Velo sin armadura

POR: Gwenn-Aëlle

No sé si he vivido estos últimos meses.

Estoy en casa, como casi siempre.

Escribo, pinto, recorto, bordo, cocino, río. He llorado una que otra vez.

No debería sentirme diferente, esa ha sido mi rutina los últimos años.

Sí, la Covid nos agredió dos veces en el seno familiar y muchas más en el seno de otros. De esa enfermedad nacieron dos de mis lloraderas.

Sí claro, no he salido a encuentros literarios, poéticos o (sólo) amistosos.

Pero el zoom y el whats y todas esas cosas sí dan el gatazo, siento que mi vida social no está amputada, no tanto pues.

*

Ayer se rasgó el velo que me cubría, velo a veces negro como cualquier hiyab y luego sólo ligera gaza entre lo de acá y lo de allá.

Lo de la vacuna se volvió real, ya llegó, ya está aquí, pero no sé cómo vaya a estar el asunto.

Porque justamente, varias veces me han llevado al baile y dejado plantada, o peor, sudada, antojada y nada.

Vivo en México.

Parece que con eso explico todo, pero te lo digo así clarito: aquí si no estás en el Seguro Social las vacunas son caras. Y si sí estás, resulta que luego los tratamientos son reemplazados por agua salina o se terminan, fíjese que… 

O, cuando hay muertes vacunas en el extranjero, súbitamente tenemos carne importada de oferta en el súper.

Vivo también en el mundo occidental, fuertemente influenciado por las películas gringas, que no americanas. En ese mundo ficticio, pero altamente inspirado en la realidad real, las vacunas son mortales o te transforman en zombi. Y la Estatua de la Libertad es atacada.

El dilema es real, y no nada más aquí, científicos franceses, otros ingleses, otros no recuerdo, dicen que tal vacuna no puede ser buena porque el método y eso y otros dicen que tal otra vacuna no es buena que porque la velocidad de producción o la cadena del frío o lo que se te ocurra. Y tú, yo, no sabemos, no entendemos, sólo bebemos lo que nos dan de beber. Cual ganado vacuno…

Y, regresando a México, la bromita de que estamos en el tianguis comprando coChinadas no se ha inventado de a gratis. Si las vacunas viene de China, ¿qué?, ¿son de las buenas o son de “llévesela marchanta, llévesela”?

El velo que me cubría entonces sufre  una abertura, justo a la altura de mi cabeza, la misma que piensa de más y poco concluye.

¿Me vacuno o no? ¿Dónde? ¿Con qué ojos?

¿Y mis hijos? ¿El mareado? ¿La madre? ¿La vecina, el cartero, la señora de la mercería y hasta el señor de los tamales? 

*

Otro desgarre se produjo después, ayer también, ha de haber sido el día del San Desgarre y los cuetes nos cayeron a todos como bomba.

Éste está a la altura de mi corazón, de mis tripas. Sí, sé que el cerebro es el que produce emociones pero cuando tengo miedo y profunda tristeza lo que se me tuerce con los intestinos.

He visto por la calle locales cerrados, unos en renta, otros en traspaso o venta. He hablado con amigas de apoyar a los vendedores, yo compro mis naranjas en la verdulería, yo mi pescado en el tianguis, he, como ellas, comprado 4 limones en lugar de medio kilo y dicho que la carne ya no me gusta parta que alcance, porque el apoyo a los demás empieza en casa..

Y soy de las privilegiadas, la carne y los limones son mi tema de conversación, no el aceite o el gas.

*

La oficina de la que dependemos tantos ya no puede seguir como iba.

Aguantó lo carmesí de los semáforos antes de que los inventaran, los empleados se pudieron quedar en casa con su sueldo entero, nadie se quedó sin trabajo, la chamba que no existía se creó. Intentó volverse a levantar cuando llegaron, de a poco, los pedidos de unos y de otros.

Pero hoy, ya no puede. El primero en caer fue uno de mis hijos. Caída amortiguada por un sinnúmero de colchones, pero caída al fin.

*

Da miedo.

La vacuna y sus efectos duraderos o no, su calidad, su precio, que de todas maneras aquí ya no va a haber con qué, la oficina con sus ventanas cerradas e invadida por el silencio, ya no habrá discusión sobre la música que puso el Chino…

Sí, tal vez pueda sostener conversaciones sobre el cómo nuestra sociedad está basada en la lana, sobre el cómo los viajes de placer deben quedar en el olvido y el cómo con un solo pantalón si la armo, también claro sobre el cómo nos ha cambiado la vida a todos, recalcando siempre que soy de los privilegiados, soy de los privilegiados, soy de los privilegiados.

*

Me  gustaba mi hiyab, escondite idóneo, me sentía a salvo al no saber, no entender.

Queda hecha harapos mi enjundia.

Por hoy.

Que mañana me levanto de nuevo, que mañana, casi, la que llega es la Blanca Navidad, y aunque nunca rece en esa religión, pienso celebrar que en casa, estamos vivos.

Por hoy.