El hospital infinito

Foto Szabo Viktor en Unsplash

HOSPITAL INCURABLE / POR: ADRIÁN LOBO

Francisca Cruz García, in memoriam.
A la jefa Pame, Eli P., mi tía Rosy y a la única Enfermera Cirujana.
Con mi felicitación por el día de la enfermera a todas las compañeras del Sector Salud, específicamente las del H.G.D.A.V. 

Las historias en el hospital, en este caso el H.G.D.A.V., no tienen fin. Imagine usted; más de cincuenta años en los que cientos, quizá miles de personas, han concurrido ahí para trabajar, además de los incontables pacientes que hemos atendido y los visitantes que hemos recibido. Multiplíquelos por toda la gama de emociones que es capaz de sentir el ser humano y tendrá apenas una idea de cuántas vivencias atesora el hospital en su interior.

Algunas buenas, otras no tanto; situaciones jocosas, dramáticas, conmovedoras e indignantes también, sólo por mencionar algunas.

En mi familia materna no faltan esas historias, creo que mis abuelitos se conocieron trabajando ahí. Mi abuelita acudía primero a auxiliar a su madre en la lavandería, donde trabajaba, de manera que era conocida por algunos médicos. Entre ellos nada más ni nada menos que el famoso doctor Manuel Canseco Landero, gineco obstetra quien fuera el primer director de la Escuela de Medicina de la Universidad Benito Juárez. 

Para mí que el doctor notó el ingenio y la vivacidad de la entonces joven Panchita. Vio acaso el doctor en ella también la aptitud y la inteligencia necesarias y recomendó a Julita, mi bisabuelita, meterla a estudiar enfermería, algo a lo que él mismo se ofreció a ayudar. Una vez enfermera el buen doctor la invitaba constantemente a hacer guardias en su famosa clínica particular, el «Sanatorio Canseco Landero», lo mismo que a un selecto grupo de enfermeras que conocía del hospital civil. 

Por cierto que, muchos años después, en una sección de lo que fue la primera sede de la Escuela de Medicina, en donde ahora está el Centro de Idiomas de la UABJO, específicamente en la esquina que forman las calles de Armenta y López y Burgoa, se estableció una especie de extensión del H.G.D.A.V. llamado «Maternidad Dr. Canseco Landero». También ahí estuvo asignada mi abuelita Panchita, lo que le resultaba muy conveniente por estar muy cerca de su domicilio, en el barrio de La Noria.

Algo que no me gusta de mi tierra es que ha imperado en ella un racismo muy fuerte. Supongo por ser esta parte de México tan diversa y compleja en cuanto a las etnias que aquí confluyen. Pongo como ejemplo el caso de la nación Yope. Ésta etnia habitaba en una zona del actual estado de Guerrero, donde eran tenidos por valientes guerreros que no se sometían y por el contrario se rebelaban ante los blancos invasores y sus aliados indígenas. De modo que fueron objeto entonces de persecusión, siendo casi completamente dispersados principalmente hacia zonas mixtecas. 

Supongo que el término «yope» era usado en esos lugares donde recalaron, para señalar a extranjeros, seguramente indeseables para quienes habitaban esos territorios. Y como frecuentemente sucede, los locales también les atribuían cualidades despreciables. Fue así como el gentilicio terminó siendo un vocablo despectivo que a la fecha no es difícil escuchar, al menos en la ciudad de Oaxaca. Recuerdo haber visto una película biográfica de Benito Juárez, en blanco y negro, por supuesto, que a la fecha, enero del 2021, tendrá no menos de sesenta años. En una escena se escucha a uno de los personajes referirse al Benemérito de las Américas como «indio yope». Obviamente no estoy diciendo que ese era el trato que recibía el paisano Juárez, sino que ha quedado ahí constancia del uso despectivo del término.

Pues bien, en la época de juventud de mis abuelitos persistían ese fuerte racismo y la marcada división en clases sociales. Mi abuelito era seguramente objeto de constantes burlas por hablar zapoteco, su lengua materna. Tanto que jamás quiso enseñar a sus hijos ni a sus nietos el idioma. «Otra cosa, mejor aprendan», solía decir, cuando se lo pedían. Pesaba sobre él la experiencia de haber sido su lengua motivo de burlas y desprecio. 

Él por muchos años fue jefe del extinto H. Departamento de Intendencia del hospital, a cuyos miembros se referían despectivamente los trabajadores del hospital como «mozos». 

La relación de mis abuelitos y su posterior compromiso matrimonial no era bien vista por los médicos que la conocían. Quizá pensaban que ella, siendo enfermera, quizá podría haber «aspirado» a un «buen matrimonio», con un médico. Murmuraban: «Miren nada más, con quién se va a casar Panchita, ¡con un mozo!»

Todavía ahora, ya bien entrado el siglo XXI, he podido escuchar a pacientes adultos mayores referirse a personal de la rama paramédica como «mozos».

Pero resulta que ese «mozo» fue sin duda el mejor esposo que pudo haber tenido Panchita. Hombre amoroso que le cantaba y le escribía tiernas dedicatorias amorosas al reverso de algunas fotografías. Fue ese mismo hombre que siempre le dio todo su apoyo y en más de una ocasión la sacó de algún apuro.

Como aquella vez que Panchita estuvo a cargo de un paciente muy peculiar. Era un detenido que estaba sujeto a una investigación por su supuesto involucramiento en un crimen. El cual no tenía permitido abandonar el hospital si no era escoltado por elementos policiales.  

Pues bien, de alguna manera este individuo se las arregló para convencer a Panchita de dejarlo ir. Y se fue. Con la salida de él, Panchita se metió en un grave aprieto ya que empezaron a señalarla de cómplice, mientras se aclaraba el caso, con todas las posibles consecuencias que eso conlleva. Pues bien, allá fue mi abuelito, a buscar al interfecto, logrando finalmente localizarlo, supongo que en su domicilio. Pero la hazaña no fue esa, sino haberlo convencido después de encontrarlo, de volver al hospital por su propio pie y por su propia voluntad, quedando así Panchita libre de toda sospecha que hubiese podido caer sobre ella una vez aclarado todo.

Hay muchas otras historias no específicamente relativas a mi familia, algunas que seguramente han llegado a mí con una buena dosis de exageración, otras que mi memoria seguramente ha terminado por desvirtuar. Algunas otras prefiero no comentar; por pudor mío y de los involucrados o incluso por lo que podría resultar de hacerlas públicas. Quizá exagero, no lo sé. Por lo pronto quedan reservadas a mi libro que espero publicar este año, aunque sea en PDF, si ninguna editorial se interesa.

De cualquier forma, ahora que un nuevo año inicia, pienso en cuántas experiencias más tenemos por vivir, me pregunto si pronto todo el asunto del COVID será una más que hayamos superado. Así como lo es ahora todo lo que se vivió con lo de la influenza AH1N1. Quiero imaginar también lo que sucederá en cuanto al tema de la «Federalización», y si terminará por concretarse en este año. De momento me resulta muy interesante el hecho de que hay en el hospital personal de nuevo ingreso, contratado directamente por el INSABI, en donde no han podido los sindicatos meter sus sucias manos. ¡Qué bien! En parte por el asunto de la pandemia y en parte porque los S.S.O. están en vías de extinción. El caso es que, aunque todavía hay manejos turbios en los asuntos laborales por parte de funcionarios estatales que trafican con puestos y nombramientos, según se dice. Al menos eso se puede esperar que pronto terminará. 

Recuerdo también momentos como aquél cuando recibimos en el Servicio de Valoración a un extranjero que había resultado herido en un accidente. Una enfermera que iba pasando me comentó por lo bajo:

— ¡Ay, qué bárbaro! ¡Está todo quemado! — A lo que yo le respondí:

— ¡Jefa, es extranjero, es un haitiano afrodescendiente! ¡Su piel es así! — Se lo dije también como en tono de confidencia. A lo que ella sólo respondió con una expresión como de vergüenza por la confusión.

En otra ocasión, en el servicio de Urgencias Adultos se había admitido a otro extranjero, al parecer estadounidense.  En ocasiones así suele haber complicaciones, barreras de lenguaje, usted sabe, porque no todos en el hospital hablan inglés. Afortunadamente en ese momento estaba presente un médico a quien solía ver por ahí, creo que era residente porque después no le he vuelto a ver, era un agradable sujeto y además muy competente. Como nadie acompañaba al paciente en un momento dado quiso comunicarse con alguien para avisar del contratiempo y le preguntó al susodicho si le podían permitir hacer una llamada telefónica.

A pesar de todo lo que me agradaba el médico, creo que se vio un poco avaro o egoísta porque a pesar de responder que sí era posible no olvidó tampoco comentarle que la llamada tendría un costo que debería cubrir el propio paciente.

—Oh, yeah, no problem! But they will charge you…— Le dijo. Y es que, claro, no estaban todavía disponibles en el mercado los paquetes con llamadas ilimitadas que ahora son tan populares. Y si era de larga distancia había el riesgo de que fuera más costosa que toda la atención médica recibida. Usted sabe, TELMEX y TELCEL.

Además de esas pequeñas historias cotidianas están otras de las que hablaba antes. Aquellas que se han olvidado un poco o se han desvirtuado o se conocen a medias. Creo ahora recordar, por ejemplo, sobre un curioso personaje a quien se señalaba, quizá en tono de burla nada más, de robarse las bacinicas del hospital. Fue hace mucho tiempo.

Recuerdo haber visto, hace muchos años también, cómo una persona con gran sigilo y cautela marcaba cuando no había nadie por ahí las tarjetas de otros trabajadores a la hora en que supuestamente debían llegar. Cosa que por supuesto no hacían, pero tampoco se preocupaban por eso ya que el asunto estaba arreglado de antemano.

También recuerdo haber escuchado que se comentaba que algunos encargados del almacén de víveres curiosamente y por alguna oscura razón terminaron teniendo sus propias tiendas de abarrotes. Cuestión de aprender el negocio, quizá. De agarrarle el gusto o de hacer contactos con proveedores, tal vez. Vamos, para no pensar mal. Y una vez oí a una enfermera comentar sobre un potencial conflicto diplomático internacional a causa del brazo amputado de un ciudadano italiano que se atendió en el hospital.

Una ocasión en que no estuve y me habría gustado estar presente fue cuando mi ídolo, el gran Cepi, Cepillín, el payasito de la tele, fue al hospital a visitar a los pacientitos del Servicio de Escolares. No lo habría importunado pidiéndole una foto o un autógrafo, no iba a eso, por supuesto. Pero con poder saludarlo me habría conformado. 

No me crean ustedes mucho, pero creo que alguna vez también se apareció por ahí la cantante Nadia Ivonne. Y en otra ocasión en que representantes de un laboratorio llegaron al hospital, llevaban con ellos a un tipo en una botarga con un equipo donde traía café caliente en algo así como una mochila o termo gigante que cargaba sobre sus espaldas y del cual iba obsequiando a todos quienes encontraba a su paso. Seguramente Santa Claus y Los Reyes Magos alguna que otra vez se han aparecido por ahí también alguna vez.

Adrián Lobo. 

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