El analfabetismo emocional reina en Palacio Nacional

Palacio Nacional

POR: ERNESTO PALMA F.

Simultáneamente, Ángela Merkel se dirigía al Parlamento alemán y tocaba las fibras más sensibles al referirse a la cantidad récord de personas fallecidas por COVID-19, diciendo: duele de verdad en el corazón ir contra los puestos de comida navideños, pero estas tradiciones de las fiestas no son aceptables si el precio a pagar es que la cifra diaria de muertos alcance las 590 personas”.

El discurso inusualmente emocional de la canciller, instó a aplicar nuevas restricciones en los próximos días para reducir el número de nuevos contagios y, consecuentemente, el de hospitalizados y muertes por COVId-19.

Del otro lado del mundo, el presidente mexicano se dirigía a un grupo de reporteros y periodistas cooptados para cubrir sus homilías mañaneras argumentando: “Estoy haciendo un diccionario de las palabras del periodo neoliberal y del periodo postneoliberal. El otro día que tuvimos una reunión con los jefes de estado del G20 me llamó la atención una palabra que se usaba mucho, pero la repitieron varias veces es como resiliencia, eso también. ¿Qué cosa es la resiliencia? Lo pongo para que la gente porque está de moda, otra que no se usaba y ahora se usa mucho, empatía… hay simpatía o hay antipatía”.

Desde luego que sería inimaginable que López Obrador se dirigiera al Congreso de la Unión para proponer o defender medidas necesarias ante los efectos devastadores de la pandemia, porque sabe que el Estado es él y lo que decida o no, queda en su ámbito personal. Pero ese es un tema ya muy conocido y tratado-o ignorado- en todos los espacios de opinión. Lo que es destacable, más allá de un nuevo brote de ignorancia del primer mandatario mexicano, es la exhibición pública de su analfabetismo emocional.

El vocabulario de los líderes mundiales ha tenido que incorporar términos como inteligencia emocional, empatía, resiliencia, optimismo o asertividad, entre otros, debido a que existe un inevitable reconocimiento de los recientes descubrimientos neurocientíficos que nos obligan a admitir la importancia de los aspectos emocionales en el desarrollo personal, lo que ha impactado sensiblemente áreas como el trabajo, la educación, la salud, la prevención de conductas disruptivas, el liderazgo, la política y un largo etcétera. Ignorar, o pretender soslayar esta nueva y poderosa tendencia mundial, equivale no sólo a una ignorancia monumental, sino a un estridente analfabetismo que no puede, ni debe exhibir el supuesto líder de una nación.

Los estudios científicos sobre el componente emocional se remontan al año 1990, cuando el término inteligencia emocional aparece en la literatura psicológica en un escrito de los psicólogos americanos Peter Salovey y John Mayer. Sin embargo, fue con la publicación del libro La Inteligencia Emocional (1995) de Daniel Goleman cuando el concepto se difundió rápidamente.

La inteligencia emocional es un conjunto de capacidades, competencias y habilidades no cognitivas que influyen en la habilidad de tener éxito en afrontar las demandas y presiones ambientales. 

Actualmente existen muchos estudios de casos contundentes que muestran los beneficios del desarrollo de la inteligencia emocional. Se ha demostrado que las personas emocionalmente inteligentes son capaces de detectar e identificar sus emociones, de comunicarse de forma asertiva, de analizar las reacciones y comportamientos de los demás, intentando comprender el motivo de su reacción; con una alta capacidad empática, siempre reaccionan con calma ante cualquier situación (sin dejarse dominar por sus emociones). ¿El resultado? Líderes sobresalientes, personas proactivas, motivadas, seguras, personas felices.

La inteligencia emocional no es un rasgo innato, podemos desarrollarla a lo largo de nuestra vida. Para entrenarla es fundamental educar y reconocer nuestras emociones, esto aumentará nuestra autoconciencia emocional,  automotivarnos, mejorar nuestras relaciones interpersonales, desarrollar nuestra capacidad empática (aprendiendo a ponernos en el lugar de la otra persona para poder entender cómo se siente)  y potenciar nuestra capacidad de autocontrol para regular nuestro estado emocional.

Un ejemplo de la inteligencia emocional se puede apreciar en el ámbito de gobierno, ya que la creación, desarrollo y proyección de las instituciones y las políticas públicas dependen del manejo de las motivaciones vitales y existenciales de los funcionarios y servidores públicos que las ejecutan. Es una acción conjunta de interacciones como parte fundamental de crecimiento, demanda y resultados de un gobierno eficaz.

En este proceso, estructurar la dimensión emocional es clave para impulsar las prácticas políticas democráticas que incluyan variables con sentido de vida.

El contexto de la inteligencia emocional y sus dinámicas en las prácticas políticas democráticas son esenciales para encauzar un conjunto de estímulos que despierten la motivación sobre las ganas de contribuir en la formación y desempeño de los gobernados.

Los avances científicos en neurociencia, han demostrado que el desarrollo de competencias socio-emocionales como la resiliencia o la empatía constituyen rasgos neuroevolutivos que deben formar parte de las prioridades de las políticas públicas en materia de salud mental, alentadas por los gobiernos de todas las naciones.

Lamentablemente, nuestro gobierno (léase López Obrador, que sólo entiende los términos simpatía y antipatía), está muy alejado de las necesidades de desarrollo personal y salud mental de la población y las recientes declaraciones del presidente mexicano exhiben tristemente, que éste será un ámbito más (ciencia, tecnología, cultura, educación, salud, etc.) en el que nuestro país se verá rezagado de los países más desarrollados. 

Quien sólo atina a calificar como tecnicismos neoliberales la empatía o la resiliencia, sólo confirma su grado de analfabetismo emocional y proverbial ignorancia. Lamentablemente, se trata de la única persona que toma las decisiones más importantes en este país: el presidente de la república. La falta de empatía o el desconocimiento de la importancia de la inteligencia emocional por parte del habitante de Palacio Nacional, tal vez expliquen mucho de lo que ha motivado u orientado el sentido de decisiones tan controvertidas como privilegiar sus mega proyectos para la asignación de recursos, por encima de las necesidades más urgentes de la población, como la crisis sanitaria y económica que enfrentamos en estos días. El desliz del presidente López Obrador puede ser revelador de su incapacidad para tomar decisiones que afectan a la población.

No cabe duda, que en este primer tramo del siglo XXI a los mexicanos nos tocó enfrentar la tormenta perfecta: el peor gobierno, en el peor momento.