Grusonii

POR: OMAR CORE

¡Uf! Que increíble imagen. No puedo con el asombro que me invade mientras observo a través de la lupa de una navaja suiza la diminuta semilla que después de semanas ha germinado. La idea de que las semillas de casi todas las especies de plantas tienen que germinar me parece similar a resolver un acertijo natural, muy orgánico y sin gluten. Algunas veces parece que tienes que encontrar el valor exacto del número pi con todos sus dígitos decimales. En otras ocasiones es mucho más sencillo. Germinó utilizando una variante de la vieja y confiable técnica de mojar la tierra y agregar las semillas.

Brotan por un lado una raíz transparente apenas visible y por el otro una diminuta esfera color verde de menos de un milímetro de diámetro. De la parte superior de la esfera emerge una silueta parecida a las hojas de una piña, en realidad se trata de muy pequeñas y suaves espinas. El color jade de los brotes contrasta con el blanco inmaculado del algodón humedecido con agua dentro de una caja de Petri donde se encuentra junto con alrededor de cincuenta semillas más, todas ocupadas en la misma actividad y junto a esa caja de Petri se agrupan otro par de decenas sobre una mesa de trabajo de 45 por 150 centímetros. La temperatura es de 24 grados Celsius. Un suave y agradable rayo de luz blanca ilumina la escena y hace parecer a la estantería de las plantas como un laboratorio a escala de reducción en donde diferentes especies conviven con la característica en común de estar luchando por romper las semillas y volverse plántulas. El olor es de tierra húmeda.

Al principio no tiene forma de cactus ni de biznaga, parece un granito verde, y no tiene mucha gracia, le falta la estética que tanto gusta a los cactiaficionados. Dos años después se convierte en un mini pepino espinoso y moteado, de dos pulgadas de longitud y media pulgada de diámetro, en este punto se nota que la planta que emergió se comienza apenas a parecer a la foto que vienen en las bolsitas de semillas de cactus. No queda lugar a duda, se trata de una cactácea. Pero ¿dos años para darte cuenta de eso? ¿No es eso mucho tiempo? En un lapso de dos años un Junípero se me habría secado hace año y medio. En las plantas de lento crecimiento la paciencia es la clave, quien cultiva cactáceas también cultiva esa virtud.

Lucha por su vida la Echinocactus Grusonii como una pequeña guerrera, sabe lo que debe hacer para defenderse. También está enterada de que las probabilidades de sobrevivir son escasas. Lo sabe desde el día de la florescencia, cuando era una antera y vivía en una flor y sintió el calor del sol por primera vez, la lluvia, el aire, el frío del desierto por la madrugada. Vivió conectada a su madre esperando ser elegida para la siguiente vida. Un día sucedió, un insecto la eligió y la convirtió en semilla. La flor se cerró, se volvió fruto, se secó y esperó años por una casualidad. 

Un día volvió a suceder, el que embiste el teclado con entusiasmo se encontraba transportándose del trabajo a casa en bicicleta haciendo escala en las instalaciones del arboreto y jardín botánico de la ciudad, junto al lago del parque. Un museo de plantas al aire libre.  Me llama la atención y se me hace familiar una de aspecto extraterrestre, fea de reojo pero fascinante bajo el lente de la atención. En la jardinera una placa de metal sobre un poste de madera revelaba su nombre científico, nombre común y lugar de origen: E. Grusonii, Barril dorado, centro de México, desde San Luis Potosí hasta Hidalgo. Al menos tenemos algo en común: la biznaga y yo, somos originarios de la misma región.

La belleza del espécimen era notable y se multiplicaba al incluir en la fotografía a la otra docena de plantas de la misma variedad que la rodeaban. “De éstas biznagas había en los ranchos del desierto. Nunca me dí cuenta de lo bellas que son, con razón la gente las arranca del monte y se las lleva a su casa”. La bola verde de 80 centímetros de diámetro y un metro de altura estaba cubierta de espinas doradas y el ápice coronado de lana revelaba unas semillas secas. Arranco una de ellas. Se parece a una fresa, pero amarilla y seca y suena como sonaja. ¿Qué tendrá dentro? ¡Son las semillas! ¿y estas semillas como germinan? Entrecierro los ojos mientras me invade la pícara idea de tomar prestada la “fresa” para intentar reproducir a la biznaga que ahora sé que se llama barril dorado para intentar multiplicarla. A fin de cuentas, debe ser algo positivo ayudar a la naturaleza a reproducir cactáceas.  Es tan difícil que suceda de manera natural. Plagas, depredadores, insectos, reptiles, aves, mamíferos, lluvia, sol, sequía, hielo, nieve, saqueadores peyoteros. Todo parece ser una amenaza para el “asiento de suegra”. Otro nombre común para la Grusonii. Hasta sentido del humor tiene el cactusito.

Salí rápido del lugar. Tenía en la mente lo que tenía que hacer llegando a casa. Romper la fresa, sacar las semillas, ponerlas en un algodón en una caja de Petri desinfectada, humedecer con agua limpia y el ingrediente secreto: esperar 15 días por un milagro. ¿Era una semilla estéril? ¿Era tan vieja que no funcionaría? El misterio no me dejó dormir la primera noche. Leí todo lo que encontré acerca de la nueva favorita de la colección. La espera fue exquisita y dolorosa.  Poco a poco la ansiedad se diluyó en una nube etílica que se elevó hacia el espacio, esperando la casualidad y la magia, y un día dos semanas después sucedió: ¡Uf! Que increíble imagen. No puedo con el asombro…


Cosmonauta, viajero del tiempo. Documentando la vida a través de las letras.