Autoengaño apasionado

Por Sergio Alberto Cortés Ronquillo

Cada uno hace lo que quiere, los vulgares dicen que cada uno hace de su cola un papalote, los educados dicen que para gustos hay géneros; independientemente de cómo se exprese, una cosa es cierta: cuando se trata de entretenimiento, cada quién elige cómo invertir (¿gastar?) su tiempo. Y entre todos los productos que se ofertan, hay dos que bien podrían parecer muy distintos el uno del otro pero que las mitologías de Roland Barthes nos van a ayudar a ver que son, en realidad, más parecidos de lo que podríamos haber pensado en un inicio: la lucha libre y el anime (que también puede ser escrita como ánime o animé).

Pero paso a paso: primero, ¿qué son las mitologías de Barthes? Es una compilación de varios textos en los que el semiólogo, ensayista, filósofo y escritor francés; explica algunos de los mitos que son influyentes en la vida diaria del hombre, como podrían ser el automóvil, el detergente, la publicidad, etc. Entre estos, está “El mundo del catch”. El catch es, básicamente, lo que nosotros entendemos como la lucha libre. Claro que Barthes se refiere a uno un poco más underground, no al que nosotros estamos más acostumbrados de ver en la televisión como la WWE o de la lucha libre mexicana. Tendríamos que ir a los suburbios, meternos en aquellas peleas donde no hay cámaras, sino que el espectáculo se vive “autóctonamente”. O sea, la lucha libre popular que conocemos es al catch, lo que un gran partido de futbol a una cascarita. Sin embargo, sus características son similares, así que para este escrito, nos enfocaremos en la lucha libre que conocemos, la popular, con permiso del autor… o sin él, ni modo. Así es la vida.

El anime es la palabra que se utiliza para referirse a la animación, ya sea tradicional o por computadora, que viene de Japón. El anime, básicamente, es lo que conoceríamos en esta parte del globo terráqueo como caricatura: una serie dividida en varios capítulos, pero caricaturizada. Lo característico, si quisiéramos verlo así, son los ojos, el cabello, y de repente algunas proporciones de los personajes. Puede estar basado en unos “cómics” japoneses también, conocidos como manga.

En este escrito, nos enfocaremos en uno particular. No queremos englobar a todo el género en este anime, sin embargo, para esta comparación de similitudes entre anime y lucha libre, es el idóneo: “My hero academia” o “Boku no Hero” que es, básicamente, de una sociedad donde el 80% gente nace con una habilidad especial. Imagínese usted a los X-men. Entonces, hay escuelas especializadas en esta sociedad donde los jóvenes con habilidades especiales van a aprender a cómo usar sus poderes para volverse superhéroes. El protagonista, Midoria Izuky, es el chico brócoli (no tiene poder de brócoli, se le llega a decir así) porque su cabello es verde.

Y entramos en tema: ¿Qué parecido podría tener la lucha libre mexicana (e incluso la gringa) con un género de animación japonés?

Desde este momento, cada vez que vea “catch”, será tomado como sinónimo de lucha libre.

Barthes dice ““La virtud del catch consiste en ser un espectáculo excesivo… Hay personas que creen que el catch es un deporte innoble. El catch no es un deporte, es un espectáculo; y no es más innoble asistir a una representación del dolor en catch, que a los sufrimientos de Arnolfo o de Andrómaca… Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía a la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve… El espectador no se interesa por el ascenso hacia el triunfo; espera la imagen momentánea de determinadas pasiones…”

Esto quiere decir que sabemos que son narrativas de ficción, tanto la lucha libre como el anime, es justamente la razón por la que los consumimos: no estamos ante un engaño, porque sabemos que son idealizaciones o actuaciones, creaciones, inventos, pero es lo que buscamos. Como todo tipo de entretenimiento, como libros, películas, series de televisión; estas dos en particular entran en lo mismo: queremos emociones, y son nuestras neuronas espejo las encargadas de fascinarnos por lo que vemos. Punto importante es, sin embargo, esta cuestión: sabemos que la lucha libre es ficticia, pero aún así nosotros mismos sobrepasamos el umbral de la realidad para sumergirnos en la ficción; sabemos que el anime es una caricatura, pero también dejamos atrás ese umbral de la realidad que no nos permitiría disfrutarlo como tal. No buscamos un documental aterrizado que nos diga las cuestiones químicas en el cerebro cuando tratamos de pasiones y emociones humanas, no: sabemos que no es real y lo vemos y lo vivimos con la misma intensidad que el personaje. 

“… el catch es una suma de espectáculos, ninguno de los cuales está en función del otro: cada momento impone el conocimiento total de una pasión que surge directa y sola, sin extenderse nunca hacia el coronamiento de un resultado… La función del luchador de catch no consiste en ganar, sino en realizar exactamente los gestos que se espera de él… … Esta función enfática es igual a la del teatro antiguo, en el cual la fuerza, la lengua y los accesorios (máscaras y coturnos) concurrían a la explicación exageradamente visible de una necesidad…”

La finalidad de ambas narrativas es la de un simbolismo extremo que represente, de forma exagerada, las pasiones más básicas del hombre; y si bien, ambas formas de contar una historia tienen su propia manera de lograr esto, es aquí donde radica otra de sus similitudes. En la lucha libre está la parte de la vestimenta que representa al bueno y al malo, los ademanes sobreactuados para acentuar su bando, y las marometas así como los golpes y demás parafernalia que es lo que vuelve llamativa a la misma. La finalidad aquí es gritar de coraje y mentar madres cuando le hacen algo cruento al bueno, brincar de emoción cuando algo conveniente pasa; todo lo que se muestra debe ser apantallante. Mientras tanto, en el anime, la forma de representación pictórica también adquiere ciertas magnitudes de exageración, en específico en la forma de representar las emociones y los colores. Es más que evidente, por medio de la misma iluminación y vivacidad de los colores, quién es el malo o el bueno: el héroe tiene un gesto de bondad y bonachonería, mientras que el malo se hunde en tonos oscuros y sus ojos representan a la perfección la locura en la que se encuentra. El llanto, por ejemplo, cuando es real, cuando el sentimiento es por algo serio o por una emoción negativa, es muy parecido al de la realidad; pero cuando es porque ganaron un torneo, por ejemplo, o por exagerar la felicidad: lloran mares de lágrimas, son fuentes, mangueras.

Ambas narrativas son desmedidas en su representación, y a su vez tienen intensas pausas dramáticas: en la lucha libre, son las miradas penetrantes entre combatientes; mientras que el anime, son los pensamientos y los flashbacks que los personajes tienen para aumentar la intensidad de sus razones y sus motivaciones.

“En el catch, como en los antiguos teatros, no se tiene vergüenza del propio dolor, se sabe llorar, se tiene gusto por las lágrimas… El catch es como una escritura diacrítica: por encima de la significación fundamental de su cuerpo, el luchador de catch dispone de explicaciones episódicas pero siempre oportunas, que ayudan permanentemente a la lectura del combate por medio de gestos, actitudes y mímicas, que llevan la intención al máximo de evidencia… Se trata, pues, de una verdadera Comedia Humana, donde los matices más sociales de la pasión (fatuidad, derecho, crueldad refinada, sentido del desquite) encuentran siempre, felizmente, el signo más claro que pueda encarnarlos, expresarlos y llevarlos triunfalmente hasta los confines de la sala… El catch es una pantomima inmediata, infinitamente más eficaz que la pantomima teatral, pues el gesto del luchador de catch no precisa de ninguna imaginación, de ningún decorado, de ninguna transferencia —dicho en una palabra— para parecer auténtico…”

Lo que se busca es dar una historia sencilla y fácilmente comprensible sin necesidad de largo o tediosos episodios introductorios: por el movimiento, por la forma en ser representados, por el entramado del episodio que se disfruta en ese momento; es como uno se da cuenta de si hay coraje, felicidad, si se busca venganza o cualquier otra situación. Esto quiere decir que lo que se presencia en ese mismo momento nos da la suficiente información para saber quién es quién: el porte, la voz, la forma de moverse, la forma de dirigirse a quien tiene en frente, la forma del héroe del anime de dirigirse a los que no tienen poderes, la forma del luchador de dirigirse al público, su forma de entrar en acción, su forma de ser en sí. Otro énfasis del anime son los ojos: son importantísimos en la expresión de una emoción así como su intensidad, mientras que esto se vería en la exageración del golpe o del daño o consecuencia causado por el mismo en la lucha libre.

“El catch engloba una heroización totalmente distinta, de orden ético y no político. Lo que busca el público, aquí, es la construcción progresiva de una imagen eminentemente moral: la del canalla perfecto… nada más excitante para la multitud que el puntapié enfático dado a un canalla vencido; la alegría de castigar llega a la culminación cuando se apoya sobre una justificación matemática; el desprecio, entonces, no tiene freno: ya no se trata de un «cochino» sino de «una puerca», gesto oral de la última degradación…”

Ambas narrativas buscan la obvia representación entre el bien y el mal, entre lo justo y lo que no es. No se trata de construir personajes multidimensionales con diferentes perspectivas sobre la vida y sobre lo que es bueno o no, sobre sus motivos que los llevan a ser de una forma o la otra; nada de eso importa. Tanto en la lucha libre como en el anime, lo único verdaderamente importante es que sepamos quién es el bueno y quién el malo, y que lo justo sea el último de los eventos, la última de las consecuencias. Son como un partido de futbol: si bien, el juego es lo que emociona, lo que sucede en las gradas es lo que le da su sabor: el grito de gol, las mentadas de madre, que ahí va el agua, las palabras, los gestos, los abucheos; todo eso resulta como los condimentos de la comida. La lucha libre rescata lo que las narrativas progres quieren evitar: que haya buenos y malos. El anime tiene muchas más posibilidades de desarrollar profundos personajes, sí, y se logra de forma magistral; pero a fin de cuentas, la lucha final (al menos del anime que estamos tomando en cuenta) es entre el bueno y el malo. No hay antihéroes, sólo buenos y malos… de alguna forma. 

Y para concluir, cabe mencionarse que ambas narrativas pueden caer bajo cierto desprecio por ser tipos de entretenimiento que no consideraríamos siquiera como posibilidad porque, uno es muy barrio, y el otro es para otakus. La cuestión aquí es que, como todo tipo de entretenimiento, si no conocemos, ¿cómo criticamos? Es como la gente que ve videos de personas jugando un videojuego y, con eso, decide la calidad del videojuego en cuestión. Es psicótico: cada narrativa está hecha para ser consumida de forma específica, si no juegas un videojuego, no puedes criticarlo; pues sería como si viéramos el tráiler de una película, y con eso decidiéramos si la película en sí es buena o no. Asimismo, no podemos juzgar a la lucha libre sin haber consumido ese producto, con todo lo que implica (que lo ideal sería ir a verlo en vivo), y el anime tiene una variedad de lo que caería en lo que en primera impresión veríamos: caricaturas, o sea, historias para niños; y no, hay algunas narrativas que no son, definitivamente, para niños, y que resultan hasta, visualmente, impresionantes (como, por ejemplo, “Attack on Titan”).

Aquí la cuestión radica en que sí se puede disfrutar de cualquier narrativa de ficción, porque todas ofrecen características particulares que son lo que las identifica; el chiste es estar abierto a las posibilidades.