Reflexiones desde la trinchera del COVID-19

Por: Ernesto Palma F.

Es fácil opinar a favor o en contra de las medidas que asume el gobierno federal para enfrentar los efectos de la pandemia, sin haber vivido de cerca sus efectos devastadores. Cien mil muertos y más de un millón de casos confirmados. Parecen tan abstractos… más aún cuando los responsables de las políticas públicas lucen tan relajados, ocupados de otras prioridades y problemas. Se burlan, ríen, afirman tener todo bajo control y piden no pensar en el número de muertos. A ellos les funciona, seguramente porque saben que si se contagian tendrán acceso inmediato a las mejores instalaciones y cuidados médicos de primer nivel.

Y tienen razón. Para ellos la pandemia no es motivo de preocupación. Varios integrantes de la élite en el poder se han contagiado y reaparecen como si nada, incluyendo a un conocido empresario —favorito de la 4T— que se mofó del coronavirus y lo describió como una gripe que no le impidió reanudar sus fascinantes actividades, como jugar golf y presionar a la SEP para que pronto se reanuden las clases en todos los niveles educativos. 

Para los mexicanos menos afortunados, la moneda está en el aire: si te contagias y  tienes forma de pagar un hospital privado, enhorabuena, tienes un elevado porcentaje de posibilidades de sobrevivir al Covid-19. Te costará un promedio de un millón de pesos, que podrás negociar con la aseguradora, para que cubra un poco más de la mitad. Algunas compañías aseguradoras están rasurando las facturas totales y descontando medicamentos que no están en el cuadro autorizado del Covid, o cubren los honorarios médicos recortados al mínimo, por lo que tendrás que cubrir las diferencias de tu bolsillo. Esto, con independencia de que tienes que desembolsar una fuerte cantidad al ingresar al hospital privado de tu preferencia.

En la otra cara de la moneda, si te contagiaste y eres pobre o no te preocupó contratar un  seguro de gastos médicos mayores,  tendrás suerte de encontrar una cama disponible en un hospital público y si la encuentras, requerirás de más suerte para que cuenten con el equipo que se requiere en casos de crisis respiratorias que implican la disponibilidad de concentradores de oxígeno, respiradores y medicamentos costosos. Además de la indispensable atención de médicos especialistas en terapia intensiva o infectólogos, que se suman a la escasez y fatiga de personal asignado “al área Covid”.

Eso explica la elevada incidencia de fallecimientos de personas contagiadas que ingresan a hospitales públicos (fallecen 9 de cada 10) contra la  baja posibilidad de fallecer se eres atendido en una institución privada (fallece 1 de cada 10). Llegar —en situación de crisis— a un hospital público, es casi una sentencia de muerte.

Entonces, la narrativa de que “se tiene domada la pandemia”, es únicamente para los ricos a quienes el gobierno les transmite tranquilidad y calma porque hay certeza de que la aristocracia está a salvo de los posibles efectos de la pandemia. Esto significaría que la responsabilidad de los gobernantes de velar por la salud y la integridad de la población, ha sido manipulada para proteger y salvaguardar únicamente los intereses de la población pudiente.

¡Vaya gobierno de izquierda!

Resulta difícil creer que un gobierno que fue electo mayoritariamente por la gente pobre de este país, hoy condene a  muerte a los más desprotegidos, con el silencio cómplice de diputados y senadores de Morena y sus aliados. Es abominable que los “luchadores sociales” que históricamente  han protestado por la injusticia y la inequidad que azotan a nuestra sociedad, hoy callen ante la perversidad de un régimen que se ha decantado por el poder económico, traicionando las causas y los anhelos de los más pobres, que -paradójicamente- los llevaron al poder.

Es inverosímil que hoy las voces más conservadoras del país, eleven su voz para evidenciar las contradicciones y la incapacidad de un gobierno para enfrentar la pandemia, porque la cifra de cien mil muertos reconocidos oficialmente, corresponde en su gran mayoría, a gente que no tuvo como pagar un hospital privado para atenderse. Es gente que no debió morir.

Lamentablemente, quienes tienen la obligación constitucional de exigir que el gobierno destine los recursos que sean necesarios para que todos los mexicanos cuenten con atención médica de primer nivel, hoy están cooptados bajo el cobijo de la complicidad o la amenaza de ser investigados y/o procesados justa o injustamente. 

La vergonzosa frase de que la pandemia llegó “Como anillo al dedo” a la 4T,  —que se ha convertido en un mantra entre los seguidores del régimen— evidencia la miseria y perversidad de quienes nos gobiernan, porque mientras se va descubriendo que la lucha contra la corrupción opera únicamente para los gobiernos anteriores y no contra la corrupción de los cercanos al presidente y sus aliados, la crisis sanitaria les ha dado la oportunidad de acelerar los cambios y reformas legales que les garantizan impunidad y manejo discrecional de los recursos públicos, generando opacidad y mucha más corrupción.

El régimen apuesta a que el anonimato —que da la miseria— de  los 100 mil muertos, no impactará en su proyecto político y que contará con el apoyo irrestricto de sus bases populares en las próximas elecciones, ignorando que la manipulación emocional de las masas tiene sus límites y uno de ellos es la indignación, el dolor y el sufrimiento que provoca la muerte de un ser querido, por abuso de autoridad, negligencia o incapacidad de gobernar. 

En una realidad alterna debe haber una forma de que la justicia se adelante a la historia para castigar a quienes cometen estas atrocidades contra la gente más pobre de nuestro país.