Toques de tinta violeta

Foto James Lee en Unsplash

Durante siglos, el canon literario se ha enorgullecido, silenciosamente, de estar compuesto, mayoritariamente por hombres, muchos de los cuales, sin pudor alguno, han practicado y perpetuado toda clase de comportamientos machistas. Con la aparición de una nueva ola feminista que está dispuesta a deconstruir, desde el fondo y hasta sus últimas consecuencias, cada aspecto de la sociedad en la que habitamos, esto está dejando de ser la norma. La literatura es uno de los espacios de los que las mujeres intentan apropiarse con más ahínco.

Basta dar un repaso a la lista del premio más importante que la literatura puede otorgar, me refiero a los premios Nobel. Este máximo reconocimiento se otorga desde el año 1901, es decir que, a la fecha, se ha otorgado en ciento diecinueve ocasiones, de las cuales, en cincuenta y ocho de ellas, se concedieron a mujeres en diversos campos, entre ellos la literatura. En este rubro, el tan codiciado reconocimiento se ha entregado a dieciséis féminas. Retomando un poco la cifra anterior, podemos resumir que, en ciento diecinueve años, tan solo en dieciséis ocasiones (13,4%), alguna mujer escribió algo que fuera digno de merecer el Nobel. ¿Aterrador, cierto? Pues es aún más si vislumbramos el salto temporal entre premiación y premiación.

El primer Nobel a la Literatura otorgado a una mujer fue en 1909 y se entregó a Selma Lagerlöf, el siguiente llegaría diecisiete años después, en 1926, para galardonar a Gracia Deledda. Dos años más tarde, se premiaría nuevamente a una mujer y no sería sino hasta 1938 que esta hazaña volvería repetirse. Si esas cifras les parecen sorprendentes, esperen a ver las siguientes: en 1945, tras siete años de sequía, el honor lo recibe Gabriela Mistral y tras este acontecimiento vendría una enorme decadencia en la escritura femenina, o por lo menos así lo insinúan las cifras, puesto que pasan veintiuno años para que la presea sienta las cálidas manos de otra mujer, hecho que se repite enseguida y por el largo plazo de veinticinco años. Después de eso, el intervalo osciló entre tres y cinco años, exceptuando el que dio un salto de ocho años (de 1996 a 2004). La última década ha sido las más prolífica para las mujeres.

Quisiera que pudiéramos detenernos en los dos lapsos más largos de abstinencia, el de veintiuno y el de veinticinco años. El primero abarcó del año 1945 al de 1966, durante este lapso se premiaron nombres como el de Albert Camus (1957) y Jean Paul Sartre (1964) entre muchos otros. Llama la atención porque, en 1949, se publica la primera edición de El segundo Sexo, texto que viene a revolucionar la perspectiva del papel de la mujer en la sociedad. Siendo compañera de ideología y filosofía de los antes mencionados, es muy extraño que un tema tan existencialista y revelador como este no le haya ganado a Simone de Beauvoir el tan aclamado premio. Si aplicamos este mismo ejercicio al siguiente periodo en cuestión, podemos visualizar que, entre los galardonados en el periodo comprendido entre 1966 y 1991 se encuentran personalidades como Pablo Neruda (1971), Gabriel García Márquez (1982) y, por supuesto, Octavio Paz (1990). Comencemos con Pablito, cuya fama de misógino y violador es conocida porque él mismo se afana de tal “gloria”. Podemos seguirnos con García Márquez, siempre bonachón, sin embargo, difícilmente alguien conoce el nombre de quien fuera su esposa, generalmente es tipificada como “la esposa de Márquez”, incluso en el momento de su muerte, hecho que aconteció seis años después del deceso del escritor. Por último, pero no mejor ser humano, está Octavio Paz, machista egocéntrico y opresor. Sus hazañas son bien conocidas dado el puesto que ejercía y las crónicas de terror narradas por su talentosísima exesposa Elena Garro, después del divorcio.

Al parecer, un premio que contempla un rubro para la paz no es capaz de considerar sus contribuciones ideológicas a una cultura que ya por sí misma defiende y perpetua la violencia en contra de las mujeres, pero entonces, como mujeres ¿no deberíamos de leer Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Cien años de soledad, El laberinto de la soledad o a ningún hombre?

La respuesta es complicada, como todo lo que se encuentra en un punto de “no retorno”. En un acto de sororidad, deberíamos pensar en no leer a este tipo de personajes, sin embargo, el asunto tiene un alcancé más allá de esto.

Separar a un autor de su obra, es cosa fácil. Ya lo dijo Michel Foucault, el discurso siempre se emancipa de su autor y cobra vida propia. Lo difícil es separarnos de la necesidad de entablar relaciones, de cualquier tipo, con machos así. Lee a Paz, si eso quieres, pero no te cases con él, lee a Neruda, si te place, pero nunca permitas que te humille o te sobaje, ¿quieres leer a Márquez? Adelante, hazlo, pero no te conviertas en su apéndice. No los admires, no lo idealices y, por ningún motivo, entres en su juego. Sin duda alguna, su obra está tintada de sus misóginas ideas y hemos aprendido a leerlo entre líneas. Desafortunadamente es más difícil reconocerlo, a tiempo, cuando en lugar de leerse se vive.

Podemos elegir leer sólo mujeres, si así lo deseamos, porque son talentosas, brillantes y nos sentimos identificadas con ellas, pero el verdadero valor de las estadísticas radica en visibilizar las luchas que quedan por delante. Pelear por ser vistas, escuchadas y leídas, combatir en las trincheras de un sistema de justicia al que no le interesamos y la batalla más difícil para todas, no caer en las telarañas de machos. No hay que ser sus amigas, ni novias, ni amantes y mucho menos aquellas mujeres que perpetúen el estado patriarcal.

La revolución violeta de nuestra época ha llegado para sentar un precedente, marcar un parteaguas en la historia de la que todos: hombres, mujeres y personas de la diversidad, somos parte y la literatura hecha por mujeres crea a mujeres con el poder suficiente para derrotar a un canon masculino que, puedo augurar, tiene sus días contados.

En honor a Louise Glück, Emmanuelle Charpentier, Jennifer Doudna y Andrea M. Ghez.

Con cariño para todo el quinto semestre de preparatoria Forger. Gracias por su enorme contribución.


Este texto se realizó en el primer Taller de opinión de ensayo de Notas Sin Pauta

Paola Licea

Soy amante de las letras y de los pensamientos. Licenciada en APOU Candidata a Mtra. En Humanidades