De lejitos es mejor

Foto kevin turcios en Unsplash

POR: TERESA JIMÉNEZ

Lo veo y me da miedo, lo acaricio con temor más por compromiso que por deseos reales de tocarlo. Es él. Es Pit, el perro que mató sanguinariamente a mi Capulina, esa perrita negra mestiza que encontró un hogar en nuestra casa después de que pasara sus primeros años con la vecina, que la tenía amarrada con una corta cadena y a la intemperie. 

“Mamá, mamá, Pit agarró a la Capu”, es el grito de mis hijos que no olvidaré y que me estremeció aquella horrible tarde de abril. No tuve fuerzas ni valor, pero mi hermano sí y salió a ayudarla mientras yo me atrincheraba con mis muchachos en casa. 

Lo siguiente que supe es que Capu se moría en el asiento trasero, sobre las piernas de mi hermano. No me importó violar una de mis propias reglas y mientras manejaba nerviosa llamé al veterinario para que me esperara antes de cerrar e irse. Lo alcanzamos aún.  

Ya sobre la mesa, el diagnóstico fue aterrador: su asesino le perforó el pulmón y sus intestinos estaban por fuera. Ni siquiera soportaría la anestesia para una intervención quirúrgica. La solución fue dormirla para que no sufriera más. Hechos trizas volvimos con ella dentro de una bolsa negra y la enterramos en el jardín.

Ha pasado un año y medio desde nuestra pérdida. No olvidaremos a la tierna Capu, que era la única que se metía en la casita de madera, que me recibía atenta cuando traía la bolsa de papel estrasa llena de bolillos y a la que le compré un suéter rosa con rayas moradas que le colgaba un poco porque ella era talla mediana, pero aun así yo se lo ponía cuando hacía frío. 

“Es una máquina de matar, es peligroso”, pienso mientras paso mi mano sobre la cabeza de ese pitbull blanco que, más fornido que nunca, me mueve la cola. 

Mi mente alterna su mirada con imágenes de mi niña, mi Capu, no puedo disociarlo, no creo jamás poder, pero me arrepiento de alguna vez haber sugerido que debíamos llevarlo a sacrificar. Sí, él la mató, pero, ¿quién soy yo para decidir sobre su vida? Especialmente ahora que una pareja de ancianos lo ha adoptado y ha demostrado lo feliz que es rodeado de cariño. 

Ignoro si las personas que ahora están con él notan mi terror, de cualquier modo aquí estoy, de frente y nerviosa pero cumpliendo mi compromiso, es decir, trayendo la lana para que Pit coma. 

Quién iba a decir que ese cachorro que día y noche tenían amarrado, a la intemperie y sin comer en un taller mecánico ahora tiene todo un patio para él, come de las croquetas más finas, le compran galletas y churros solo para él y sus paseos son en automóvil. 

A pesar de todo, me parece que él es la prueba de que hay quienes se hacen según sus circunstancias, que no podemos juzgar las cosas solo viendo el blanco y negro, y que la redención puede llegar. De cualquier modo, me da gusto que sea feliz, pero de lejitos es mejor. 


Este texto fue realizado en el primer Taller de Opinión y Ensayo en Notas Sin Pauta de noviembre de 2020 a enero de 2021.


Teresa Jiménez, editora del periódico La Opinión de Poza Rica, el más importante de la zona norte de Veracruz y con una historia en la región de casi 70 años.
Antes, fundadora y editora en Jefe del diario Vanguardia de Veracruz