El poder secreto y otros grandes misterios invisibles de la cultura pop

OUROBOROS / POR: AGLAIA BERLUTTI

En el piloto de la serie X Files, Dana Scully (Gillian Anderson) mira con fijeza a uno de sus superiores, sentado al otro lado de la mesa. Tiene un semblante tranquilo, las manos sobre el regazo. Lleva un traje pulcro. Pero en esencia, su personalidad se define por un elemento sutil que el director Chris Carter consideró de importancia capital para comprender a esta mujer silenciosa, severa y que apenas sonríe: mira fijamente al hombre que, frente a ella, revisa su expediente. La doctora patólogo forense, está a punto de recibir instrucciones sobre su labor en la extraña sociedad con el agente Fox Mulder (David Duchovny) que le espera a unas horas de distancia. 

Pero el televidente ya sabe todo lo que necesita sobre su fuerza, callada tranquilidad y eficiencia, por esa primera toma que la muestra sentada a solas, escuchando, sin amedrentarse. Será una secuencia que se repetirá más de una vez en la ya icónica primera temporada de la serie. Y en todas las siguientes hasta volverse una imagen que definía la importancia de un suceso, historia o incluso, un cliffhanger de considerable interés en la serie. Dana Scully, los labios apretados, los ojos que no pestañean, es algo más que un personaje: es un momento de ruptura en la forma de concebir personajes femeninos en la pantalla chica.

Scully fue uno de los primeros personajes de la televisión en construir una idea fundamental sobre el poder de la mujer dentro de un contexto generalmente destinado al ámbito masculino: el trabajo científico y policíaco. Era un agente, no una secretaria, compañera o asistente. No estaba en problemas, tampoco necesitaba ser rescatada, salvada, cuidada. De la misma manera que otros tantos personajes de mujeres poderosas, Scully fue concebida para simbolizar un tipo de creación que superara los estereotipos. 

A menudo comparada con la Ellen Ripley de Sigorney Weaver de Alien (1978) de Ridley Scott o su referente inmediato, la Clarice Starling de Jodi Foster en El Silencio de los Inocentes (1991) de Jonathan Demme, Scully tiene la capacidad de ser a la vez un personaje de múltiples dimensiones y un contrapeso de importancia para comprender la mitología de un programa icónico como lo fue X Files

Como agente bien entrenado del FBI, el personaje imaginado por Chris Carter, es también un epítome de un tipo de individualidad e independencia que, hasta entonces, había resultado impensable para una mujer. El productor y creador de X Files diría después que antes de Mulder, estuvo Scully y no por alguna razón específica ni mucho menos, una idea relacionada con el género del personaje. “Simplemente sabía que debía existir un contrapeso terrenal y frío para la pasión del programa”, comentó en una entrevista a Variety. “Mulder nació para creer. Scully nació para dudar”, explicó. “Y por supuesto, la fría lógica requiere de mayor entereza que sólo creer porque podemos hacerlo”.

Lo cual era cierto, por supuesto. Pero también, estaba el hecho que Scully se cuestionaba —y cuestionaba— no por completar al personaje de Mulder, sino que lo hacía porque era un intelecto brillante, para quien las a menudo delirantes teorías de su compañero resultaban impensables. La combinación era necesaria, el origen de la historia, la necesaria versión de la realidad que permitía a X Files encontrar su tono y su forma, pero también, era una maravillosa manera de construir un puente entre percepciones de la realidad por completo opuestas. 

«Más allá del mar», el capítulo trece de la primera temporada, mostró a Scully en toda su gloria vulnerable, en medio de una contradicción moral e intelectual, que brindó al personaje una nueva sustancia. La capacidad de creer y al final, volver a refugiarse en el escepticismo de Scully, fue una travesía que rompió el equilibrio de la serie y demostró las profundas ambiciones de sus creadores con respecto a un personaje atípico, cada vez más complejo y que al final, terminaría por ser el núcleo medular de una propuesta basada en el debate sobre la realidad. Fue Scully antes que Mulder, la que supo mirar hacia la oscuridad de todos sus temores y volver indemne del proceso. O al menos, en una sola pieza de piezas que apenas comenzaban a encajar de nuevo.

El efecto Scully

Corría el año 1993 y la figura de la mujer televisiva tenía una relación directa con las fantasías sexuales colectivas. Por supuesto, era una época en que la batalla por la sintonía dominaba el espectro y también, la sitcom. Mitch Buchannon (David Hasselhoff) corría por las playas de California para salvar vidas a su lado, iba C. J. Parker (Pamela Anderson). Más de una vez, se ha dicho que el trío femenino de Friends pero en especial el personaje de Anderson, definieron de una u otra manera, lo femenino en los primeros años de la última década del siglo.

Pero mientras Rachel (Jennifer Aniston), Phoebe (Lisa Kudrow) y Mónica (Courtney Cox) eran estereotipos amables sobre los habituales rostros de la clásica “chica de la casa vecina” en la imaginaria norteamericana, J.C era la fantasía sexual por excelencia, algo que se extendió al resto del elenco de la ya icónica Baywatch. Tanto como para que Chandler (Mathew Perry), otros de los entrañables amigos de la serie de Warner, dedicara largas horas de contemplación a las escenas de los salvavidas corriendo en traje de baño a través de la arena ardiente.

“Sólo mírala, puedo hacerlo por horas”, murmuraba el eterno soltero del programa con la mirada fija en la pantalla del televisor, en una clara representación del aparente hombre promedio del país. Se trataba de un guiño al metalenguaje televisivo y también, una percepción sobre la mujer inalcanzable. Y resulta casi paradójico, que C.J Parker fuera, además, una forma de concebir a la mujer que contrastaba de manera directa, frontal y definitiva con lo que ocurría en el cine. Mientras Starling corría por pasillos subterráneos para rescatar a víctimas de un asesino en serie que bailaba envuelto en la piel de sus víctimas, en la televisión la máxima heroína era una mujer fetiche, tan parecida a la fantasía multicultural sobre lo deseable que resultaba incluso desconcertante.

Y justo en medio de esa imagen idílica —las chicas buenas y las levemente perversas— el productor y escritor Chris Carter imaginó a una mujer muy parecida a un personaje de ruptura: tres años atrás, Clarice Starling se había vuelto una referencia obligada para imaginar a un nuevo tipo de mujer en la cultura pop. Era trágica, poderosa y brillante como Ellen Ripley, frágil pero firme como Sarah Connor (Linda Hamilton), pero también, era una mujer real. Una, además, con un pasado complicado, que debía enfrentar obstáculos y por supuesto, sostener un duelo intelectual con el llamado hombre más brillante del mundo, ese Hannibal Lecter irrepetible encarnado por Anthony Hopkins. 

Había algo difícil de definir en la mirada ambigua de la Starling de Foster, que miraba con nerviosa franqueza al hombre recluido detrás de una pantalla de plexiglás. Pero Starling además, era tenaz, ambiciosa y estaba muy lejos de cualquier víctima en desgracia, En realidad, era el héroe en una película llena de tonos grises y primeros planos inquietantes. Era la grieta luminosa en medio de la oscuridad imaginada por Demme para sus personajes.

Y Carter, que imaginó a Scully antes que a Mulder, sabía que su personaje “podría sostener una buena conversación con la agente Starling”, bromeó en una oportunidad. Imaginó no sólo a una agente del FBI, sino también a una científica brillante, con un prodigioso intelecto, que debería lidiar con el lado más abstracto y con frecuencia confuso de la serie. Mientras que Mulder iba en busca de las revelaciones, Scully las desmenuzaba bajo el microscopio. Ambos levantaban el arma al mismo tiempo, sostenían largas discusiones en que la razón y la intuición entraban en juego. Y en las que la vieja admonición de la mujer crédula y el hombre sensato, quedaba desvirtuada y subvertida. De modo que Scully era, no sólo una mujer brillante, sino un individuo con opiniones propias. Un funcionario norteamericano a pleno derecho.

Claro está, algo semejante no sólo desconcertó a los productores de la futura serie, sino que marcó una línea, que ninguno quería cruzar. Porque en realidad, lo que FOX había imaginado para los personajes más famosos de la década siguiente, era en realidad una copia más o menos sobria de la habitual pareja del hombre brillante y la mujer accesorio. Como no podía ser de otra manera, uno de los productores insistió que Scully, debía ser rubia y sin duda parecida al C.J Parker. Un atractivo decorativo que cautivara a ese hombre promedio que Friends imaginaba frente al televisor, mirando el lento bamboleo del escote de una jovencísima Yasmine Bleeth. Pero Carter no sólo se negó, sino que luchó como pudo y con todas las armas a disposición porque Scully fuera tal y como la había imaginado.

Pero para Carter las cosas estaban claras: su programa era algo más que entretenimiento. Era un argumento con mitología propia. Una serie que antes o después, abarcaría la idea sobre el bien y el mal contemporáneo, la exploración de los mitos y leyendas culturales. Algo tan ambicioso que el mismo productor prefirió guardar los detalles de lo que imaginaba para vender una idea básica, que encontró interés en los pasillos del canal gracias a larga estela de los procedimentales y por supuesto, del éxito rotundo de El Silencio de los Inocentes. Pero nada más: los productores miraron el rostro fino, serio y casi asexuado de Gillian Anderson y se negaron en redondo a aceptarle en el programa. “Ni pensarlo”, cuenta Carter que dijo uno de los grandes nombres de FOX. “No hay posibilidad alguna de que una mujer así pueda ser parte del show”.

Carter insistió. Habló sobre el efecto poderoso que la improbable combinación entre un hombre dispuesto a creerlo todo y una mujer, que dudaría de cada elemento posible en medio de una trama de intriga y conspiraciones, podía tener en la imaginación colectiva. Si el público se había prendado de Starling ¿por qué no esperar que pudiera ocurrir lo mismo con Scully?. “Me dieron la oportunidad del piloto y nada más”, contó Carter a Variety. “Sabía que era un riesgo calculado, enorme y que deseaba correr”.

“Él [Carter] peleó con uñas y dientes para mantenerme en vez de trabajar con el prototipo de mujer protagonista de esa época, que era muy diferente. Irónicamente tuvo un efecto internacional en las mujeres y la televisión, y cómo las mujeres no solo eran percibidas, también cómo se comportaban”, dijo Anderson en Chicago Tribune. “Para él era importante que Scully fuera muchas cosas a la vez, y que pocas tuvieran relación con la idea tradicional de una mujer como compañera de un hombre”. Al final, el productor venció, pero además de eso, logró una ruptura inesperada y formidable en medio de lenguaje televisivo. Scully (como símbolo y como promesa de lo que podía llegar a ser) se convirtió en el centro mismo de uno de los programas más exitosos de la televisión.

Porque ocurrió uno de esos prodigios impredecibles de la televisión. La química entre Duchovny y Anderson fue instantánea. La tensión no resuelta entre ambos era palpable e incluso en el piloto —más interesado en mostrar en el menor tiempo posible la mayor cantidad de misterios a su alcance— Scully brilló con luz propia. Mientras Mulder se convirtió en el símbolo de un nuevo tipo de cruzado por el bien y las causas perdidas, Scully era la luz de la razón. Una mujer extraordinaria que había que respetar y admirar. “Es imposible no enamorarse de ella”, escribió en su reseña The New York Times: “Es el efecto de Scully”.

Una mujer con poder

La serie se volvió un éxito y ya para el quinto capítulo de la primera temporada, era evidente que Scully era un suceso televisivo. Era una anomalía, la excepción, una forma de comprender a lo femenino poderoso que no tenía parangón en un tipo de televisión de alto consumo. La Scully de Gillian llevaba trajes enormes y profesionales, era dura, directa y la mayoría de las veces fría. Era asombrosamente inteligente. Una científica con todo tipo de recursos y además, un funcionario eficiente, un paragón del bien legal contra una maquinaria extraña y poderosa que en más de una ocasión parecía a punto de alcanzarla.

Además, tenía una vida propia. Una con el suficiente interés y poder para que no tuviera que depender de su compañero. Ya para la mitad de la temporada, el equilibrio entre ambos personajes era evidente e importante: Scully tenía el pulso firme para abrir cadáveres, hablar con sentenciados a muerte con poderes paranormales, llorar y sentir dolor. Pero también era poderosa, inasequible al desaliento y con un objetivo. A su lado, Mulder solía parecer infantil, casi ingenuo. Un hombre bien intencionado que era capaz de especular —sin razón y sin pruebas— sobre teorías que Scully lograba desmentir en apariencia casi sin esfuerzo. Pero lo sobrenatural, lo temible, lo inquietante, seguía allí, en medio de ambos y para cuando la temporada acabó, fue evidente que Scully era la gran sorpresa de la propuesta.

Por supuesto, el personaje causó revuelo, tal y como Carter había supuesto, los televidentes se enamoraron de Scully de la forma como habían admirado a Starling. Juntas, en diferentes planos y universos, ambas se sostenían sobre el poder del conocimiento, el intelecto y la precisión, algo que por años se había identificado en la televisión con el género masculino. Carter invirtió los prejuicios de género y lo hizo, hasta lograr que Scully fuera algo más que la sombra del Starling. Para la tercera y brillante temporada, el personaje de Anderson no sólo era el centro de varias de las líneas argumentales más interesantes y poderosas, sino que su personaje había pasado a la historia de la televisión contemporánea.

No fue un camino sencillo: Anderson tuvo que saltar todo tipo de trabas para que su personaje pudiera conservar lo esencial que le había convertido en exitoso. Para comenzar, estaba el hecho que tanto Anderson como Scully, debieron vencer la resistencia de la televisión tradicional a un personaje semejante. Durante los primeros capítulos de la serie, siempre debía caminar unos pasos por detrás de Mulder. Los ejecutivos insistían que Scully no podía —ni tendría— la misma relevancia que el personaje masculino, a pesar de que en los seis primeros capítulos, las encuestas de opinión dejaron claro que no sólo Scully era el personaje más popular de la serie, sino el que mayor interés despertaba. 

Aun así, la presión continuaba: “Solo podía imaginar eso al principio, querían que yo fuese su ayudante. O quizás era suficiente solo ver a una mujer tener a una mujer con reparos intelectuales con un hombre en cámara, y la audiencia no podía lidiar con un hombre y una mujer caminando lado a lado”.

Anderson luchó con la situación, como lo hizo también para acortar la brecha salarial que la hacía ganar la mitad de lo que obtenía su contraparte masculina. “Tuve muy poca tolerancia a esa mierda. No sé cuánto duró, o si cambió porque dije ‘fuck no’. No recuerdo que alguien dijera ‘Ok, ahora puedes caminar a su lado’. Pero imagino que tuvo más relación con mi rechazo, que con un real cambio de mentalidad”, dijo la actriz en una entrevista a Variety en el 1986.

Para la actriz se trataba de una situación extravagante que llegaba a extremos que llegó a llamar “inclasificables”. A medida que el personaje se hacía más popular y Scully era más necesaria en pantalla, comenzaron a ocurrir “situaciones inexplicables”, bromeó en una ocasión Anderson, en referencia a la premisa de la serie. 

Por ejemplo, debido a la diferencia de estatura entre ambos actores —Duchovny mide 24 centímetros más que Anderson— las escenas en que los personajes se miraban cara a cara, debían filmarse con ella de pie sobre una caja de madera. La llamada “tabla Gilly” resultaba una especie de límite entre todo lo que la serie podía experimentar y hasta dónde estaban dispuestos los ejecutivos a llegar, a pesar de sus reticencias. “Una mujer pequeña y sin atractivo”, contó Anderson que escribió un ejecutivo en un memoradum interno que no debía llegar a sus manos. “Pero un día, simplemente no me subí a la caja”, admitió la actriz en 1998. “No lo hice de nuevo y todo quedó claro”, añadió. “Scully era poderosa”.

Un misterio dentro de un misterio

Carter siempre insistió en que Dana Scully llegó antes que Mulder a su imaginación. Y que escribió las líneas generales del piloto, luego de leer un informe del profesor de psiquiatría de Harvard John E. Mac, que especificaba que el 3.7 millones de norteamericanos estaban convencidos de haber sido abducidos por extraterrestres. El productor contó en más de una ocasión que fue el impulso de contar la reacción de un escéptico lo que le llevó a escribir el enrevesado argumento. “Todos quieren escuchar esa historia. Una abducción es equivalente a una experiencia religiosa”, preciso Carter. “Pero siempre se necesita alguien que cuestione, deje de creer, no tenga miedo de dudar, pero sea respetuoso con quienes creen”,

Scully era eso y mucho más. Era un forense que no tenía creencias religiosas —algo que chocó a grupos conservadores— , que además no tenía interés amoroso —ni pensaba tenerlo, como dejó claro en uno de los primeros capítulos de la serie— y que estaba más interesada en destripar cadáveres que en hacer todas las cosas que se supone, hacía una mujer televisiva. De pronto, este científico con todo tipo de atributos y habilidades, era mucho más complejo, extraño y sin duda misterioso que otros tantos personajes de la televisión de la última década del siglo. Mientras poco a poco, la serie mutaba de fenómeno de audiencia a un objeto de culto televisivo, Scully también lo hizo. Un efecto que trascendió la pantalla y se convirtió en una huella perdurable en la cultura pop.

Hace unos años, 21st Century Fox en conjunto con el Instituto Geena Davis sobre Género en los Medios evaluó el llamado “Efecto Scully”. Que no es otra cosa que la manera en que el personaje influyó de manera definitiva, en la forma en que las mujeres y en especial, las más jóvenes, comprenden a la ciencia. “Un fenómeno que vio una afluencia de mujeres que perseguían carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas)” gracias a la Agente Dana Scully. 

Un hecho que el informe analiza, profundiza y que al final deja claro que el personaje de Anderson no sólo era una fuente de asombro para el televidente, sino un precursor en cientos de modos distintos sobre la forma en que percibimos a la mujer en la cultura de masas contemporánea. Gracias a Scully, pudo existir Beverly Crusher (Star Trek: The Next Generation), Cosima Niehaus (Orphan Black), la xenoantropóloga Michael Burnham (Star Trek: Discovery) y otros tantos personajes brillantes que demuestran, el poder de un nuevo símbolo de la mujer en las grandes historias de la cultura pop. Con su mirada fría, su rostro impasible y al final, su espíritu poderoso y audaz, Scully siempre será un misterio dentro de uno más grande y fascinante. El poder de crear una nueva era femenina en la televisión actual.

Autor: Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.