Apuntes sobre el lenguaje inclusivo (o la trampa de la neutralidad)

Foto Greg Rosenke en Unsplash

Por Morgendorffer

En los últimos tiempos ha surgido una preocupación válida sobre el uso del lenguaje en sus distintas facetas. Preocupándose principalmente porque refleja las relaciones de poder que existen en nuestra sociedad, y cómo es utilizado para reprimir, censurar, discriminar e incluso desaparecer a comunidades del discurso social. Todas preocupaciones legítimas, y toda una lucha constante para aquellos que buscamos una sociedad más justa y equitativa. 

Pero, pensar que la sustitución forzada de letras, o que la abolición de algunas cuantas palabras hará el trabajo que corresponde a la ética, la moral y la política, es pecar de ingenuidad, e incluso peligroso. Dado que se caería en una posición autoindulgente, pensando en que ya no existen las acciones discriminatorias porque ya no está el utensilio con el que se ejecutan estos actos, mientras que en el plano real continúa la violencia y la represión en actos que podrían dejar de registrarse. 

Las redes sociales son el campo de batalla moderno, donde se da la constante lucha post a post, entre los que se oponen fervientemente a utilizarlo y los que hacen un uso indiscriminado pensando que reparten la panacea con cada vocal que sustituyen. 

Creo que cada extremo desconoce o ignora la naturaleza del lenguaje, pasan por alto sus procesos; cómo se crea, como se usa y como se establece, sobre todo, en las periferias sociales, donde las normas son prácticamente nulas. 

Mi posición inicial es de escepticismo, principalmente por los personajes que lo promueven, dado que, generalmente son actores que no pertenecen a las comunidades que dicen defender, dando pie a un paternalismo. 

Por ejemplo, en Estados Unidos la generación woke, en nuestros lares los progres. Gente que en apariencia hace un mea culpa por sus privilegios, siendo ahora jueces, defensores y verdugos. Que se cuestionen por qué ellos están arriba y los demás abajo en la pirámide social ¿Es malo? No necesariamente, pero sí lo son las formas en las que quieren impartir su justicia social, al estilo de sus antepasados puritanos, arribados en el Mayflower. 

Mi preocupación máxima es la constante negación de la diferencia, invalidando cualquier instancia de individualidad y comunidad. Atentando contra todo lo que dicen defender. Por ejemplo; la anulación de los géneros masculino-femenino, violenta directamente una lucha básica de los colectivos trans, dado que las personas dentro de éstos, buscan un reconocimiento propio y social bajo esos esquemas. 

Son batallas legales, muchas pendientes, para que sea reconocida su condición de hombre o mujer, según sea el caso. Esa vocal “a” o “o” significa el fin y el inicio de una vida. Otro fenómeno que podemos observar dentro del movimiento LGBTTTIQ, es la creación de códigos y términos que eventualmente llegan a la heteronormalidad y se establecen cabalmente dentro de la cultura popular, como las Drags. 

También podemos hablar de la feminización del lenguaje como una contraposición al machismo, y un extenso etc. Que por sí mismos darían para un análisis profundo. Esta cruzada por tratar de imponer una sola forma de comunicarse, se acerca más a la censura que a la libertad. Basta recordar las prohibiciones franquistas al catalán, vasco, o andaluz, obligando a la utilización del castellano. 

Otro caso que podemos mencionar es la censura cultural (de las tantas) que sufrió (y sufre) la comunidad afroamericana entre los ochenta y noventa en la música, dado que el rap y el Hip-Hop alcanzaban los primeros lugares en los rankings de popularidad radial y ventas de discos, surgieron las buenas conciencias que querían aminorar su influencia, bajo los argumentos de que incitaba a la violencia, entre otras cosas. 

Pero la realidad es que los artistas hacían crónicas de su entorno inmediato, lleno de desigualdad social, siendo una crítica directa al sistema que los condicionaba. Estos blancos paladines (guiño), buscaban anular el proceso de reflexión y cuestionamiento de sus hijos e hijas. 

Las luchas feministas tampoco quedan exentas de este debate, la emancipación del femenino es cada vez más utilizada, dejando atrás al plural neutro que está masculinizado. De esta forma va apropiándose cada vez de más palabras y retomando algunas otras. 

Como dije al principio el desconocimiento de cómo funciona el lenguaje y las lenguas alimenta, por un lado, el enfrentamiento, no es algo que se pueda imponer; por el otro, no es algo que esté de una y para siempre. Obedece más a la forma hegeliana de tesis vs antítesis igual a síntesis. 

El lenguaje es algo vivo, que nace, crece, se reproduce y muere, para volver a tener su ciclo interno. En conclusión, ninguna de las dos posturas prevalecerá, será algo distinto, con algunas reminiscencias de esta batalla.