Contar la vida como un cuento singular

Ilustración: W. Woods

“Felices los que no dudan de sí mismos y cuyas plumas vuelan por la página”, escribió Gustave Flaubert en 1847. Tenía 25 años, había decidido ser escritor y todavía no tenía una idea muy clara sobre qué deseaba escribir. En lo que sí estaba convencido, es que dedicar su vida a la palabra, no era un asunto sencillo y se proponía a recorrer la travesía de la forma más pulcra posible. Ya por entonces, insistía en que un párrafo sólo estaba terminado cuando se utilizaba las palabras correctas y se lograba un párrafo “bien proporcionado”. 

Flaubert era un hombre ambicioso, pero también un perfeccionista que tenía toda la intención de dedicar una buena parte de su vida a mostrar el mundo tal y como lo veía. “No miro, contemplo”.

A la distancia, el matiz puede ser insignificante, pero para el escritor no lo era. Famoso por su realismo y en especial, la necesidad de analizar la cuestión de la escritura como una progresión hacia un tipo de elocuencia difícil de alcanzar, Flaubert estaba convencido de que ningún texto era bueno del todo. “¿Lo entiendes? Debo y me exijo que cada palabra describa un sentimiento o una situación. Debe hacerlo bien, con claridad. Que no quede ninguna duda sobre lo que deseo transmitir”. El escritor estaba convencido de que la precisión al momento de redactar, era un requisito de enorme importancia para dotar a cualquier obra de personalidad. 

El empeño, que en sus primeros textos era evidente y después, rayano en lo obsesivo, le hizo conocido por su lentitud para escribir. Sus editores se habituaron a largas esperas y sin duda, correcciones que se convertían en debates cada vez más complejos a medida que Flaubert se hacía más exigente. Cada uno de sus libros tenía al menos tres revisiones y varias versiones distintas. Solo Madame Bovary tuvo cuatro e incluso, una edición en dos volúmenes, que llegó a las librerías en 1859.

Pero el Flaubert de 25 años todavía era feliz sólo por el hecho de escribir. Y por el momento, se contentaba con enviar cartas a su amante Louise Colet, para hablar de esa idea tan abstracta y aun no muy clara de una novela titulada Madame Bovary. Hasta entonces, el escritor había intentado completar varias novelas, sin lograr que su ideal sobre lo que la literatura debía ser, coincidiera con su pulcritud estética. 

Las posibilidades iban y venían, las hojas tachadas y vueltas a reescribir también y al final, Flaubert terminó por creer que su capacidad para hacerse un escritor de renombre y vivir del oficio, pasaba por cierta renuncia a su personalidad artística. 

Colet se opuso y le animó a insistir. En especial, luego de que el escritor dejara claro que su propósito como parte del mundo literario era el reconocimiento a un tipo de forma de escribir por completo única. “Quiero contar el mundo, detalle a detalle. Con una cristalina razón sobre el motivo por el cual avanza hacia una u otra dirección”. 

A pesar de ser tan joven, Flaubert tenía una extensa fama como “intratable e irascible” y según críticos como Charles Augustin Sainte-Beuve era “supremamente seguro en cuestiones de arte pero atormentado por la inseguridad, un ermitaño estético y un habitual en los salones de París”. O como resumiría Colet en una carta cariñosa “un viejo perro rabioso romántico”.

Por supuesto, un hombre con semejante talento era un narcisista. Como el segundo hijo de una pareja acaudala —Achille Cléophas, cirujano en jefe del Hospital de Ruan y de Anne Justine, emparentada con algunas de las más antiguas familias de Normandía— desde muy joven, Flaubert hizo cuanto le vino en gana. Un modo de vida que mantuvo hasta la vejez. El escritor no tenía restricciones morales o intelectuales para disfrutar del lujo, a la vez de dedicar horas de debate sobre el origen estético de sus obras. 

Como si eso no fuera suficiente, amaba escuchar el impacto de su obra en otras. Tenía un amplio círculo de amigos, a quienes agasajaba por el interés de ser escuchado. George Sand (Aurora Dupin), era la más fiel de todos ellos y la que solía pasar más tiempo en compañía del joven Flaubert, escuchándole leer, en pleno debate sobre la creación o sólo pasando el tiempo juntos. 

“Me lee trescientas páginas excelentes” escribió Dupin en su diario en 1868. “Estoy fascinada”. Lo mismo que Colet, que se enamoró de un hombre que consideraba “único, extravagante y extraño” y con el que compartió intimidad, pero jamás opinión por casi diez años. “Eres apasionado, decidido y miope” se burló con cariño en una de sus interminables misivas. “Intenté amarte y amarte de una manera que no es la forma de los amantes”, dijo luego de larga discusión sobre “la palabra justa”, la gran obsesión de Flaubert. “Eres brillante, insoportable. Un demente iluminado”.

En el valle de las páginas abiertas

Según el libro de Juliette Azoulai L’Âme et le corps chez Flaubert. Une ontologie simple, Flaubert asumía el pesimismo como una condición necesaria para comprender el mundo. Por supuesto, se trataba de una idea que formaba parte de la época en la que nació y que después, se popularizó a través de la literatura, pero para el escritor la desesperanza era una forma de comprender su evolución espiritual. 

Lo sostuvo entre sus círculos más cercanos, lo repitió en cada oportunidad posible en los debates en los que participó en sus momentos más brillantes y al final, se convirtió en una parte reconocible de su estructura narrativa. Para Flaubert, la idea de que el mundo era en esencia malo y estaba destinado a cierto derrumbe emocional inevitable, era imprescindible para comprender la tendencia al desastre de la cultura y la sociedad.

Quizás por eso, todas sus novelas tienen un extraño aire de lento derrumbe emocional. Incluso, en los momentos más radiantes y emotivos, Flaubert incorpora la concepción del mal latente e interior, un preludio de la noción sobre la identidad autodestructiva que sería un elemento esencial de las novelas del siguiente siglo. 

El escritor se obsesionó con la matizada belleza del dolor y el sufrimiento, para reflexionar acerca de la condición humana desde la oscuridad. Y lo hizo, sin caer en el tremedal de la angustia gótica o la desilusión violenta de las novelas dramáticas. Flaubert encontró una forma de narrar los desastres invisibles de lo cotidiano de una forma poética, depurada y por supuesto, sentida. Pero en especial, el autor francés logró en todas sus obras, un tipo de realismo pragmático muy cerca de lo patético, que al final convirtió en pura amargura. La mezcla dotó a cada una de sus historias de un subtexto profundo que sorprendió a sus contemporáneos por su agudeza.

Por ese motivo, a Flaubert se le recuerda y su obra se celebra, gracias al realismo literario con el que dialogó a la vez con varias percepciones sobre la identidad. Eran tiempos anteriores al psicoanálisis o cualquier forma de estudio de la mente humana, más allá de la fantasiosa creencia sobre la posibilidad de la identidad como ente dividido y sin relación con el universo físico del hombre. 

Pero Flaubert, necesitaba comprender el poder de la creencia y también, del pesimismo que provoca la pérdida de la fe, para analizar a sus personajes. Todas sus criaturas literarias sufren de heridas profundas, que les empujan hacia regiones oscuras y dolorosas de su mente. Que les hacen tomar decisiones incomprensibles, impulsivas, apasionadas. Esa cualidad del hombre sujeto a su mundo interno, en pleno sufrimiento, es uno de los puntos más poderosos del conjunto de su obra.

Además, Flaubert era un hombre en constante crecimiento interior. Uno que necesitaba encontrar una forma de recorrer lo que la cultura exigía de él —“Lo que debo decir, cómo planteamiento y cuestión esencial— como algo más que una serie de ideas elaboradas. De hecho, por esa concepción sobre el absurdo existencial es que la mayor parte de su obra atravesó un debate interno de considerable interés, que llevó a convertir todas sus novelas en debates morales o al menos ético. 

Como ocurrió con La tentación de San Antonio, que obligó al escritor a replantearse su percepción sobre la escritura, lo maravilloso y milagroso. Considerada una de sus obras más importantes, Flaubert comenzó a trabajar en la idea de mostrar la vida de un santo de especial interés académico, desde el origen de sus tentaciones. O al menos, de la forma en que la tentación podía analizarse como algo más elaborado y consistente que el temor a perder la Gracia Divina.

Con sus elementos fantásticos y su interés en lo ocurrido a San Antonio durante su travesía en el desierto, Flaubert intentaba mezclar su interés por lo prosaico con algo que conectara al hombre común con lo sacro. Pero el resultado no le agradó. O al menos, no al Flaubert de 1849, que comenzó a escribir la enrevesada historia con la intención que fuera su primera novela en publicarse. 

Pero poco a poco, descubrió que las abstracciones, la percepción del miedo y sobre todo, la mirada del santo sobre lo asombroso, eran en realidad sombras pálidas sobre preguntas más inquietantes y acuciosas, todas relacionadas con la naturaleza humana. ¿Podemos ser santos por el mero hecho de renunciar al espejismo de la pureza? ¿Hay una búsqueda del bien esencial como parte del pensamiento humano en su forma más primitiva?

Pero obviamente, una propuesta de semejante ambición, no resultó del todo sencilla de desarrollar y Flaubert pasó más de un año, en el intento de dar forma coherente a la serie de situaciones entre fantásticas y mágicas, en contraposición con lo humano, que formaba parte del argumento. Incluso uno de sus amigos más cercanos, el escritor Maxime Du Camp, insistió que el manuscrito “merecía el fuego en lugar de la imprenta”. Aterrorizado por las consecuencias que podía tener para su futura carrera literaria un fracaso temprano, comenzó a trabajar en el borrador de lo que después se convertiría en Madame Bovary. 

No obstante, Flaubert siguió obsesionado con lo que había imaginado gracias y a través de San Antonio, por lo que no cejó en el empeño de publicar esa singular red de interconexiones entre lo humano y lo divino. Por último, publicó la historia en 1874 como guion. Y se sorprendió por el buen recibimiento que tuvo. 

Después insistiría en que la travesía de Las tentaciones de San Antonio le habían demostrado que el instinto creativo “no es infalible, pero sí, muy acertado”, y aunque jamás fue tan prolífico como el resto de sus contemporáneos, si escribió lo suficiente— y siempre con un riesgo aparejado— para abrir paso a toda una generación de escritores a los que deslumbró e inspiró.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.