El mercado de los afectos

Foto Alexander Sinn en Unsplash

LABERINTOS MENTALES

La cantidad de serotonina en mi torrente sanguíneo pareciera haberse estabilizado. Por momentos llegan pequeñas oleadas de lo que en su momento fueron tsunamis, recordatorios de emociones embargantes que prenden un poco mi sistema de alerta. Procuro dormir lo suficiente para que no lleguen, para que no se apoderen de mis pensamientos los demonios liberados de aquel encierro protector que mantiene a la mente en cierta neurotipicidad. Recuerdo mi terapeuta haberme dicho antes de la última crisis, que mi mente es como una mesa de cristal que se ha estrellado. Que en su momento pudo ser reparada, pero que queda proclive a estrellarse nuevamente. No queda de otra que seguirse vigilando. Comprender o por lo menos sentir cuando la realidad empieza a enturbiarse, la percepción se viese distorsionada, y cuando las relaciones humanas se ven cercenadas al encontrar enemigos donde usualmente no los había. 

Entre esos dilemas que me acompañan es mi dualidad con respecto a las relaciones humanas. El aislamiento me es increíblemente seductor, me atrapa en sus garras y no me suelta. Podría no volver a ver la luz del día, no obstante, el intoxicante y reconfortante aislamiento es también una manera rápida de atrofiar mi capacidad de relacionarme. Corroe todas mis habilidades sociales, y me deja indefensa cuando nuevamente tengo que tratar con otros. La comodidad que me ofrece esa situación no es opción. No puedo dejarme caer, por lo que opto por volver a interactuar con otros. Por otro lado, estar rodeada de gente estimula mi mente de formas diferentes. Puedo ver el patrón repetitivo de los rostros, leer las expresiones, ver los movimientos e imaginar las posibilidades. Siento como si fuese corriendo a toda velocidad y pudiese esquivar obstáculos sin miramientos, con pies ligeros, riendo ante la facilidad de todo ello. Siento un poco esa adrenalina de poner una palabra, usarla como anzuelo, ver quién pica, ver qué pesco. Y en muchas ocasiones termino en problemas… problemas que finalmente me divierten. 

Quien me escuche de vez en vez al teléfono, tiende a decirme con certeza que vivo las relaciones interpersonales de una manera tan vertiginosa que pareciera compactar cinco años de experiencias en pocos meses, a veces días. Encuentro la hipérbole entretenida. Supongo que entre más conoce uno a las personas, más sabe qué tipo de personas pudieran ser. No es que la naturaleza humana pudiese ser simplificada en dos puntos cualquiera en el espacio, que al ser atravesados, pudiesen dibujar una clara pendiente y prolongarla al infinito. Tal vez, si eligiera una metáfora para describirla, sería que nuestra naturaleza es similar a un fractal. Sí hay ciertas fórmulas que nos describen pero las tendencias no son tan evidentes. No conocemos del todo el resultado total de cada iteración, pero podemos hacernos una idea general. Así mismo, pudiese cambiar completamente si se alteran ciertas variables. 

Mi infancia estaba llena de un montón de mensajes encriptados, que me hacían pensar que mi meta última era conformar una familia, casarme bajo el esquema católico. Que muchos años quise cumplir con eso, que siempre anhelé tenerlo. No obstante, no encuentro en ello la felicidad que me prometieron. No veo a todos siendo felices como los pintaban en el catecismo, en la escuela conservadora, en los sermones de la abuela, en la televisión, en las películas, en las novelas del corazón. Supongo que empiezo a comprender que es mucho más gratificante a largo plazo concentrarse en el camino personal, y sólo esperar que con mucha suerte llegue alguien que pudiese sumarse al camino. Así, sin más.

Entre todo ese tiempo que se espera, y en el que paralelamente van aconteciendo sucesos de diferentes índoles, hemos logrado poner en venta nuestros afectos, intercambiándolos por gratificaciones electrónicas: favs y likes, matches, puntos. Dependiendo de la plataforma se llaman diferente. Se siente bien la inmediatez con la que sucede. Sin embargo, las personas del otro lado de la línea se empiezan a ver más como medallas, que como seres humanos. A veces reflexiono si es necesario seguir en ese mercado de afectos donde intercambiamos nuestra información por el el anhelo de cumplir lo que sea que estemos buscando. Somos el consumidor y el producto al mismo tiempo, en ese canibalismo que es el dating en línea. 

Vuelvo a ver el teclado que está frente a mí, y recuerdo que tengo que atender un anzuelo que jala levemente de ese caña que tiene esperando un rato. Realmente pienso si es prudente seguir con esos juegos vacíos.

Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas