Crónicas de frutería: La R de la albahaca


Foto por Christina Rumpf en Unsplash

CRÓNICAS DE FRUTERÍA / POR: NO HILDA

“—Aquí trajimos la lumbrí.
—La lombriz —les digo— ¿Cómo vas a decir lumbrí
Dicen lombriz con voz mortecina y triste. 
A mi también me gusta más lumbrí que lombriz; 
es como más humilde, umbrío, íntimo; lombriz es algo más seco.” 
Hebe Uhart / Impresiones de una maestra de escuela 

Llegó en silencio. Era viernes. Hay personas sonoras y personas silenciosas, ella era una persona sonora. Las personas silenciosas hacen ruido con cada paso, al masticar o al rascarse, todo movimiento o roce de su piel implica un ruido casi molesto, pero cuando se aquietan un silencio que se desenmascara horror descubre su mutismo encarnado. 

Las personas sonoras, como ella, caminan sin peso, con una fluidez mística. No hacen ningún ruido a menos que se aquieten. Cuando inmóviles miran a los otros, los aturden con su sola presencia. Cuando llegó no escuché nada, solamente vi su sombra extenderse por el piso del local hasta acercarse lo suficiente a mí para que su mirada fuera puente de sus palabras.

—Buenos días. ¿Tienes albacar? —susurró directo a mis ojos mientras las sílabas se iban formando una tras otra, como soldados que resguardan el paso de la letra última que, como protagonista del desfile, retumba tras su llegada.

Me quedé en silencio, fueron años contabilizados en segundos en los que aquella ‘R’ me revelaba un secreto. Ella, paciente como ruidosa, como toda madre, esperó quieta vibrando tras haber enroscado su lengua para dar a luz a aquella letra imposible. Su cuerpo resonó a la vez de sus labios, que entreabiertos, hipnotizaron el significado. Un repique solemne transcurría por nuestros cuerpos. 

—No tengo. Pero si quiere le traigo mañana —dije todavía en trance, embrujada. 

 Albacar, seguí pensando sin pronunciar. Con trueno al final. Fue un golpe sonoro acompañado de una mirada densa. Sentí escalofríos todo el día, y ya en la noche, como cuando un trauma ya se ha procesado, y más para ahuyentar la soledad que para hacer conversación, por fin pude pronunciar palabra

 —Una señora vino a pedirme Albahaca —le dije a mi esposo como confesándole haber visto a un fantasma; pero la ‘R’ final no nació de mi ser. 
—Mañana no abren esa tienda en el mercado, hasta el lunes. 

Mañana no abren, pensé como tintineando.

A la mañana siguiente, y como me suele suceder últimamente, ya había olvidado el encargo. Estaba pesando cebollas cuando la sombra ya estaba en el piso:

—Buenos días. ¿Si tuvo albacar? —y un gong resonó desde lo más hondo de la realidad.
—No hubo, porque no abrieron esa parte del mercado. Pero el lunes sí va a estar abierto.—Bueno. Se lo encargo. 

Llevó plátanos y jitomates. Su presencia irradiaba una incomodidad  inquietante casi curiosa. Mil preguntas se apretaron mi boca pero no dejé salir ninguna. ¿Qué se esconde entre la ‘a’ y la ‘r’? ¿Cómo hace para que resuene su cuerpo? ¿Para qué quiere la albahaca? ¿Usted es bruja?

El domingo en la noche llegó silenciosa a mi pensamiento y de la misma manera que su sombra se escurre en el piso, su imagen escurrió en mi interior chapaleando las ideas “Que no se me olvide su albacar” dije en voz baja como si ese recuerdo me poseyera. Y me di cuenta de que una pequeña y deforme ‘r’ había salido de mis labios. 

Y como si no fuera suficiente traer su ruidoso recuerdo dentro, también invadió mi sueño. Esa mirada enganchada en la mía no se despegó de mis imágenes oníricas. Estuvo presente, como la sombra que era, en todas y cada una de mis aventuras astrales y no me dejó en paz hasta que le mandé un mensaje de confirmación a mi esposo, quien ya estaba en el mercado: no se te olvide la albacar, le escribí entre sueños como títere de sus vibraciones. 

—Buenos días. ¿Hoy sí hubo albacar? —retumbó.
—Sí. Aquí se la tengo —le dije y fui casi corriendo por ella. La saqué de su envoltorio de períodico y la observé esperando cualquier embrujo. La acerqué a mi cara para perfumar mi nariz (y mi memoria) con el aroma de las hojitas apretujadas del manojo.

Se marchó rápido, como un espíritu liberado de algún encadenamiento terrenal, como si hubiera estado mucho tiempo muy cerca de la tierra, como si me hubiera entregado un secreto envuelto en letras.