La lucha en la ausencia

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La vida avanza a pasos agigantados. Desde mi partida de aquel pueblo donde se vislumbraba el galope de esas bestias equinas desde la ventana de mi cocina, he cambiado a una morada pequeña, cálida, a más de 150 kilómetros de donde estaba. Lo único que noto es que mi cabello se recupera por la baja salinidad del agua de las tuberías, aunque retrocedí en conveniencia para asearme, pues a jicarazos se ha vuelto, en vez de aquel moderno boiler que tenía en ese departamento que, en esencia, no quería admitir me quedaba como un traje mal cortado: había partes necesarias demasiado pequeñas, y partes innecesarias demasiado grandes.

En cambio acá, la casa tiene un aire al hogar donde crecí, con una sofisticación mayor, sí, pero me es familiar. Las únicas bestias que «galopan», son en cambio, los caninos que me acompañan. Una de ellas su cuerpo ha mutado tanto, que estoy convencida (pese que la lógica me contradice), de que la pequeña ha sido reemplazada numerosas veces desde que ha llegado conmigo. Primero era un pequeño bultito, de ojos tristes, que dormía durante una hora o dos, después de correr 15 minutos. Fue agarrando fuerzas, y su pancita creció. Sus torpes patitas se resbalaban con el piso mojado y se dejaba cargar.

Finalmente, su cuerpo se alargó, su mirada dejó de estar triste y refunfuña, ladra y muerde si le cargan. Se ha amargado un poco. Pese a su gran tamaño, no puede subirse a ninguna parte, es fuerte pero no agil. Por lo que su compañera se escabulle entre cajas, trepándose a la cama del humano en casa, escondiéndose del acoso constante que es querer jugar a la presa y el cazador. Así como las criaturas van cambiando, quien escribe y quien le rodea lo hace también.

Demasiadas han sido las experiencias con entes tibios que se me acercan, que he podido medir la distancia que debo tomar ante ellos. Me quedo mirando a las actitudes contradictorias. «Vayamos al café… pero te cancelo con excusas», «pero me interesa verte otra vez… aunque ahora no sé, podríamos agendar en varias semanas», «¿has visto cómo me comporto ante otros? ¿te he impresionado?… pero me da miedo que me lo digas», «un día hablaremos de eso… pero entiende que nunca conversaremos acerca de ello».

Yo sólo veo los nubarrones sobre la cabeza del individuo, aquellos que se ciñen sobre su cabeza coronada por cabellos cada vez más escasos. Recuerdo esa junta donde vi su rostro cambiar notablemente, lanzando un montón de datos sin fundamento, gráficas sin sentido, análisis vacíos. Pasaba de un idioma a otro, con una fluidez que debo admitir, era lo único impresionante de esa presentación. Silencio de mi parte, y las ocasionales reverencias protocolarias. Los mensajes en privado y la cara pública no hacían sentido. Mis circuitos se fundieron en ese momento.

Ver la disonancia entre lo que me decía y lo que me mostraba. Posterior a eso, fueron tres días de oscuridad… es decir, de reflexión al respecto.Una de mis amistades se acercó a mí, y acercó una vela, un pequeña luz, hasta mi entendimiento de la situación. Le conocía a la persona en cuestión, y me aportó datos que no podían saberse de otra forma. Levanté el rostro y eché a andar el generador de emergencia. Sabía qué medidas tomar. Ese fin de semana, al haber resuelto ello, me dediqué a jugar vencidas mentales con otros individuos cuyas partidas tenía pendientes.

Un narciso, entre ellos, que si bien vive de su labia, he de reconocer que me puso en un predicamento momentáneo. Las horas pasaron mientras que iba acomodando mis fichas. Logré darle una vuelta a la partida, y pude meterle un jaque mate cuando le acorralé y medí su grado de compromiso.

Satisfactorio fue saber que pude haber roto un poco la voluntad de esa persona para que me dejase en paz… pero a estas alturas de la vida, sólo disfruto de aturdir al oponente y averiguar lo que necesito para protegerme, más no de quebrantarle, y huir. 

El cansancio de las horas extras en el trabajo más este pequeño «pasatiempo» para agilizar mi mente, me tiene consumida en energía, pero eso hace que en cambio el vértigo haya desaparecido, sin embargo, el riesgo del burnout se hace más latente.

Mi ausencia de la columna es precisamente que en estos momentos mi atención está completamente dispersa, y mi tiempo está repartido entre la máquina incesante que es el trabajo, la manufactura, el capitalismo, la enajenación. Confío recuperar mi ritmo, eventualmente, y evitar tener estos espacios tan prolongados que se marcan con la ausencia.

Autor: Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas