John Milton: todas las respuestas ocultas entre el Cielo y el Infierno

Milton

Se cuenta que la primera vez que John Milton meditó con seriedad —o al menos, con intenciones literarias— sobre el cielo y el infierno, era un adolescente carcomido por los deseos sexuales propios de la edad. Para el jovencísimo y futuro escritor —que ya estaba obsesionado con el pecado y la trascendencia del bien— el hecho de comprender a su cuerpo como algo más que una idea espiritual, resultó devastador. Lo fue porque hasta entonces, Milton pasaba buena parte de su vida en oración, obsesionado con la posibilidad de lo bendito y lo divino. 

Pero luego de ese primer acto de onanismo, que más tarde describiría con doloroso detalle en pequeños fragmentos de poemas dolorosos, comprendió que había un territorio inexplorado en su percepción sobre vida y concepción sobre el futuro. De pronto, no era tan sencillo dominar las pasiones, el ardor y la percepción del mal —esa gran traición del cuerpo— cómo para creer que podía escapar de la condena eterna. El escritor aún podía ver, todavía no atravesaba su gran leyenda personalísima (que le convertiría en paria y en símbolo), ni tampoco tenía idea que acabaría sus días obsesionado con la idea de la oscuridad interior. Sólo era un muchacho. Uno que comenzó a hacerse preguntas sobre la trascendencia —la mera existencia— del alma.

Muchos años después, Milton recorrió Italia hasta llegar a la gloriosa Florencia, en busca de Galileo Galilei. Corría el año 1648 y el mundo, tal y como ambos hombres lo habían conocido, cambiaba con más rapidez del que podían comprender, registrar o explicar por separado. Ya por entonces, Galileo estaba bajo arresto domiciliario luego de contradecir la teoría Heliocéntrica de la Iglesia. Un pecado tan desmesurado que el mismo papa debió meditar sobre un castigo con la suficiente fuerza como para resultar ejemplarizante para generaciones futuras. 

La Iglesia no sólo se aterrorizó por el hecho que alguien pudiera contradecir de manera directa uno de sus postulados fundamentales —saber, que el mundo humano era el centro de toda la creación Divina— sino que, además, teorizara desde la ciencia acerca de la conciencia de Dios. Galileo, con una única hipótesis, removió los cimientos de lo que el hombre consideraba cierto y como si eso no fuera suficiente, de lo que admitía como certeza trascendental.

“¿Qué ocurrirá después, de permitir la destrucción y la contradicción a la mirada divina?”, se cuenta que escribió un cardenal anónimo a uno de sus parientes en Florencia, a quien se encomendó la delicada misión de vigilar a Galileo como el expatriado de todo conocimiento que era. Se trataba de una lucha violenta, esencial y consistente en algo más profundo: la esencial pregunta de todas las épocas sobre el sentido de la vida, del mundo y de la realidad.

Milton también se hacía esas preguntas. El cuestionamiento era de hecho la raíz vital de toda la capacidad creativa del autor y tenía una relación directa y esencial con el hecho de la falibilidad. Con treinta años cumplidos, estaba obsesionado con los mismos temas que le habían despertado quince años atrás y le habían dejado aterrorizado. Todavía meditaba sobre la raíz del bien y del mal, la percepción del fenómeno ideal de la fe como algo más grande que el pensamiento secular. Estaba literalmente obsesionado con la idea de un Dios primigenio y de una creación basada en un orden mitológico que imaginaba con obsesiva claridad. De modo que, con toda probabilidad, su viaje a Florencia tuvo un objetivo concreto: conocer al hombre que negaba la versión esencial en su manera de comprender su propia existencia. John Milton creía en la posibilidad de la divinidad, mientras que Galileo en la necesidad de encontrar un debate a fondo sobre la realidad física de los fenómenos que se asumían inexplicables. Por extraño que parezca, aunque el astrónomo era un anciano y Milton un joven, tanto a uno como el otro le separaban milenios de creencias y certeza filosóficas.

Hay pocos datos sobre la reunión. Por supuesto, varios biógrafos especulan que ambos personajes se miraron a décadas de distancia uno del otro para comprender el planteamiento que les unía: la posibilidad de Dios. Por entonces, Galileo ya había sido obligado a retractarse de su teoría científica acerca de la Tierra que giraba alrededor del Sol y el anciano lo había hecho, llevado por un primario sentido de la supervivencia. Su ya célebre postulado recogido en Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo (El Diálogo sobre los dos sistemas mundiales principales), insistía en el hecho que la Tierra era otro cuerpo celeste, uno de tantos, además, que giraban alrededor del sol. 

El conocimiento era una contradicción directa de la idea de la creación al servicio del hombre y sacudió a la cristiandad entera. Era una herejía, pero también un bofetón violento a la percepción del hombre bendito, creado a imagen y semejanza de un Dios omnipotente. ¿Quién era entonces, esta criatura bípeda que construía Iglesias y alababa a los cielos sino una especie de casualidad cósmica? La teoría de Galileo provocó terror y llegó a provocar dimisiones en la mismísima Santa Sede. Sacerdotes que se hicieron preguntas sobre la procedencia del bien y del mal, del dolor como fruto real del azar. Si Dios no sostenía al mundo… ¿qué había al otro lado del abismo plano que cortaba a la realidad conocida en dos?

Milton, que ya por entonces era un poeta medianamente conocido, debió aterrorizarse también, porque, de hecho, su enfoque sobre la Tierra y la existencia tenía una relación directa con la percepción de la mitología religiosa. Aunque mucho más joven que Galileo, sus ideas eran mucho más anticuadas y a los veinte, ya imaginaba con vívido detalle al mundo que colgaba de una cadena de oro, a imperios celestiales y batallas violentas en medio de la búsqueda de lo sacro. 

Los primeros poemas que después se convertirían en la clásica obra El Paraíso Perdido, tenían un lustre legendario que, sin duda, provenían de la intención del autor de llevar toda el relato de la Biblia a un estrato épico y literario por completo novedoso. Pero antes de ese paso, de ese trascendental recorrido, Milton pasó buena parte de su primera juventud en medio de imágenes perpetuas del Cielo y el Infierno convertidos en lugares de leyenda, habitados por un Dios en su trono radiante y los ángeles que le rodeaban, más como una multitud belicosa que como un coro ejemplar. 

Milton fue el primero en asumir que Occidente precisaba de un ciclo mitológico más allá del heredado de Grecia y Roma, de hacerse preguntas retóricas sobre la existencia de la Divinidad y cuáles eran las consecuencias de algo semejante, sobre la especulación de lo que consideraba tangible.

De modo que la investigación de Galileo debió impactarle. Por primera vez un hecho científico se mostraba como una cualidad real, sin debate posible. Y fue esa concepción de lo que podía significar ese único conocimiento lo que desconcertó al joven escritor lleno de ideas, sueños e imágenes radiantes, en las que las divinidades tenían vida propia. Conocer a Galileo fue un impacto. Uno además perdurable. Aunque no hay registro veraz de la conversación entre ambos —corta, sucinta y sometida al escrutinio de la vigilancia— , se sabe que el viejo astrónomo le mostró uno de sus telescopios hechos de latón y cristales superpuestos, le mostró la casa llena aún de bosquejos sobre el sol y la luna —los que no habían sido quemados— y que al final comieron juntos pan y vino sentados junto a la única ventana. Todo esto, por supuesto, bajo el ojo atento del hombre que debía velar que Galileo no volviera a repetir en voz alta sus teorías. 

Pero en medio del silencio estaba Dios: la concepción mucho más sofisticada y nueva del viejo científico, la arcaica del joven escritor. Uno y otro creían en el miedo, en la posibilidad de los milagros y la concepción del absurdo, aunque por razones distintas y desde extremos opuestos. “Dios es el motivo de todas las preguntas” escribió después Milton sobre la corta entrevista. Y quizás, esa frase resume mejor que ninguna otra sus inquietudes con respecto a la corta y singular visita.

Un mundo nuevo

John Milton nació en Londres el 9 de diciembre de 1608, una época de ruptura que, sin duda, moldeó su carácter. William Shakespeare moriría 7 años después y ya por entonces, su legado se debatía en voz alta, como si El Bardo ya hubiese perdido su lugar en el mundo. La literatura era considerada un reflejo de la realidad y en específico, un debate consecuente sobre la cultura y los medios a la disposición del conocimiento. Eso, a pesar de la lucha de la religión contra las preguntas filosóficas y en especial, la percepción del hecho del cuestionamiento como un pecado peligroso. Incluso en la protestante Inglaterra, en la que Elizabeth I había dejado claro que los científicos, poetas y pensadores tenían un lugar en su corte, la influencia del Vaticano era un peso real a tener en cuenta. 

El reino británico era un espacio insular que debía batallar contra la presión externa cultural e intelectual. El resto de Europa obedecía al Vaticano y lo hacía, con la temerosa obediencia de quien desea evitar un enemigo con la suficiente capacidad para golpear con fuerza. Así que Inglaterra, en donde la religión también era un asunto de Estado pero que a la vez, era una concepción elemental sobre las relaciones de poder entre viejos estamentos de control, también había una cierta presión sobre el ámbito intelectual. Ese peso invisible que tenía su significado en medio del crecimiento académico, la forma en que florecían las artes y en especial, los diversos temas que se especulaban en lo literario.

Pero por supuesto, el Reino también tenía una considerable cantidad de problemas que orillaron lo religioso a un terreno específico, en medio de batallas mucho más complejas y necesarias. La reina Elizabeth I había muerto en 1603 sin dejar descendencia, lo que permitió la llegada de los Estuardo al poder en la figura de Jacobo I, que era también rey de Escocia e Irlanda. Con el ascenso al trono de su hijo, Carlos I de Inglaterra, las tensiones entre el parlamento y el monarca comenzaron a amenazar la monarquía. Una confrontación que, por supuesto, usaba a la religión como escudo y que sacudía de un lado a otro la concepción del bien y del mal a conveniencia del trono. La religión, que en el resto de Europa era un fenómeno que reconducía la voluntad popular y sostenía una clara percepción sobre la identidad colectiva, era en Inglaterra una incógnita con pocas respuestas y también, un extraño debate público que elaboraba una condición acerca de lo moral que beneficiaba al trono.

En medio de semejante clima, Milton creció como un joven ambicioso que deseaba escribir y lo hacía desde muy joven. A los catorce ya hablaba con soltura las lenguas clásicas gracias a Thomas Young, y cuando en 1625 fue admitido al Christ’s College en Cambridge, ya era conocido por su brillante inteligencia y su capacidad creativa. Muchos de sus biógrafos insisten en sus discusiones con maestros y tutores. Su carácter áspero, además de su terquedad: un libre pensador en ciernes que utilizaba la dialéctica como una herramienta de expresión. Su conducta provocaría una serie de pequeños enfrentamientos con diferentes figuras de autoridad. 

De esos años, datan sus primeros poemas On the Morning of Christ’s Nativity, que se publicó junto a una docena más de pequeños fragmentos y textos, en los los periódicos de la universidad. Ya por entonces Milton estaba obsesionado con el cielo y el infierno y no sólo en sus versiones metafóricas. Creía en la posibilidad de entidades invisibles, pero también, en explicaciones mucho más cercanas a lo místico sobre lo inexplicable. No era en especial reaccionario ni tampoco fanático —se insiste mucho en su cualidad como pensador reflexivo— pero al final, la condición de cada uno de sus textos parece relacionada con el hecho de profundizar en la idea sobre la cualidad moral del hombre, reflejo de un Dios primigenio y un espacio teologal que por entonces, no tenía una definición clara para Milton pero que se elaboraba y se percibía como un hecho concreto.

Con toda seguridad, los primeros borradores de El Paraíso Perdido, su obra más conocida y en especial, la que marcó un antes y después en la percepción de lo filosófico como vehículo de fe, datan de la época, aunque no hay pruebas reales sobre el hecho, más allá de las especulaciones de los biógrafos acerca de la multitud de intereses de Milton. El poema, que relata con detalles guerras celestiales y caídas al inframundo, tiene el mismo poder de La Divina Comedia de Dante Aligheri y seguramente, el mismo trasfondo político. 

Ambos escritores tenían un profundo interés por el momento cultural que atravesaban, eran librepensadores y críticos al poder establecido, además que ambos fueron exiliados, antes o después, por sus opiniones en contra de figuras de considerable importancia en sus respectivas épocas. Pero en el caso de Milton, además, la conexión es mucho más directa: durante toda su vida, se enfrentó antes o después al poder, a la corrupción de la Iglesia y la concepción del mal primigenio — “El que nace de la perversión del poder”— por todos los medios a su alcance, lo que claro está, incluyó la escritura.

Un buen ejemplo de su obsesión por la defensa de sus ideales, ocurrió en medio de los sucesos que seguirían a la muerte del Lord Protector Oliver Cromwell. Sin su principal promotor, la Commonwealth se derrumbó de inmediato, como si dependiera por completo de su creador para mantenerse en pie. Milton, sin embargo, continúa aferrándose como pudo a los principios de la república y a principios de 1659 escribe y publica a riesgo de ser encarcelado A Treatise of Civil Power, un largo ensayo que denuncia la unión de Iglesia y Estado.

A pesar que en buena parte de sus escritos y poemas, Milton profundiza con cuidado sobre la religión como idea transcendental, comprendía lo suficiente el poder emocional de la creencia como para considerarla peligrosa para la ejecución del poder. Esa postura, se mantendría durante buena parte de su vida y permite entender que Milton, más que un devoto, era un hombre interesado en la profundidad de la idea de la divinidad como definición del hombre y su entorno espiritual.

“Hay todo un mundo nuevo en la búsqueda de la conciencia”, escribió en en 1667, abatido por los rápidos cambios del mundo que le rodeaban. Pero con toda seguridad también fascinado por su importancia y peso. Es el mismo año usó por primera vez el término pandemonium —“todos los demonios”— para describir el palacio que Satanás y sus seguidores en el Infierno. Fue una de las tantas palabras que creó e inventó para el nuevo territorio de lo inquietante que habitaba en el extraño mundo que imaginó para demonios y ángeles. 

Por curioso que parezca, también fue en El Paraíso Perdido, la primera vez que se usó la palabra autoestima, con la que Milton describió el “amor propio a pesar de la ruptura con el cielo y los dolores del infierno”. El Satanás de Milton lleva un escudo muy parecido a la luna vista a través del telescopio de Galileo y de hecho, varias de las frases y escenas que describen el enfrentamiento del ángel caído contra el poder omnipotente y extraordinario de Dios, juegan con conceptos inquietantes sobre la pérdida de la libertad de “la palabra”, la búsqueda del tiempo y la recreación del transcurrir de las épocas. 

En un borrador de la obra “el mundo nuevo”, que Milton imagina, está relacionado con el tiempo que transcurre, con el puño del poder que sostiene y presiona a sus contrincantes y al final, incluso una velada alusión al confinamiento de Galileo, en esa batalla entre la palabra y la libertad. Un cielo a la medida de las ambiciones del hombre y un infierno, como una mirada a sus mayores temores.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.