La verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad

POR: ADRIÁN LOBO

Una habilidad que se requiere en el ejercicio de la medicina es el arte de obtener información del paciente haciéndole preguntas. No es que sea necesario dominar el género periodístico de la entrevista ni la capacidad inquisitoria del interrogatorio policíaco. Quizá lo más adecuado es una mezcla de los aspectos más útiles de ambas actividades para la finalidad que se persigue: Hacer las preguntas pertinentes y saber escuchar con atención.

Lo más frecuente, sin embargo, es encontrar que los médicos se inclinan más hacia la segunda modalidad, mientras que los pacientes por la primera.
Como uno de los segundos, me he encontrado con algunos de los primeros que prácticamente buscaban una confesión, seguramente porque mis respuestas previas no parecían encajar muy bien con la problemática que planteaba mi estado de salud; había cabos sueltos y de alguna manera se aferraban a la idea que yo ocultaba las claves de todo el misterio, lo cual era falso.

Incluso un famoso personaje de la televisión, médico de profesión, hizo popular entre nosotros los legos el concepto de que el médico siempre debe presuponer que su paciente le miente flagrantemente. Tenía como leitmotiv en su práctica la idea que “todos mienten”. Ver un episodio de esa serie me hacía recordar a Billy Joel…

Honesty…/ Is such a lonely word,/ everyone is so untrue.
Honesty…/ Is hardly ever heard,/and mostly what I need from you…

Quizá sea ingenuo de mi parte creer que es mejor hacerle notar al paciente la trascendencia que tiene la veracidad de la información que el médico le solicita antes de iniciar con los cuestionamientos. Se me ocurre también que no es una mala idea ofrecer a los médicos internos y residentes talleres de formación sobre el tema de la entrevista clínica para que desarrollen esas competencias tan útiles, ya que -aunque no lo parezca o muchos no estemos conscientes de ello- existen pautas, guías y aspectos a tener en cuenta, es decir, no es cuestión únicamente de una aptitud innata para saber escuchar.

Y no puede ser algo mecánico tampoco, o no debería, pero me he dado cuenta de que, al menos en mi hospital, existe un formulario, se me ocurre que es como una «entrevista estándar», con una larga fila de preguntas, como una letanía, con el mismo efecto soporífero. Podría ser que esa como encuesta se realice con fines estadísticos pero de ser así no deberían dejarle esa tarea a los médicos en formación, sino a trabajo social, porque los médicos así se forman el mal hábito de menospreciar la entrevista clínica. Eso creo.

Se requiere además de disposición, contar con una estrategia, aunque pueda parecer una obviedad; saber elegir las palabras precisas, plantear las preguntas con claridad, en la medida de lo posible usando un lenguaje acorde al entrevistado, preparar la entrevista a fin de no olvidar ninguna pregunta importante y tener la agudeza suficiente para improvisar en caso necesario. Debe también el médico permitir al paciente cierta libertad para expresarse, guiándolo de alguna forma pero sin plantear las preguntas de forma que éstas sugieran la respuesta.

Esta capacitación, lejos de algo ocasional, debería ser algo continuo. Porque resulta vergonzoso presenciar muchos de esos acontecimientos: es un estira y afloja donde el médico avanza dando tumbos y va cayendo en exabruptos al desesperarse porque el paciente tiende a divagar.

Parece que no se les ocurre que si desean respuestas breves y concisas deben formular preguntas concretas y muy puntuales. Es como un examen donde te puedes encontrar preguntas abiertas o cerradas; el examinador debe establecer primero qué clase de respuestas desea obtener: toda una disertación sobre la reuma que me da como a las seis de la tarde cuando hay humedad en el ambiente o un simple monosílabo. Tampoco se debe olvidar que el médico, además de la información clara y precisa que puede recibir del paciente, tiene que estar atento a cualquier pista que pueda encontrar y luego ir tirando de los hilos que encuentre hasta llegar al nudo y la madeja.

Los médicos deberían saber más acerca de cómo afecta a una persona un problema de salud, anímicamente quiero decir. Muchas veces el paciente, además de medicinas necesita ser escuchado. Cualquier trabajador de salud lo puede comprobar muy frecuentemente, basta con preguntarle a un paciente cómo se siente para terminar enterándose hasta de cómo le decían en su casa cuando era niño. Hace un gran bien al alma de un enfermo desahogarse hablando con alguien con la disposición de brindar un poco de atención, tiempo y paciencia. Esto es casi inevitable pero a muchos médicos que carecen de la disposición y capacidad les resulta exasperante.

Cuando uno se encuentra hospitalizado, el personal médico y de enfermería lleva un registro minucioso de sus signos vitales, de sus síntomas, los medicamentos que le han suministrado, la cantidad y la hora en que lo hicieron, incluso en ocasiones consignarán en su expediente a qué hora y en qué cantidad ha tenido usted a bien eliminar “lo que su cuerpo no necesita”. Cualquier enfermera se puede poner furiosa si algún médico interno le aplica algún medicamento a su paciente y no le avisa para poder registrar el suceso adecuadamente, justo porque se trata de asuntos muy importantes. A tal grado que se suele enseñar a los médicos que una buena historia clínica del paciente puede ayudar a reducir el tiempo que éste necesita estar hospitalizado.

Frecuentemente observo la importancia de esta información sobre el paciente y los yerros que se suelen cometer. Una ocasión en que se revisó el expediente de un paciente con una hernia inguinal encontramos que distintos documentos que lo componen explicaban que se hallaba del lado derecho, pero al examinar al paciente se podía notar ¡que estaba del lado izquierdo!

También estuve presente cuando una enfermera que revisaba el expediente de una paciente con una lesión en un tobillo se encontró con que en los documentos, en todos, se mencionaba el pie equivocado. Estas situaciones pueden ser graciosas pero pueden llegar a ser dramáticas cuando derivan en la comisión de graves errores.

Aprovecho ahora para recomendar encarecidamente a todos aquellos que tengan la necesidad de acudir a consultar a un médico que no cometan el error de ocultar información o de proporcionarla incompleta, tenga presente en todo momento que en la gran mayoría de los casos, aún en un hospital público, el médico que le atiende es un profesional que está en la mejor disposición de ayudarlo pero invariablemente necesita de su cooperación.
Pero si no tiene suerte debería buscar algún otro que sí le inspire confianza y le dé el trato que merece, incluso si se está atendiendo en un hospital público puede hacerlo, no necesitar recurrir a un médico privado, ya que uno de los derechos de los pacientes es contar con la facilidad de obtener una segunda opinión. A menos, claro está, que sea el único en el lugar.

Además no es que el médico vaya a estar hablando con otras personas lo que usted le diga… o bueno, tal vez sí… quizá ocasionalmente en una conversación casual en los pasillos del hospital entre colegas se dirán entre ellos:

— Oye, ¿viste ese… (inserte aquí un término que resulte adecuado. Sugerencia: hematoma)?
O en una convivencia en otro sitio pueden tener una conversación ligera entre médicos y comentar:
— Pues sí, ese era un gran… (inserte aquí un término que resulte adecuado. Sugerencia: hematoma).

Pero sería algo que no trascendería de ese ámbito cerrado entre colegas, no es que lo vayan a publicar… o bueno, tal vez sí… en este hospital se organizan con frecuencia sesiones donde se exponen casos seleccionados de entre los pacientes y también hay médicos que los dan a conocer en publicaciones especializadas.

Ahora que recuerdo me sucedió una vez algo… Ignoro si se llegó a publicar o si el médico aquél habrá hecho un caso de estudio de mi situación o si habrá expuesto el tema formalmente ante un grupo de médicos en algún lugar. El asunto es que me encontraba yo en una situación de lo más común, internado en el hospital, con solución fisiológica pasando directamente a mi sistema circulatorio, recibiendo oxigenoterapia, no recuerdo si era mediante puntas nasales -también llamadas a veces gafas nasales (¿?) o cánulas nasales- o si tenía una mascarilla pero el asunto es que no me sentía nada bien y en ese momento llegaron los médicos al pie de la cama que ocupaba.

Normalmente en un hospital público en cada servicio hay un médico adscrito o varios de ellos en cada turno, son los máximos responsables de la atención de los pacientes y los residentes e internos están bajo sus órdenes y son quienes directamente se encargan de los pacientes. Al inicio de su turno, el adscrito realiza el famoso ritual de “pasar visita”. Los residentes, o uno de ellos en particular, según quien esté a cargo, le presentan el caso de cada paciente uno a uno mientras van recorriendo todos juntos el lugar cama por cama. El adscrito atentamente escucha la exposición, generalmente cuestiona fuertemente al residente por cualquier minucia, lo corrige y si pudiera le daría un coscorrón a cada uno para que aprendan (¿Pues qué se creen?).

El caso es que en uno de esos pases de visita uno como paciente se puede llegar a sentir algo incómodo, de por sí uno no está bien y luego que te vengan a despertar (si ya es difícil dormir bien ahí) y tener que escuchar a un grupo de personas hablando de ti, en ocasiones en términos que o no comprenderás completamente o serán inexactos y que te preocuparán innecesariamente porque entre ellos discutirán incluso los diagnósticos más aventurados que te dejarán muchas dudas que harán que te preguntes: “¿Tengo fractura del arco cigomático?”. Y en realidad no era así… Pero pues qué le queda a uno más que hacer de tripas corazón y con cierto enfado pero muy responsablemente acceder cuando uno o más de los presentes solicita que se responda a unas preguntas… otra vez.

En lo personal me quitaron años, me los pusieron, lo mismo sucedió con mi peso y me atribuían hábitos que no tenía, es decir, que había aspectos que al parecer no habían quedado muy claros. Tal vez sea comprensible dado que no es tan fácil retener los detalles relativos a cada uno de los pacientes y luego exponerlos de memoria. Y recordemos que los pacientes van y vienen. Pero también se me ocurre que estas deficiencias pueden deberse a que la persona que recabó esa información no cumplió cabalmente con su cometido, quizá por carecer de una técnica adecuada para interrogar al paciente y sus familiares o por no haberse tomado el tiempo para hacerlo a conciencia.

En fin, que esas teníamos cuando alcancé a ver de reojo que un médico sacó una cámara -su celular en realidad, pero ya sabe usted-, instintivamente giré la cabeza para poder verlo directamente y seguramente mi mirada y mi expresión eran inquisidoras, como si le preguntara:

— ¿Qué intenta usted hacer? — Porque pude notar cierta turbación inusual en su rostro.
Entonces me preguntó:
— ¿Puedo tomar una foto de su… ? (Inserte aquí la descripción de una estampa digna de inmortalizar en una fotografía. Sugerencia: No hay ninguna, ¡qué más da! Lo que sea… es igual…) — No pude más que resoplar con fastidio y resignación.
— Por favor, que no se vea mi rostro. — Le pedí. Y luego volví la cara hacia el lado contrario, volteando los ojos hacia arriba, haciendo una mueca de desaprobación y moviendo la cabeza negativamente mientras me decía a mí mismo: “¡Todo sea por la ciencia!”.

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