Recuento de los daños

Foto: Akin Cakiner en Unsplash

Laberintos mentales / Por: Arantxa de Haro

La energía de hace unas semanas, la adrenalina y el cambio, han caído poco a poco. Me encuentro en ese estado donde pareciese la estabilidad fuese a llegar. Mis sartenes se asoman por la alacena, y se forman de manera natural, como si nunca hubieran estado en ninguna parte más. Mi desorientado estómago empieza a comprender la importancia de la alimentación, aquella que siempre sufre modificaciones estando en esta ciudad. Ir de un lado a otro en un auto, que pareciese una burbuja que se desliza por esa carretera coronada con atardeceres color salmón.

El jazz y las melodías se funden en mis oídos, mientras analizo por donde moverme. Más noche, de salir más tarde del trabajo, las terribles torres de la refinería se dejan ver lanzando feroces lenguas de fuego, flamígera bestia, que despidiendo esos horribles gases, a final de cuentas, es la fuente del combustible que me mueve. Soy parte de ese engrane despiadado, poco sustentable. Vivo de una factoría que produce vanidades, más que necesidades. Burbujas metálicas como la mía, la cual la he adquirido durante un plazo forzado por años. No obstante, he adquirido aquello que me da paz, que me hace sentir más protegida, que me permite soñar que tal vez pudiese encontrar algo más que ello con lo que quería de infante.

Para mí, me sigo diciendo que no soy el tipo de persona que me hace una ilusión enorme tener un vehículo, caso contrario siento que me he asimilado a la norma más que nunca. Como si viviese en ese convencionalismo que es ese camino trazado de nacer, crecer, comprar una auto, comprar una casa, buscar pareja, que te rompan el corazón muchas veces, casarse, reproducirse, tal vez divorciarse, enfermar y morir… o algo así. A veces me molesta no haber escapado de la norma. Detesto haber tenido miedo tanto tiempo, y aún tenerlo. 

Me subo a la báscula y veo un número, que en otro tiempo me hubiese hecho sentir terror. Entre esas décimas veo asomarse un 7. Me da risa, me hace sonreír. Mi peso tiene un siete, en cualquier posición que fuese, y para mí empieza a no representar mucho. Me bajo. Abro el refrigerador y me quedo mirando al vacío. Mi mirada trasciende el tarro de mayonesa del estante de arriba, y la crema de aceitunas que está en mal estado. Mi memoria navega a ese instante en donde ese autocrítico y autoexigente muchacho, se decía de palabrejas para «motivarse». La meta es meterse a un par de pantalones unas cuantas tallas más pequeñas. Me quedo pensando, qué necesidad es aquella que nuestra sociedad nos hace querer hacer nuestra amenazante presencia física más pequeña y menos atemorizante, borrarnos en la nada.

El pensamiento distorsionado de ese pseudo raciocinio con fallas lógicas, me hace sonreír también. Pensar que nunca me he topado con alguien lo suficientemente perfecto e interesante para poner en riesgo mi integridad física, emocional y moral. Y espero nunca encontrarlo. No quiero un amor de aquellos que me tiren en un remolino de obsesión descontrolada. No es amor aquello que se alimenta de nuestras obsesiones y miedos, de nuestras inseguridades y fragilidades. Tampoco es amor estar en una relación indiferente. Por hoy, entiendo que el amor es tener perritos que te pidan jugar con un juguete, que te ladren cuando sacudas el trapadeador, que te vean salir de casa y al regreso te den la bienvenida. Compañeros que hagan travesuras, desperfectos, y sentir la ternura de sus acurrucos. Que busquen tu mano, te acompañen siempre. No obstante, de una persona pedir ello tal vez, sería ingrato. De la misma manera en que psicológicamente jerarquizamos las relaciones con unos y con otros.

Me sigue dando temor la manera en como he pensado que pensamos, en que me he creído lo que me han enseñado, en donde he dejado de cuestionarme incluso aquello que siempre deberíamos cuestionarnos… o por lo menos a mí debería (si es que es un deber, pues hasta eso cuestiono). Por otro lado, cuestionar hasta la habilidad de cuestionarse es tal vez un tanto nihilista, y en mi particular forma de verlo, llega a un punto del absurdo.

Dejo que la entropía natural de mi morada vaya acomodando las cosas. Sé que mis deseos naturales irán desempacando todo, poniéndolo en su lugar. Luchar con ordenar y colocar es una manera bastante infértil de estresarse. Me encuentro frente al teclado de la computadora, y pienso en todo aquello que antes me preocupaba, y ahora, carece de importancia. Veo atrás y recuerdo a esa señora de oriente solapar actitudes patriarcales y nocivas de aquel que se supone había acordado protegerme… que nunca lo hizo, y que me trato de manera injusta en la tristeza y la enfermedad.

Recuerdo haber querido escapar, al grado que viajaba compulsivamente para sentirme viva. Evitaba comer por la tristeza de las exigencias de personas que creía me querían. Desaparecer en el aire querían que lo hiciera, con la idea de que no sobresaliera, que fuese igual. Benditos medicamentos que libraron mis neurotransmisores de cadenas invisibles y me empujaron a huir hacia otro estado, esconderme en un remanzo de paz. Agradecer no estar en ese lugar. He regresado a un lugar similar, con ojos nuevos. Puedo tomar decisiones más valientes y certeras sin sentir el peso de la culpa. Tal vez, nunca me había querido tanto como ahora. Tal vez.

Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas