Se muere el rock

Foto Ana Grave en Unsplash

POR: PIPO CALDERÓN

Son las 3 de la mañana, Maic (sí, así con M-a-i-c se autonombra) está sentado en la sala de su departamento, con la funda de cartón de lo que fue el “God Save The Queen” de SexPistols en la mano, en la otra el cadáver de lo que a leguas se nota era una botella de Jack Daniel’s, postrado en su sillón rodeado por los acetatos que ha acumulado por años, los audífonos conectados a su viejo estéreo. Su atuendo cliché incluye pantalón de mezclilla desgastado por los años, roto de las rodillas y con tres o cuatro tonalidades de azul que revelan su evidente favoritismo en el uso, una camiseta blanca y una camisa a cuadros rojos con blanco además de sus botas negras de casquillo; su cabello largo suelto y una barba desaliñada completan la imagen, digna de una portada que sería la envidia de cualquier banda de rock.

En la mesa, los diarios que aún compra por la nostalgia de leer las noticias en papel con tinta que mancha sus dedos y por donde han circulado las esquelas de sus amigos, compañeros infaltables en los conciertos y festivales a los que religiosamente solían asistir. Amigos quedan pocos, desaparecen igual que las bandas con las que creció, algunos enfermos, otros han sucumbido a la presión social de formar la familia que los absorbe de tiempo completo, el grupo se ha reducido a ser sólo Maic, Pepe y Beto.

Crítico ácido de los rockeros que aspiran más a salir en la televisión que en crear letras y melodías interesantes, se ha alejado de ellos, es por eso que se sumerge en esas bandas que les da igual tocar en un festival que en un bar de mala muerte donde caben 60-70 personas dejando todo en el escenario.

Ha dejado clara su postura ante la “nueva” música creada en sintetizadores, sin instrumentos y cuyos intérpretes no serían nadie en la música sin el autotune (un modulador de voz que logra que hasta el más desafinado pueda sonar medianamente bien). No parece existir ningún esfuerzo en presionar botones y lograr que todos brinquen a un mismo y aburrido compás.

Con furia toma su guitarra acústica que muestra desgaste en las cuerdas altas, señal de que toca en quintas, que es la manera de hacer acordes para las variantes del rock sucio y puro como el punk, el grunge, el hard entre otros. Procede con la mano derecha a tomar la púa maltrecha y casera que elaboró torpemente con lo que se ve fue una tarjeta de puntos de algún centro comercial, con la izquierda deja caer la botella a la que le queda solo el aroma de lo que se ha terminado de beber, con la visión borrosa enfoca lo que parece ser un FA. Rasguea un poco y escucha que está desafinada, apoya la guitarra sobre la alfombra, saca de la camisa un paquete de cigarros sin filtro, lo lleva a su boca para tomar uno entre sus labios, con los dedos lo agarra por la mitad y pasa su lengua sobre él para saborear el papel arroz.

Con el primer cerillo seca la humedad que le ha dejado y con el segundo prende a su víctima, da un jalón que contiene por unos segundos para finalmente dejar salir la primera bocanada de humo con la que apaga el fósforo que estuvo a punto de consumirse por completo. Retoma la guitarra, la afina cuerda por cuerda hasta sentirse satisfecho del sonido, hace una pausa viendo a la nada, los recuerdos de viejos amores y viejos amigos se agolpan ante sus ojos cansados hasta que las lágrimas acumuladas no resisten más y caen por sus mejillas, en ese momento vuelve del lugar imaginario donde se encontraba y con un grito que erizó cada uno de los vellos de sus brazos comenzó a interpretar canciones que le recuerdan a su juventud, la voz cansada aún sostiene notas altas y entre sollozos repite una y otra vez “Se muere el rock”.

La noche encumbrada ha sido testigo mudo del recital de un tipo agónico, rebasado por las nuevas generaciones, que se niega a aceptar que pronto será parte de la generación que vivió con el rock pero que también está a punto de verlo morir.

Una desvelada más, otra botella vacía con la incertidumbre si será la última, los acordes dejan de sonar y nuevamente se pierde su mirada en la nada… ¿Entonces quién va a dar pelea a esa música de mierda? Se pregunta, piensa y llega a la conclusión de que aquellos que son sus ídolos musicales comienzan a caer por la edad, las adicciones y porque la sentencia parece ser una sola: Se muere el rock.

Se desvanece la escena entre el humo del cigarro que nubla la visión de un dinosaurio del rock, el cansancio logra vencerlo, las desveladas acumuladas por décadas lo hacen presa fácil de los placeres oníricos mientras de fondo suena “Se muere el rock” de Perdiendo Clase.


Opinólogo con un sesgo marcado que se origina en la generación X.