Escusados sin agua

Foto Tim Mossholder en Unsplash

POR: GWENN-AËLLE

¿Sabes cuánto tiempo de nuestro día, de nuestra vida, le dedicamos a excretar desechos personales? De los biológicos, pipí y popó.
Según internet, cotejando sitios y páginas diferentes, es como año y medio.

Suena poco, finalmente vamos al baño por ratitos, a menos que seas de los de intestino irritable como yo, que de plano ya nos sabemos todos los dibujitos del azulejo del piso y que hasta le encontramos forma de pirata a dos de ellos.

Sé que no es un tema común, pero estos últimos meses lo ha sido para mí: el baño y en particular el retrete en sí, el escusado, la taza, el inodoro (ja ¡cómo no!), el evacuatorio, la letrina, el famoso váter y, claro, la canasta dichosa o la cueva del topo.

Eso y la falta de agua.

En casa de mis abuelos, en Francia, todavía hay un escusado antiguo: es un hoyo en un rincón del jardín, con una tabla de madera colocada arribita, un agujero redondo en medio, una puerta y ya. Yo no lo llegué a usar, pero lo conservamos allí como un trozo de historia. A mi hermana y a mí nos tocó usar en esa casa una cubeta verde de plástico, con tapa y patitas, diseñada ex profeso para esos menesteres, y que usábamos de noche, en nuestro cuarto. Por las mañanas la debíamos de bajar, dos pisos, y lavar con cloro y harto jabón. El olor se me quedó grabado, una mezcla potente de desinfectante, orines de horas, a veces pedazos obscuros más sólidos, y plástico, sí, el plástico hedía casi tanto como lo demás.

En esa misma casa, hace poco tiempo, me tocó escoger entre dos sanitarios: uno lleno de lo que un locatario desconsiderado había dejado en él por meses y otro ubicado en una suerte de sótano, en el que no había calefacción. Era invierno, hacía frío pero el baño tapado era mortal para la nariz, y bueno, estaba tapado, entonces claro que escogí helarme las pompas. No imaginas el dolor, literal, que era bajarme mi piyama calientita por la madrugada y sentarme en el asiento de plástico congelado. Me tomó unos días decidirme pero finalmente entré al otro baño, el de la taza inmunda, y con una mezcla de vinagres y bicarbonato de sodio abordé la disolución de los topos disecados. Luego, sí, metí las manos y tallé, tallé, tallé. Y, por una bella mañana de febrero, me pude sentar a hacer lo mío sin refrescar ni mi piel ni la memoria del famoso locatario.

Hace unos años, en el marco de una protesta magisterial en México, ayudé a corregir y diseñar textos escritos por maestros de Chiapas. El objetivo era denunciar el ámbito de trabajo de los mismos y sobre todo el estado de las escuelas. Casi invariablemente se hablaba de limpiar pies llenos de lodo o tierra de los chiquillos cuando llegaban por la mañana, de la falta de baño, o de local para él, o de agua. Uno de los sanitarios, recuerdo, había sido construido a metros de la escuela, en lo alto de una colinita, cuya pendiente resbalaba peligrosamente, en el marco de un programa del gobierno federal para construir varias escuelas al día. Claro que no decían en sus anuncios publicitarios lo de los baños inexistentes, de las puertas faltantes o lo de “construimos escuelas, pero si se caen no las arreglamos”.

La señora que hace el aseo en nuestra casa tiene baño privado en su vecindad desde hace poco nada más, no está dentro de su vivienda y la puerta no cierra con llave. Esto en la zona conurbada de la CdMx, tan moderna ella.

Por eso aprecio profundamente poder usar baños modernos, de esos que tienen taza, asiento, papel que no sea periódico y agua para mágicamente hacer desaparecer los desechos.

Y resulta que en plena pandemia, el usar un escusado se volvió tema otra vez, por lo menos para mí.

Llegamos a ésta, mi casa —que no es tuya, lo sabes—, hace unos 25 años. No creo que los muebles de baño hayan sido nuevos en ese entonces, han de haber sido de los años 60, tanto por fechas de construcción del fraccionamiento como por modelo del lavabo. Decidí que en cuanto pudiera los cambiaría. Y lo logré, hace unos meses.

Había visto en línea un lavabo de talavera hermoso y estuve ahorrando para comprarlo. Y sí, lo conseguí.

Pero te la barajeo en orden cronológico, no vayas a creer que las cartas o el papel de baño estaban marcados.

Tenemos viviendo con nosotros a un gigante, en altura y en peso, uno de mis hijos. Él, por más delicado que pueda tratar de ser, hace temblar los muros de la casa al levantarse por la mañana, entonces no te cuento de la pobre taza de baño cuando se le sienta encima. Total que estaba cuarteada y despegada del piso.

Luego, ya no había manera de que evacuara lo que le dejábamos dentro, ni usando el sistema diseñado para hacerlo —jalarle a una cadena que ha de ser la chiquita que está en el depósito de agua—, ni echándole numerosas cubetadas de agua, —de la regadera—. Nos decía el plomero, el señor Pablo M., que era por lo viejo de los muebles. Yo no entendía de qué hablaba, le iba más a la tubería, hasta que me dijo que los conductos de alrededor de la taza se van tapando por el sarro igual que el conducto mayor, el que se lleva nuestros deshechos a lugares lejanos, desconocidos y que evitamos nombrar en nuestras sobremesas. Total que esa taza llevaba encima unos 50 años de sarro…

Tons, vamos en “hay escusado pero no sirve bien”, ¿sí?

Empieza la pandemia —antes del descubrimiento del lavabo de talavera— y nos quedamos sin agua. No vivimos ni en Iztapalapa, CDMX, ni en Ciudad Victoria, Tamaulipas, y aun así, nos hemos quedado ya once veces sin agua en lo que va de la pandemia. Y sin agua, es sin agua, son varios días, ¡semanas! Hubo muchos chistes entre vecinos, que si a los franceses no les importa no bañarse y eso, pero el verdadero problema para todos es el baño. Y sin poder ir al centro comercial más cercano, que por la COVID. Aunque un día les recordé a los vecinos que quien se movió para conseguir una pipa fui yo y que quien llama a cada rato a OPDM, soy yo también. Soy la señora del agua, he dicho.

Segundo tons: “No escusado realmente funcional, no agua”.

En eso, que me da COVID-19.

Y lo sabes o no, pero esa enfermedad puede provocar diarrea, de la explosiva.

¿Me imaginas usando el retrete que no sirve bien, que rara vez tiene agua, explotando todo y además con prohibición de tocar cualquier cosa, que para evitar el contagio?

¿Ya te reíste? ¡Pluscuamperfecto!

Ya compuesta, con el cuadro antes mencionado y con los ahorros suficientes en mano, decidimos arreglar el baño. Claro que yo pensaba en el lavabo tan bonito y él mareado en cambiar los escusados. Y claro que nos peleamos tantito. Aunque se arregló todo, menos la pandemia y la falta de agua, porque llegó el Buen Fin ¡y nos alcanzó para todas nuestras compritas! Descubrí ese día que la capacidad para evacuar líquidos y sólidos de los escusados se mide por gramos, nos alcanzó para uno de 800 y escogimos uno alto, por lo del gigante, claro. Sí, se nos antojó uno que flota, se pone sobre la pared y entonces es más fácil limpiar el piso por debajo y atrás. Pero tenemos un sistema de tornillos al piso y… y un gigante.

El lavabo lo instaló el mareado. Se pasó varios fines de semana en el asunto y el escusado sí lo vino a poner el señor Pablo. Claro que nos sentamos ahora con mayor confianza, verdad, y cuando le jalamos, ¡todo, todo, todo se va! Se complica de hecho un poco el análisis de lo excretado para decidir si hay que comer más verduritas o más chocolate, pero bueno, es una maravilla el armatoste.

Lo que no pensamos, y de todas maneras no había opción, es que el color del famoso inodoro delata bastantito nuestras costumbres, tanto alimenticias como de excreción: los de antes eran verdes, de asiento negro.

Estos son blancos.

Ah, y me di clara cuenta de esa diferencia cuando me dio COVID otra vez…

Todo esto está escrito en tono de guasa porque necesitamos reír. Pero: El COVID-19 puede dar varias veces. No, no nos volvemos inmunes porque ya nos haya dado una o varias veces.

Y no, no se me olvida cuánta gente en nuestro país y por el mundo no tiene acceso al agua y mucho menos a sanitarios decentes. No se me olvida que muchos de los que padecen COVID-19 no se están fijando en los escusados.

No se nos puede olvidar.


Gwenn-Aëlle Folange Téry escritora y pintora bretona y mexicana. Ha publicado varios libros, -prosa poética y novela-, y una colección de 11 libros para niños. Participa en múltiples publicaciones, revistas y exposiciones pictóricas y cada semana publica para Somosmass99 su columna “Último piso”. De repente le entra lo hippie, otras veces juega a que es medio intelectual. Activista de teclado, vive, respira, llora y ríe, así, un montón.