Brenda Navarro: el nombre y el rostro de las víctimas del feminicidio

Foto Kelly Sikkema en Unsplash

PIDO LA PALABRA / VICA RULE

La palabra y lo indecible

A veces, la literatura es el territorio donde el silencio necesario puede encontrarse con la presencia de la palabra. Hacer tangible la ausencia y palpable lo que ya no está. Me refiero al silencio inaceptable que nos salva y devuelve al transcurrir de la vida. Sobre todo, cuando nos protege de las violencias cercanas o las ejercidas al amparo de las sombras del poder político. Cada persona guarda y vive sus propios silencios. Cada sociedad, en ocasiones, entierra episodios vergonzosos como los ocurridos en nuestro país en la guerra sucia de los setentas, la guerra contra el narcotráfico o con las víctimas de los miles de desaparecidos. Por eso contra el silencio y la desmemoria la palabra literaria cobra vigencia y produce inéditas significaciones.

En ese espacio de lo indecible nace una literatura como la de Brenda Navarro (1982) escritora mexicana autora de Casas vacías (2019), novela corta estructurada en tres capítulos, cada uno, a su vez, se divide en dos secciones que representan las voces narrativas principales: la madre de Daniel, el niño desaparecido y la de su secuestradora que lo va a renombrar como Leonel. La novela está escrita mediante un lenguaje directo y fluido que, continuamente, intercala reflexiones cortas y razonamientos interrogativos que se acercan al género del aforismo dentro de la estructura narrativa. También, contiene varios epígrafes de la poeta Wislawa Szymborska (Polonia, 1923) Premio Novel en 1996.                                                                            

Ahora bien, la temática de esta novela indaga sobre la maternidad, la infancia, el autismo, las relaciones de pareja, el racismo, el machismo y las violencias patriarcales entre otras preocupaciones de la autora. Un tema poco mencionado, hasta ahora, en las entrevistas con ella y escasamente abordado por lectores y críticos es el tema del silencio que se desarrolla en varios niveles dentro de Casas vacías. 

El nivel simbólico está representado por Daniel, niño autista que, paradójicamente, es el nexo común que une la vida de ambas mujeres en búsqueda de la experiencia de la maternidad. Daniel, niño autista, dentro de la novela representa la voz y la experiencia de los desaparecidos. Es un doble desaparecido, lo es de su madre ausente y lo es de la maternidad impostada y apócrifa de su secuestradora. 

Otro nivel del silencio en Casas vacías es el político, apenas sugerido por la joven autora, y se da en la ausencia o fracaso de Estado/Nación por ofrecer a los ciudadanos un marco mínimo de seguridad y ejercicio de los derechos humanos: “No volví a ir al Ministerio público, no regrese a ninguna reunión, mucho menos a marchas, no queremos incrustar la imagen de Daniel con el oportunismo que narra todo desde una perspectiva partidista y lo nombran en discursos políticos “(Navarro 126).       

Materialidad subjetiva

La subjetividad de los personajes, principalmente, la de ambas mujeres que viven de manera distinta una maternidad fallida está atravesada por una materialidad de la conciencia. Es decir, no se auto interrogan ubicadas en lo meramente individual o en una temporalidad indefinida sobre sus tribulaciones y tragedias, lo hacen desde un sentido común compartido por los familiares de las víctimas; las voces que narran esta historia hablan desde el reconocimiento de un nosotros: “¿Qué pasa con los expedientes de todas las personas de los desaparecidos? Con el tiempo se van al archivo. Quedan abiertos, pero hay tantas muertes y tantos casos acumulados que no contienen casos sino papeles, las historias se vuelve celulosa que luego se ha de reciclar.” (Navarro 132). 

Por otro lado, el territorio desde donde escribe Branda Navarro es el de las víctimas y sus familiares, en ese locus se interroga sobre el sentido y el sinsentido de la violencia de un país que se ha convertido en una fosa común ante la inacción y el resquebrajamiento de sus instituciones y de su clase política en conjunto. Empero, la mirada crítica de la autora va más allá de la hybris de la realidad nacional; su sensibilidad humana es concomitante con una pulsación cuestionadora de los principios machistas y patriarcales de una sociedad que ha normalizado la escandalosa cifra del feminicidio y del trans feminicidio en México.

Agraciadamente, esta autora establece una ruptura con el pacto de silencio y la indiferencia militante de la mayoría de los escritores mexicanos que han guardado silencio, aun cuando la tragedia de la historia contemporánea de nuestro país, ha necesitado de la palabra de ellos para poder aproximarse a testimoniar la violencia desbocada de una realidad social. Desde luego, al respecto, hay excepciones notables.           

En sentido opuesto a esa indiferencia militante, esta autora pone en escena la voz a los familiares de los desaparecidos; escribe desde esa fractura que significa la experiencia del dolor transfigurada en experiencia literaria. En Casas vacías la ausencia de los desaparecidos se hace presente mediante el ejercicio imaginativo de una escritora que ha renunciado a darle nombre a las mujeres de su novela porque, en nuestro país, se ha normalizado las violencias misóginas. 

En un país donde las víctimas se han convertido en una cifra anónima, Brenda Navarro omite el nombre de sus principales personajes para darle rostro a las víctimas olvidadas del feminicidio.  Por eso su novela es estrujante y conmovedora. Habla desde un silencio inabarcable, al igual que el dolor y la esperanza de aquellos que buscan a sus desaparecidos.