Mientras tanto, en México…

En el 81 aniversario luctuoso de la Dra. Matilde Petra Montoya Lafragua, 26 de enero del 2021.
Con afecto para las Dras. Cassali, Jessica M., Doonashii, Alba M., Sandra B., Luz A.

Desde el inicio de la cátedra de medicina en la Real y Pontificia Universidad de México, en 1579, no hubo una sola mujer que estudiara medicina en México en tres siglos. 

Según el artículo Inicio de las mujeres en la medicina mexicana, las primeras médicas en México se encontraron con que en ninguna escuela existía una prohibición expresa que impidiera su ingreso. Las investigadoras afirman que: “Ellas gozaron del apoyo de las autoridades tanto gubernamentales como académicas. Destaca el gran número de becas que obtuvieron, aunque su monto era muy variable. Provenían del gobierno federal, de los estados o de la misma universidad.”

Aunque eso no significa que todo era miel sobre hojuelas, sino más bien que en los claroscuros de sus historias los momentos de oscuridad no fueron tanto de umbra como de penumbra. Las mismas investigadoras aclaran que: “El hecho de que las autoridades gubernamentales y universitarias las hayan apoyado en sus intereses académicos no significó que sus pares masculinos las hubieran aceptado e incorporado a sus asociaciones sólo por haber estudiado medicina.”

Pero seguramente aquellas condiciones fueron de alguna ayuda para que Matilde Petra Montoya Lafragua se convirtiera en 1887 en la primera médica cirujana graduada por la Escuela Nacional de Medicina. Se publicó, sin embargo, en la Gaceta Médica de México, en 1877, una nota en la que se informa que la Srita. Zenaida Ucounkoff  rindió su examen profesional, lo que la convertiría en la primera graduada de medicina en México y a Matilde Montoya en la segunda. No existe mayor información al respecto. Ésta última ya había obtenido el título de partera años antes, en 1877. 

Poco después, ya ejerciendo como obstetra en Puebla, supuestamente con sólo 18 años, parece ser que despertó los celos de la competencia, justo como le había sucedido a Agnodice hacía tantísimos años, aunque la mexicana sin esconder su identidad, así que aquellos buscaban descalificarla llamándola “liberal, masona y protestante”. Pero, ¿no estaban también proscritas las mujeres de la masonería? Bueno, no importa, continuemos. 

Se dice que en diarios locales se publicaban artículos donde hacían llamados a no acudir a solicitar los servicios de “esa mujer poco confiable”. Pero por otro lado, años después, en una ceremonia pública realizada en ocasión de su admisión oficial en la Escuela de Medicina de Puebla estuvieron presentes nada menos que “el gobernador de la entidad, los abogados del Poder Judicial, maestras y damas de la sociedad”. Eso no impedía que los ataques continuaran, la llamaban en un artículo “impúdica y peligrosa mujer pretende convertirse en médica”, así es que las presiones la orillaron a desistir de su empeño por un tiempo. 

Cuando volvió a la carga, ahora en la Ciudad de México, en la Escuela Nacional de Medicina, aunque tuvo que realizar tres intentos antes de ser admitida en 1882, supuestamente a los 24 años, todo parecía ir bien, pero los ataques continuaban y sus detractores argumentaban en su contra que «debía ser perversa la mujer que quiere estudiar medicina, para ver cadáveres de hombres desnudos». 

¡Qué absurdo! ¿No es así? Quiero decir, ¿es que no había en absoluto mujeres que vieran hombres desnudos? ¿Y hombres que miraran mujeres desnudas?  Y vivas para más inri. O también, ¿los estudiantes de medicina no veían a su vez cadáveres de mujeres desnudas? Y en todo caso, ¿por qué habría de ser eso diferente? 

Hubo también objeciones al parecer por parte de algunos docentes y alumnos que señalaban que algunas materias cursadas por Matilde en escuelas particulares no eran válidas, argumento con el cual al parecer lograron darla de baja, al menos temporalmente. Matilde entonces solicitó que se le permitiera revalidar o volver a cursar dichas materias (que no eran otras más que latín, raíces griegas, matemáticas, francés y geografía) por las tardes en la escuela de San Ildefonso pero, ¡malhaya sea su calabaza! la rechazaron con la vieja, estúpida y conocida excusa de que el reglamento hablaba de “alumnos” y no de “alumnas”, supongo que todo eso valida de alguna forma la proclama de quienes defienden el lenguaje inclusivo donde se intenta visibilizar al género femenino que quizá justificadamente se puede sentir excluido con ciertas formas de uso del idioma, (como parece que acabo de hacerlo, ¿no es cierto?) pero sobre todo con su desvirtuación o con su perversa y mala interpretación. 

Ocurrió entonces, a mi parecer, uno de los momentos más sorprendentes y trascendentales de esta historia con la decisiva aparición en escena nada más y nada menos que de Porfirio Díaz. Uno se podría preguntar qué podría en este caso haber hecho un dictador cuya frase célebre “Mátenlos en caliente” habla de él como alguien temible y despiadado. Por fortuna no la arrestó para mandarla a trabajar en Valle Nacional ni la envió en calidad de esclava a una hacienda productora de henequén por agitadora. 

Pues no, resulta que la apoyó y convenientemente aceitó la maquinaria para que todo funcionara como era debido y todo eso simplemente dando unas cuantas “recomendaciones”. ¿Quién iba a oponerse a Don Porfirio en ese tiempo? Esto en lo personal me da otra visión del paisano Díaz. Algo más cercano al “pan y palo”, como que el viejo pensaba: “Todo lo que quieran pero por las buenas, calmaditos y en orden”. Además me da por pensar que en estos asuntos estuvo muy bien asesorado, con todo eso del afrancesamiento y la influencia de las luces de París de alguna manera le hicieron ver que debía estar en consonancia con las tendencias de avanzada en los tiempos modernos. Supongo que en estos asuntos tuvieron mucho que ver Los científicos, ese cuestionado y polémico grupo de intelectuales que estaban muy cercanos al general. Después de todo durante el porfiriato el país adoptó grandes avances científicos y tecnológicos que lo acercaban a la modernidad impulsando el desarrollo. Hubo un gran apoyo a la investigación, a instituciones existentes y se crearon otras nuevas.

El caso es que Matilde Montoya viéndose impedida en San Ildefonso de revalidar sus materias decidió enviar una carta al presidente explicándole las dificultades que se le imponían, quien al tener conocimiento de la situación dio instrucciones al ministro de Instrucción Pública, Joaquín Baranda, para que hiciera la “sugerencia” al director de San Ildefonso de dar a Matilde las «facilidades» necesarias, lo cual efectivamente ocurrió. No era nada menor: resulta que en San Idelfonso tampoco aceptaban mujeres. Así es que ella fue también la primera mujer en estudiar ahí. Estúpidamente el director de dicha escuela respondió condescendiente: «… se podrá acceder a la solicitud de la interesada en consideración a su sexo». Otro poco de luz se vio en toda esta trama con un grupo de alumnos solidarios que dieron su decidido apoyo a Matilde, que incluso llegaron a ser conocidos como los Montoyos. 

Pero si esto pudiera hacer creer que en adelante todo marchó sobre ruedas es menester aclarar que no fue así. Al parecer había un escándalo entre las damas ante la sola idea de que Matilde hiciera sus prácticas de anatomía rodeada de sus compañeros varones pero un poco para consuelo de ellas y tranquilidad de ella misma esas prácticas las realizaba supuestamente a solas y con los cadáveres pudorosamente cubiertos. 

Y así más o menos transcurrió el tiempo hasta llegar al momento culmen de sus estudios universitarios: la hora de hacer su examen profesional. Y otra vez la misma cantaleta, no se le iba a permitir hacerlo porque en los estatutos de la escuela se mencionaban “alumnos” más no decía nada de “alumnas”. Ya en este punto Matilde era imparable, por su determinación creo que en realidad siempre lo fue, pero ya en tales instancias había llegado muy lejos como para arredrarse y dimitir. De modo y manera que volvió a recurrir a Don Porfi (me imagino que a estas alturas ya eran grandes amigos y hasta conversaban por Telegram… quiero decir que se enviaban telegramas, que usaban el telégrafo, ya que esa fue una de las tecnologías traídas a México por Don Porfi). 

Así que nuevamente el general tomó cartas en el asunto, pero como a veces era muy respetuoso del orden y de las instituciones y sabiendo que dichos estatutos de la escuela sólo se podían modificar por medio de la cámara de diputados, les envió una solicitud para que lo hicieran. Por desgracia cuando aquella llegó, la cámara no estaba en sesiones. Por fortuna el general era un tipo muy resolutivo y además impaciente, no iba a esperar a que la cámara volviera a sesionar, hombre, ¡faltaba más, faltaba menos…! 

Así que lo que hizo a continuación fue emitir un decreto que cambiaba lo que se tenía que cambiar para que las mujeres pudieran graduarse como médicas. Con todo y eso los detractores siguieron escupiendo su veneno y llegaron a decir que Matilde se graduaba por decreto presidencial ya que el decreto iba específicamente dirigido a la Escuela Nacional de Medicina para que Matilde pudiera realizar su examen profesional.

Otra vez el artículo de la Revista de la Facultad de Medicina de la UNAM antes citado asegura que se trata de un mito. Pero otras fuentes señalan que para la realización del examen profesional correspondiente dispusieron en la Escuela Nacional de Medicina prácticamente de la peor aula en el rincón más oscuro y lúgubre de la escuela y seleccionaron especialmente para ella el jurado más difícil pero nuevamente sucede algo completamente inesperado y casi increíble: don Porfirio avisa, apenas minutos antes, que acudirá personalmente al evento, haciéndose entonces el milagro de habilitar el Salón Solemne de Exámenes Profesionales para la ocasión. 

Tras dos horas de exponer y defender su tesis titulada Técnica de laboratorio en algunas investigaciones clínicas y responder correctamente a todas las preguntas, fue aprobada por unanimidad. Recibió entonces el aplauso de los presentes y rompió en llanto. No era para menos, fueron años de entrega, de lucha, esfuerzo y enfrentar un sinsentido tan grande y fuerte que me imagino que quizá alguna vez, en sus momentos más oscuros, se llegó a preguntar si realmente lo lograría y si todo aquello valía la pena. Pero lo valía. Y sigue valiendo. Y mucho.

Al día siguiente se le realizó el examen práctico en el Hospital de San Andrés, donde se contó con la presencia del H. Secretario Particular de Don Porfirio y del Ministro de Gobernación, después de visitar a algunos pacientes y responder preguntas sobre distintos casos pasaron al anfiteatro donde ejecutó las disecciones que se le pidieron y después el jurado se retiró para deliberar. Cuando volvieron a entrar en la sala ella a su vez entró en la historia al convertirse en la primera médica cirujana de México graduada en la Escuela Nacional de Medicina. La emoción del momento fue tanta que se dice que palideció y cayó desmayada teniendo que ser asistida por sus compañeros. Una nueva era comenzaba. Una nota periodística de la época auguraba: 

«…el ejemplo dado por la señorita Montoya, asegura la llegada de una nueva era en la que la mujer, querida como hija, santificada como esposa y adorada como madre, vendrá a ser por genio, virtudes e ilustración, la generadora de la idea y la protagonista de la nueva civilización».

Aquellas fueron palabras casi proféticas, el artículo antes mencionado de la Revista de la Facultad de Medicina de la UNAM dice: 

“En la actualidad, más de 150 años después, [de la graduación de Elizabeth Blackwell en 1849] se usa la palabra “feminización” para expresar que predominan las mujeres en las escuelas o facultades de medicina en el mundo”.

No sería sin embargo la última humillación que sufriría Matilde, por la tarde, una vez concluido el examen, el Acta de Examen Profesional le fue entregada no en el Salón Solemne, como era la costumbre sino «en la oficina menor de la Sociedad Filioiátrica de Beneficencia de Alumnos.» La prensa consignó el agravio diciendo que «el trámite se había realizado ‘en un cuarto de trebejos'».

Doodle en homenaje a Matilde Montoya en 2019

Una idea se puede tener del gran desazón y malestar que soportó Matilde durante tantos años al saber que no quiso volver a la escuela ni siquiera para recoger su título, siendo una amiga de ella quien lo hizo. Otras referencias señalan que el documento se entregó en «donde oficialmente se entregaban, en la Junta Directiva de Instrucción Pública del Distrito Federal, dependiente del Ministerio de Instrucción Pública y Justicia.» Como haya sido, está registrado que firmó de recibido una persona de nombre Paz Gómez.

Después de la ceremonia de graduación, no sé la fecha precisa, de parte de don Porfirio y su esposa le fue proporcionada, parece ser que como obsequio, una carretela y el tiro de caballos. Ya ve usted que eran muy amigos a esas alturas. 

Yo que nada sé del séptimo arte creo que es ésta toda una historia sorprendente, digna de una película. Así es que Ponchito Cuarón, si estás leyendo esto (que yo sé que así es), ve tomando nota, hay un Oscar detrás de todo esto (un Ariel, por lo menos), pero sólo si me contratas como guionista, o bueno, como asistente del asistente del… bueno, no importa en realidad, sólo contrátame, me conformo con un crédito en el apartado “Idea original”. 

Pero de hecho ya tengo definida hasta parte del elenco. Vea usted: En el papel de Matilde Montoya, Salma Hayek. En caso de estar muy ocupada con una película de Adam Sandler una segunda opción sería el debut estelar de Lila Downs o mi otra paisana, Yalitza. Y como Special guest star: Sergio Goyri as don Porfirio”. Bueno, no, mejor Humberto Zurita. O Héctor Bonilla, que ambos tienen ya experiencia interpretando a don Porfi.

Adrián Lobo. 

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