No corro, no grito, no empujo

emergencia
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HOSPTIAL INCURABLE / POR: ADRIÁN LOBO

En el hospital ocurren sucesos que no me agradan, a pesar de que creo comprender la razón por la que acontecen. Menos aún cuando se vuelven hábitos irritantes que muchas veces derivan en conductas groseras que hacen difícil la convivencia por ofensivas e irrespetuosas.

Por ejemplo, yo comprendo que cuando se está atendiendo a un paciente y hay cierta urgencia no se tiene el tiempo y además pasa a segundo o tercer término el asunto de disponer de los desechos apropiadamente, así es que simplemente los tiran al piso y ya, aun teniendo al alcance un recipiente adecuado para tal fin. Hablo de la basura, de empaques, envolturas, frascos vacíos, etc.  Creo que el ejemplo más claro y más extremo ocurre en las salas de operaciones. 

No creo que esté mal hecho, es cuestión de prioridades, lo cuestionable para mí es que hagan de esto una costumbre, que se manifiesta por ejemplo a la salida del quirófano

Cuando ya el personal se retira del lugar, se quita las botas, el gorro y la mascarilla quirúrgicos y simplemente los arrojan al piso. ¿Por qué? Quiero decir que la emergencia ya ha pasado, es un momento en el que pueden tomarse unos segundos para depositar su basura en alguno de los dos botes que suelen estar ahí a menos de dos metros uno del otro. 

¿Qué pasó mis estimados médicos? ¿Es muy difícil? No creo más que la operación que acaban de realizar. Yo entiendo que pueden salir de ahí muy cansados (y generalmente les entra una gran prisa por irse) pero poner la basura en su lugar no requiere de ningún gran esfuerzo. A veces me pregunto si es esa misma razón la que les hace pensar que no tienen la obligación de hacerlo: Vienen de haber realizado una gran obra y después de eso cualquier minucia es pasada por alto. Sea cual sea la razón es algo que me parece deplorable. 

El colmo es que incluso es posible, y no culpo específicamente a ningún trabajador, ver tiradas en la calle mascarillas quirúrgicas (cubrebocas) usadas. No solo cerca de las puertas del hospital sino hasta en la parada de autobuses que está enfrente de la Fuente de las 8 Regiones.

Otro asunto que entiendo, en el contexto de la atención médica urgente, es el de los empujones. Es comprensible que si alguien no está haciendo una labor esencial, está estorbando el paso, dificulta el acceso al paciente u otra persona que realizará una tarea importante, sea desplazada físicamente sin ninguna gentileza. En esos casos no hay ni un segundo que perder en fruslerías como los buenos modales. No hay tiempo para sutilezas como: “¿Me da permiso, por favor?”, “Con su permiso”, “Permítame, por favor”. De eso nada, empujas y ya. Está bien, es comprensible. 

Pero es algo que no debería ocurrir cuando uno está por necesidad obstruyendo el paso mientras realiza alguna actividad. En esos casos no falta una persona demasiado impaciente, que en realidad no está ocupada en nada urgente, que siente que tiene derecho de paso y se niega a esperar y sin mediar palabra te empuja sin ninguna consideración. 

Bueno, no es que uno que es empujado termine en el piso pero sí es muy desagradable que así de repente alguien se acerque por detrás o de costado y te tome con firmeza por los brazos y te haga a un lado sin siquiera mediar palabra o excusarse. Para mí eso además de una falta de respeto también es como una falta de empatía. Parece que no ven a los demás como personas sino que en forma egoísta los perciben como obstáculos que deben superar en la forma que sea. 

En una ocasión me encontraba al lado de un paciente que estaba acostado en una camilla e iba a ser trasladado a otro servicio- Antes de llevarlo se le tenía que aplicar un medicamento, yo estaba ayudando con la atención al paciente y en eso apareció una residente de primer año con el medicamento y aunque no había ninguna prisa en hacerlo, llegó hasta él y como mi mano al parecer le estorbaba simplemente me sujetó por la muñeca y la apartó con cierta brusquedad y sin decir palabra. Lo que más desconcertó es que actuó con toda naturalidad como quien quita de la mesa un florero que no le merece ninguna consideración.

Pero el contrario también suele suceder. A veces uno tiene que pasar por algún lado mientras lleva a un paciente en silla de ruedas o en camilla y se topa con alguien del personal que está obstruyendo el paso, ocupado generalmente en cosas sin importancia. Conversando con alguien o absorto en el uso de su celular. ¡Qué gran distractor es el móvil en un centro de trabajo! ¿No es cierto? Personalmente detesto ver que alguien en el hospital y en horario de trabajo esté distraído utilizando su teléfono cuando se supone que debe estar atento en el cuidado de un paciente. En fin.

A lo mejor sólo soy yo pero podría pensarse que en tal situación el vehículo tiene la preferencia y pienso que no debería ser necesario pedir permiso para pasar. No por quién lo conduce sino por quién está siendo transportado en él. Esto es, por el paciente, a quien le debemos consideración y respeto y es para quien trabajamos en el hospital. De modo que creo que lo ideal es que todos los que andamos por ahí estorbando tengamos siempre la iniciativa de ceder el paso a los pacientes.

Usualmente me dan ganas de arrollar a esos compañeros. Pues además de que es evidente que están estorbando, no tienen la consideración de hacerse a un lado. Sé que no puedo hacer eso, de modo que me contengo. Bueno, excepto en una ocasión en que…  bueno, fue un accidente en realidad. Debido a un error de cálculo, aquella vez una médica recibió un leve —muy leve golpe— en el pie, solamente el rozón de una llanta de la silla de ruedas… (excusez moi, mademoiselle…). 

Pero como decía, cuando alguien está obstaculizando el paso en forma inmisericorde, surge entonces de lo más profundo de mi ser, después de respirar hondo, una petición, casi una súplica:

—¿Me da permiso, por favor?

Sin embargo los efectos no son los esperados y es que claro, no es como decir: 

Expecto… patromun!

Y lo único que consigo es que la persona en cuestión se mueva exactamente cinco centímetros, ¡como si fueran unas varitas de nardo! ¿Qué es esto? A veces he pensado que si repito el conjuro seis veces podría ganar treinta centímetros de espacio, pero no, parece que no funciona así y tiene uno entonces que maniobrar en el estrecho margen que sus MAJEStades tienen a bien dignarse a otorgar. Y luego preguntan por qué pasan algunos pequeños accidentes, ¿lo ve usted? 

También es frecuente que de repente alguien se atraviese o quiera adelantar a toda costa a la camilla o silla de ruedas que va por ahí. Si se tratara de algún asunto urgente que tienen que atender sería comprensible, pero casi nunca es así. Parece ser que únicamente piensan, creen o sienten que deben pasar primero. 

Y pienso otra vez en el asunto de la preferencia, me imagino que son del tipo de persona que en un cruce de vías por alguna oscura razón intentarán siempre ganarle el paso al tren o al autobús, incluso a una ambulancia, como aquel automovilista que embistió a una haciéndola volcar sobre un costado en un cruce de calles en la colonia Reforma. La ambulancia iba camino al hospital, trasladaba a una mujer embarazada. ¡Imagínese!

Y luego está por otro lado el asunto de los gritos. El hospital no suele ser un sitio ruidoso, en todo caso no debería. Pero hay días de tianguis cuando en algunos servicios o lugares muy señalados se les ocurre poner música estruendosa. 

No obstante y aunque otra vez se trata de un asunto que puede ser comprensible en cierto contexto, hay muchas personas que prefieren comunicar sus peticiones a gritos todo el tiempo. Y no estoy hablando de los pacientes, que también lo hacen bastante en algunos servicios, aunque en el caso de ellos es comprensible. 

Muchas veces me he preguntado si no sería bueno inventarse un protocolo —palabrita que adoran los profesionales de la salud—  de comunicación a distancia, haciendo señas con los brazos, como en los deportes. Algo así como pedir “tiempo fuera” o como las señas que hacen los árbitros de futbol americano o las famosas señales usadas en el béisbol. 

Pero mientras eso no exista no creo que cueste mucho acercarse a una distancia conveniente para hablarle a otra persona a un volumen normal en vez de gritarle. Estamos hablando de unos cuantos pasos, caramba. 

En lo personal siento cierto aprecio por las personas que así lo hacen, porque sí las hay, y muchas, en vez de andar dando de gritos como si estuviéramos en el potrero:

— ¡Eaaappppaaaaa, camillero! ¡Écheme las vacas y los becerros!

Son tan solo algunas pocas de las muchas cosas que aún no entiendo del hospital.

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Adrián Lobo|adrian.lobo.om@gmail.com | hospital-incurable.blogspot.com | facebook.com/adrian.lobo.378199