencia de las personas destacan las crónicas El pulpo y Las víctimas del pulpo. El pulpo es una analogía de un monstruo que aglutina distintos vicios de la sociedad, generados principalmente por la usura. Sin embargo, Cuéllar considera que la sociedad no es víctima de los juegos de azar o las casas de empeño per se, sino que, como lo establece “Las víctimas…”. Estos defectos son fáciles de seguir en una sociedad que carece de educación formal. De esa forma, se debe corregir lo que se enseña, que, según Cuéllar, deben tener contenidos de economía, de valores como el trabajo o el respeto al tiempo, la higiene, etc.

Para los intelectuales del siglo XIX los valores “correctos” definían una sociedad correcta, alejada de los vicios que podían corromper a los ciudadanos. Aun cuando esta no fue una tendencia del todo nueva, pues desde los griegos se habla de ciertos parámetros que se deberían cumplir para ser virtuosos. Sin embargo, lo que motivó a los pensadores decimonónicos fue un afán cientificista por controlar todos los aspectos de la realidad. Incluida la idea de raza. 

Para el texto de El sombrero ancho el autor analiza, a partir de un elemento de la indumentaria decimonónica, el desarrollo de las “razas”. Un término que a poco más de 100 años de distancia parece comprometer el argumento del autor. Probablemente no esté vigente la clasificación social a partir del tipo de sombrero que se usa, ni argüir un cierto esnobismo con base en el mal uso de este accesorio. Pero a finales del siglo XIX era comprensible que algunos creyeran en la eficacia de algunas “razas” sobre otras.

De esta forma, el autor defiende que la raza mexicana debe parecerse o aprehender, mas no imitar, las prácticas de los europeos, porque es sinónimo de civilidad. El argumento de esta crónica hace recordar uno de los pasajes de sus novelas, Los Mariditos. En la cual hay un personaje alemán que constantemente está aconsejando al protagonista, y cuyo estilo de vida e ideas referentes a la productividad contrastan con las de los mexicanos que presenta la historia. Así, la comparación con las sociedades europeas, sobre todo las anglosajonas, es común en los argumentos de este autor referente a la manera en que debía comportarse la sociedad mexicana.

De esta forma, los textos de Cuéllar se insertan en la disyuntiva planteada con anterioridad: exalta los valores que forman parte de una identidad común, pero, sobre todo, realza lo que no se debe ser. Sus crónicas, aunque duras con ciertos sectores de la población, no se separan de un contexto en el que los indígenas, las personas sin casa, el alcoholismo y algunas costumbres arraigadas en el México colonial formaron parte de un corpus de elementos a eliminar para “pertenecer” a la civilización.

Entonces, ¿qué tienen que ver las observaciones de Cuéllar en la creación de la cultura nacional? Por un lado, contribuyó a divulgar el proyecto de una cultura común que todos deberían tener basado en preceptos que abogaban por el mejoramiento de las razas y el aislamiento de aquellos sectores que no fueran útiles al proyecto. Del mismo modo, pretendió hablar sobre todo aquello que se debería ser, pero sin dejar de conservar algunas costumbres, es decir, ser sin dejar de ser.