De la frustración

PORQUERÍAS / #DeLaFrustración / POR: ANTONIO REYES POMPEYO

Ilustración: Eduardo Sánchez @edsanchezpintor

Cuando era joven las metas se prodigaban a sí mismas aquí dentro con la mayor facilidad. Mirar, respirar, existir, “abrir los ojos y cerrarlos”, con eso bastaba para ensoñar futuros cercanos y distantes. Vale la pena, decía, y en verdad creía que había penas valederas en la brevedad de este viaje. Vale la pena, me repetía, y acepté una y otra vez las penas que estaban aseguradas. Vale la pena, entiendo, se trataba de un mantra que me puso en el canal meritocrático donde la pena fue garantía de exclusión.

La excesiva confianza en un yo soberbio, juvenil, salvaje y agresivo me dejó cosechar los frutos que nunca quise gozar y arrojó a la podredumbre relaciones que quizá hubieran ayudado a construir al otro que nunca conocí, al otro que soy en otra tarde soleada sobre otro campo de pasto quemado por otro sol. El otro que siempre quise ser y nunca fui es la sentencia permanente de un yo en el que sobra mucho.

Una sutil frontera entre la frustración y el arrepentimiento está custodiada por personas, sonrisas, disfraces y éxtasis que nunca han sido penas ni han tenido ese valor, frustrarse es un verbo furioso y violento que cae sobre uno mismo, arrepentirse es otro que encierra y deshaucia; al primero se le da té con miel todos los días y al segundo nada y ya. La frustración tiene una mano dura cuando es ignorada, pero si la miras a los ojos sonríe y pide más té con miel.

Antonio Reyes Pompeyo

Hombre entremetido, bullicioso y de poco provecho.