Cielos sin albatros

Foto Diego PH en Unsplash

Por: Gwenn Aëlle Folange

Siempre me he sentido extraña, fuera de lugar. 

Aunque lo de siempre es una especie de exageración, claro que no recuerdo mi vida de bebé o de niña muy chica.

Pero sí, mis primeros recuerdos se mueven dentro de  una atmósfera  de rigor, de voces acalladas y de equilibrio incierto entre mi mundo y el de los demás.

Voces acalladas dentro de mi mente, en la que se quedaban, flotando. Fuera de mí, nadie las oía aunque mis padres habían tomado la costumbre de hacerme caso al advertir yo de algún peligro, salvando una vez a mi hermana, de escasas semanas, de ahogarse en su vómito. Esto no habría sido ninguna rareza si no hubiéramos estado nosotros en una playa y dicha hermana, lejos, en el cuarto del hotel. Noté esa vez, y sí, lo recuerdo, una luz diferente en la mirada de mis padres. 

Mirada única la de mis padres que no se reflejaba en lo absoluto en la de los demás.

Tomé la costumbre de callar, de no evidenciar ni con el índice ni con la voz lo que podría pasar, aguantando a veces días de angustia en lo que finalmente sucedía lo marcado por… por alguien, algo, que yo no identificaba como siendo parte de mí, más bien como un invasor de mentes y de corazones. 

Mi adolescencia transcurrió, sin grandes sobresaltos, seguí evitando conversaciones, evitando personas, evitando todo.

De noche, soñaba. A veces despierta, onda  “Quiero un primer beso apasionado”, o dormida, terribles pesadillas en las que el agua todo lo invadía o en las que los techos de todas las habitaciones me quedaban bajos, muy bajos. Luchaba siempre por salir de alguna casa que no tenía puertas o por salir de inmensos charcos de aguas turbias.

Me volví solitaria. No más que antes, pero ahora ciertas personas pensaban que lo podían recalcar, a mí cuando era compañeros de clase, a mis padres cuando eran maestros. Mis padres hicieron caso omiso de las habladurías, espero que por sabiduría, y no por indiferencia. Yo no pude, cada palabra quedó marcada en mi al rojo vivo.

Me seguía sintiendo fuera de lugar, mi cuerpo no encajaba con la moda de las tiendas, mi mente no encajaba con la moda intelectual y mis emociones hacían lo que el agua de mis pesadillas, se desbordaban. No tuve más que  dos o tres amigas y una de ellas me reclamó un día que la trataba yo de “jalar hacia mi manera de ser”, me dijo que le pedía yo demasiado, que ella no quería sentirse atrapada en un mundo paralelo como el mío. Otra amiga decía disfrutar de mi locura y como me aceptaba tal cual era, yo la quería más que a las otras.

Empecé a mentir con tal de no contestar a la pregunta fatal de “En qué piensas”. ¿Cómo confesar que pensaba mis monstruos, que los oía dentro de mi cabeza y que los sentía desgarrarme por dentro?

Porque era solitaria por obligación, no por gusto.

Al volverme menos adolescente, casi adulta, me fui de casa. Viví sola, dueña al fin de mi tiempo, de mi desorden, de mis ensueños y pronto de mis pesadillas. Aprendí a reconocer presagios en ellas, a ordenarlas por importancia. Aparecieron tiburones dentro de mis noches, lluvia y a veces el viejo sótano de la casona familiar, la de los abuelos. Incluso llené durante años un diario de sueños, cotejando indicios, anotando fechas, palomas verdes para los que se cumplían conforme a lo que yo había entendido y taches rojos a los que no. Era como un diccionario de signos.

Supe antes que todos de la inmensa catástrofe de aquellas torres, del avionazo del día siguiente. Me rebelé. Pedí, apoyada en mi ventana, no soñar más si no podía salvar a nadie. Y mis noches se volvieron oscuras, silenciosas, lentas.

Trabajaba, claro, que la renta no se paga sola. Ni los antidepresivos.

Entre los demás, me veía, con esos ojos míos que me siguen a todas partes, como algún extraterrestre mal disfrazado, como un australopiteco llegando a Roma bajo Julio César o como yo, sólo yo perdida en un mundo ajeno, hostil a veces.  Pero logré superar aquello que los demás catalogaban como timidez extrema y empecé a hablar con otros, sobre todo en línea, la pantalla entre ellos y yo lo facilitaba todo.  Tomé cursos, empezando por manualidades, – qué de cerámica pinté-, hasta sanaciones diversas. Incursioné en la acupuntura, siendo atravesada por agujas infinitas, y en la medicina, por series interpuestas. Fui doctora de emergencia o científica huraña inventora de medicamentos mágicos y descubrí los meridianos del cuerpo humano. 

Y transcurrieron días, semanas, meses y, claro, años.

Más adulta, mucho más, decidí usar mis diferencias para ayudar, a los demás y a mí. Impuse mis manos sobre cuerpos ajenos, sané, curé, acompañé. Aprendí a escuchar, que por tanto pasear sólo en mi  mente, me costaba no interrumpir a los demás con alguna solución, no milagrosa pero sí evidente a mis ojos. Las voces de otros acompañaron a las mías dentro de mi cabeza y, curiosamente, hubo menos ruido

Decidí también dar otra oportunidad al mundo de los sueños, de las premoniciones. Y quien me escuchaba ese día, decidió también que yo estaba lista para soportar noches terribles, llenas de animales agazapados, de lluvias interminables, de playas negras y desiertas, de terribles tiburones que lograban salir del mar y atacar. 

Fui capaz de explicar, de esperar, de volver a empezar.

Supe de la muerte de mi padre tiempo antes de que realmente sucediera. De otras también. No pude evitar ninguna.

Y entendí que esos sueños no servían para proteger ni para protegerme, sino para aceptar.

Aceptar que al final de tanto ruido y corretizas, miedos, envidias y enojos, no hay más que entender que algunos sucesos no dependen de nosotros. Y fue más fácil despertar por las mañanas. Aprendí a sonreír antes de abrir los ojos, antes de estirar mi cuerpo.

Cuando imponer las manos fue demasiado, cuando ver tantísimos colores alrededor de los demás me empezó a cegar, decidí ser, en lugar de sanadora, nada más escuchadora. Aprendí a acompañar a los agonizantes, a organizar a los deudos. Aprendí a no dejarme invadir por tristezas y muertes ajenas, aunque de vez en cuando se me olvidara la lección.

Y me volví así, más y más vieja, menos y menos adulta, regresé de alguna manera a mi infancia. Fui más tolerante, más paciente, más divertida también, porque aprendí a reír, fuerte y claro, y a decir lo que pensaba, sin gritos ni aspavientos.

Un día, o tal vez una noche, sí, definitivamente fue una noche, al acostarme y pedir que los sueños fueran claros y precisos, caí súbitamente en la cuenta de que ya no eran tan recurrentes ni tan frecuentes.

Tal vez, pensé, tal vez se me estaba dando un descanso, tal vez el afrontar la vida cotidiana con sus miedos, sus ruidos, sus enfermedades y muertes era suficiente. Tal vez eran tantos los sobresaltos y las muertes que se había decidido en otro nivel darme chance descansar.

Esto fue por ahí de los años pandémicos.

No cayó nunca en la cuenta de que su mente, la introspectiva, la curativa, la que sabía escuchar, analizar, observar y sanar, había desaparecido. Los sueños no encontraban ya en dónde anidar, los tiburones murieron de hambre y los lobos, porque hubo tantos lobos, fueron a perseguir a algún otro sanador. Su mundo desapareció, el comer chocolate no le causaba ya ningún placer y todo el día, toda la noche, se dedicó a rascar su colcha, la de colores, con la uña del dedo índice de la mano derecha.

Repetía constantemente palabras con rimas, buscando tal vez, en los últimos años, convertirse en poeta.

Recurrente. Transparente. Mente. Hiriente. Vidente. Mente. Mente. Ausente, ausente, ausente.

Nadie supo. No fui capaz de expresarlo en voz alta.

Pero dentro de mi mente,  el albatros de Baudelaire lloraba…