Mujeres: de locas a feminazis

Photo by Mallory Johndrow on Unsplash

Históricamente la represión femenina ha sido vista a través de miradas de hombres, narrada con voz masculina y juzgada desde el privilegio patriarcal. Sin duda, esto explica la satanización a la que han sido expuestas las manifestaciones y expresiones feministas desde el principio de las civilizaciones. Locas, brujas, histéricas y feminazis han sido algunos de los adjetivos calificativos que esta voz narradora ha utilizado para justificar, en nombre de la ciencia, la religión, la política y la moral, los crímenes que se han cometido en contra de las mujeres desde hace siglos.

Lo acontecido en Cancún a principios de mes, no es más que el reflejo de lo poco que las autoridades han avanzado en el tema del reconocimiento de los derechos de las mujeres, además de evidenciar tanto la ineptitud, como la impunidad con la que manejan los feminicidios y la libertad de expresión y manifestación de las féminas. Pero como se ha comentado anteriormente, este ha sido un fenómeno al que las mujeres se han enfrentado a lo largo de toda su historia.

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Bendito sea el fruto de tu vientre

En la antigua Grecia, la mujer era percibida como un “mal necesario” al que el hombre tenía que enfrentarse en aras de conservar a la especie humana. Para los griegos, la mujer no tenía la capacidad necesaria y suficiente para ser considerada en cargos públicos, dentro de las ciencias o cualquier actividad que requiriera de un complejo proceso de pensamiento. Claro, existían sus excepciones como Hypatia de Alejandría o las hetairas, pero fuera de esos casos, la mujer era vista como una máquina gestante, el receptáculo del esperma del hombre, elemento dador de vida. A pesar de que algunos filósofos las tomaban en cuenta en la planificación de la gobernanza, ya que era inevitable darse cuenta de su representatividad poblacional, ninguno hubiera sido capaz de otorgarle poder, ni el de opinar. Se consideraba que, dada su naturaleza, eran incapaces de razonar y se dejaban llevar viceralmente por sus emociones, situación que las hacía propensas a enfermedades mentales como la locura.

¡Loca! Ese era el término que utilizaban para referirse a una mujer que se sentía diferente, libre de opinar o quisiera librarse del rol que le correspondía de acuerdo con su género.

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¡Jugaremos en el bosque,
 mientras que el lobo no está aquí,
 porque si el lobo aparece
 a todas nos quemará! 

Siglos después, la locura se convirtió en brujería.

Corría el año de nuestro Señor de 1600, en pleno clímax de la Santa Inquisición, cuando toda mujer que osara realizar actividades fuera de las permitidas a sus congéneres era acusada de herejía. Brujas, las llamaban y llegaban a los lugares donde, ilícitamente, se reunían. A punta de golpes con armamento y jalones, eran detenidas para ser llevadas a prisión. Tras las rejas eran abusadas y torturadas durante días antes de dictar una sentencia de culpabilidad que terminaría con estas mujeres a la mitad de enormes y ardientes hogueras.

Brujas eran todas las mujeres que querían dedicar su vida a la ciencia, al descubrimiento y al conocimiento; científicas locas y descreídas que no se conformaban con aceptar que todo es voluntad de Dios y pagaron con sus vidas ese pecado.

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¡Qué vivan las histéricas!

Con la erradicación del santo oficio, debido a las innumerables injusticias cometidas, llegó una nueva ola de esperanza para todas aquellas que soñaban con ser parte de una sociedad que pertenecía a los hombres.

Las sufragistas comienzan la labor de evidenciar ante el Estado, que las mujeres también tenían derecho de elegir a sus gobernantes. Entre sus filas se encontraban desde mujeres trabajadoras asalariadas, cuyo pago terminaba en manos de sus esposos a quienes pertenecían, hasta mujeres que, con grandes esfuerzos y sacrificios, tenían alguna clase de estudios.

Las sufragistas se manifestaban en plazas públicas y frente a edificios que representaban el poderío gubernamental. Exigían el derecho al voto. Estas manifestaciones eran, generalmente, interrumpidas por los cuerpos policiacos quienes, con jalones, golpes, empujones y violentos sometimientos, arrestaban a las manifestantes quienes terminarían siendo diagnosticadas con severos casos de histeria. Finalmente eran recluidas en instituciones mentales donde recibían los más “avanzados” tratamientos de electroshock con la esperanza de poder reformarlas y reinsertarlas a la sociedad donde, seguramente, cumplirían con su papel.

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Esta desvergüenza chabacana
 Delirante, analfabeta, desquiciada, sanguinaria,
 Maquiavélica, grotesca, […],
 Antropófaga, violenta que aguantamos y aguantamos
 Y aguantamos y aguantamos…

Cuando algún político “visionario” vislumbró el potencial del voto femenino, este se volcó una realidad irremediable. Hecho que marcó, para siempre, la historia de las generaciones venideras, no obstante, este logro resultó ser fáctico, pero sin la repercusión necesaria a nivel ideológico.

Desde esa primera intervención femenina, muchos derechos se han reconocido a las mujeres. Sin embargo, aún existe una inmensa resistencia a aceptar que, hombres y mujeres, son iguales ante la ley y deben ser tratadas de esa forma. Quizá por eso, el Estado, todavía es incapaz de otorgarles los derechos más básicos y fundamentales para todo ser viviente: el derecho a la vida, a decidir sobre sus cuerpos, a expresarse y manifestarse libremente, a que se les haga justicia y a vivir seguras, tranquilas y en paz en una sociedad en una sociedad en donde puedan desarrollarse, profesional y personalmente como quieran.

Las mujeres que hoy levantan la voz en aras de hacer efectivos estos derechos son señaladas, violentadas, agredidas y etiquetadas como feminazis.

CODA

Por los siglos de los siglos, AMÉN

Desafortunadamente, hoy día, este misógino fenómeno se ha vuelto más peligroso que nunca, pues esa voz narrativa encuentra réplica a través de las propias mujeres que, consciente o inconscientemente, perpetúan estas formas de represión.

Cada vez que una mujer critica a otra, cada vez que la llama loca, bruja, histérica o feminazi o piensa que el Estado hace lo correcto al violentarlas y dejar impunes sus casos por motivos morales, no hace más que eternizar el odio, la violencia y la intolerancia. Hereda a sus descendientes un mundo en el que la singularidad y la diferencia son sinónimos de “incorrecto” y en ese sentido merecedores de la opresión y represión por medio de la violencia y la ignominia.

Paola Licea

Soy amante de las letras y de los pensamientos. Licenciada en APOU Candidata a Mtra. En Humanidades

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