Agatha Christie: La hija de la mariposa muerta

OUROBOROS / POR: AGLAIA BERLUTTI

De las cientos de fotografías de Agatha Christie que forman parte del archivo de varias organizaciones y fundaciones dedicadas a su memoria, hay dos en especial curiosas. En una, la escritora está de pie en la orilla de una playa, junto a una tabla de surf de aspecto aparatoso que está clavada a su lado en la arena. Es una mujer joven —alrededor de treinta años— y el cabello corto le roza la mejilla. Lleva un bañador largo, que le cubre hasta la rodilla de manera pudorosa, pero su postura es atlética, casi masculina. Christie mira la distancia, no a la cámara, de modo que es inevitable que el observador se pregunte si otea el horizonte, si trata de decidir cuál es el mejor momento para entrar al agua. Su primer esposo Archibald Christie, diría después que Agatha estaba llena de vida, que amaba el océano y por supuesto, el peligro.

La otra es aún más insólita. Una Christie de unos sesenta años o más, está dentro de una bañera vacía. Lleva un vestido de tela clara, sombrero y está riendo, mientras parece solo estar allí, recostada dentro del cuenco de porcelana. En la imagen, ya es la mujer de rostro ajado y cabello oscuro cardado que forma parte de la historia de la literatura. Pero hay un brillo juguetón y vibrante en sus ojos, en la sonrisa medio dibujada. 

Luego de su muerte, una de sus múltiples biografías, explicaría que la escritora jamás compraba una bañera o una cama, sin asegurarse “era cómoda”, lo que implicaba por supuesto, tenderse para probar su tamaño. Su segundo marido Max Mallowan, también mencionó la anécdota en una de sus cartas privadas. “Agatha necesita que todo funcione con la pulcritud de un reloj y parte de eso, son las piezas de la vida en común” bromeó. Mucho más joven que su esposa, aunque más sobrio que ella, admitió “solo puedo seguir su alegría cuando me lo permite”.

Como sus libros, Agatha Christie es un enigma y lo es, por el hecho que es imposible comprender su vida, obra y en especial su personalidad, con facilidad. Porque, aunque en la actualidad, la figura de Christie es más cercana a una benigna encarnación de la escritora autodidacta que obtiene la fama de forma casi espontánea, en realidad fue mucho más que eso. 

La autora no sólo reflexionó sobre la fórmula de crear, construir y reinventar con ingenio la concepción del misterio, sino que además dotó a cada uno de sus libros de una imperecedera personalidad. Christie además, era una escritora de método, a pesar de la creencia común que lo hacía como un pasatiempo afortunado.

En realidad, dedicaba una considerable cantidad de esfuerzo a analizar la forma en que podía narrar y disfrutaba en crear para una de sus historias, escenarios extraordinarios que le llevaba meses detallar hasta hacerlos creíbles. “Escribir es una ventana. Miro a través de lo que escribo para encontrar otro lugar, tan cerca que a veces me sorprendo al encontrarme otra vez en casa” contó a una carta a Mallowan. Más allá de eso, la escritora estaba obsesionada con la cualidad de la literatura para la evasión, algo que, aunque jamás admitió en voz alta, era obvio en todas las formas levemente rocambolescas en que disfrazó la fractura de su época en pequeñas estructuras severas de relatos cerrados.

Christie es quizás la última de las escritoras en utilizar el orden y la lógica dentro de sus argumentos. Nacida en 1890, atravesó durante buena parte de su vida la complicada transición entre un tipo de literatura realista —que estuvo en boga justo antes de su nacimiento— y después, la moderna percepción del existencialismo, basado en la incertidumbre. 

Entre ambas cosas, todavía sobrevivía un tipo de relato basado en premisas claras y fundamentado en la lógica pura, algo que seguramente supuso para Christie, una forma de entender los rápidos cambios que se sucedían a su alrededor. La escritora vivió una época de ruptura histórica —además, del paso de siglo— que debió afectar su vida amable de niña de clase alta inglesa.

Agatha, que pasó buena parte de su niñez y adolescencia entre Inglaterra y Francia, fue testigo de la lenta caída de la noción de la moral y la rígida cultura del continente, hacia la incertidumbre. Fue la época de la muerte de la identidad religiosa, de la renovada ilustración, del pináculo de la industrialización. De los primeros indicios bélicos en la frágil paz europea y también, de la connotación sobre el ser humano como parte de una idea más amplia y desconcertante. Si durante el siglo XIX el hombre y su circunstancia lo era todo, en el siguiente, el mundo literario en pleno dedicó buena parte de su esfuerzo a construir la idea de la finitud, la fugacidad de la existencia y los espacios sin nombre de lo desconocido.

Hay una anécdota, recogida en varios de los libros biográficos de la escritora, que podría ilustrar de forma muy concreta, cómo Christie percibía su vida y también, la idea sobre la incapacidad de su mente para entender el desorden incierto del siglo XX. Cuando Agatha tenía apenas diez o doce años, fue invitada a un día de campo. Su institutriz tomó una mariposa viva y la clavó con un alfiler en el sombrero de la niña. La escritora contaría después, que, durante toda la tarde, percibió la forma como la criatura moría entre los hilos de paja del sombrero, en un anuncio sombrío sobre la fugacidad de la vida y el hecho simple de la muerte. “La sensación fue tan terrorífica, que jamás pude mirar de nuevo una mariposa sin llorar” contó en una carta a una de sus amigas “Lo recuerdo aún, treinta o cuarenta años después, como un momento de suprema soledad y dolor. La mariposa moría y yo no podía dejar de pensar que un día, me ocurriría lo mismo y quizás, de la misma manera”.

Es probable que la anécdota parezca diminuta, pero entre las muchas que se cuentan acerca de la autora, es una de las que dejan claro con mayor precisión el motivo por el cual, dedicó tanto tiempo y esfuerzo a crear un sólido orden en su vida. Uno que, además, se expresó a través de su forma de escribir. 

Para Christie, la concepción sobre el bien y el mal, la angustia moral y la ética,estaban relacionadas con esa sensación perenne de pérdida. Por ese motivo, consideraba necesario elaborar una columna vertebral firme que pudiera consolar la sensación que la abrumaba, con más frecuencia de la que se atrevía a admitir. 

Agatha Christie era una mujer de contrastes: vital, feliz y llena de ideas. Pero también, con un miedo profundo a la epifanía siniestra del sin sentido moral. Para ella, la caída de los elementos que definían a la vida tal y como la conocían, suponían un recorrido inaceptable y doloroso a través de algo más duro. De la niña que percibió la muerte de la mariposa por horas, a la mujer adulta que decidió escribir y narrar un mundo perfectamente narrado de causa y efecto, el vacío, la noción de la nada era inaceptable.

Y quizás, por eso su compulsión al escribir. Sus interminables horas de construir misterios que encajaban como las piezas de un mecanismo impecable. Mientras el ateísmo destruía las creencias, las preguntas existenciales sustituían lo absoluto, la conciencia de la evolución restaba importancia al papel del hombre en la creación y la violencia, a la frágil paz de un continente voluble, Christie se refugió en su prolífica obra e improbable fama. 

En el recorrido incidental y poderoso a través de los motivos de la maldad tal y como la concebía, pero en especial, en la forma en que se comprendió la vacuidad de un siglo sin dioses, sin creencias y sin justicia. Christie, que estaba convencida de la necesidad de crear el bien —“necesito creer que prevalece el bien, a pesar de todo”— logró en sus novelas lo que perdió en su vida a medida que envejeció. La cualidad de encontrar el poder de cierta rectitud utópica sin demasiado sentido en una época de transición como la que le tocó vivir.

El misterio del sombrero perdido

Nada podía presagiar que la niña que nació en Torquay (un balneario en Devon) en 1890, sería una de las grandes escritoras de historias de detectives treinta años más tarde. En realidad, Christie era una niña sensible en un entorno apacible, que, además, disfrutaba de la percepción consciente, aunque no demasiado realista, sobre la prosperidad de su familia. 

La misma escritora diría después, que estaba convencida de que “había abundante dinero que gastar”, lo que le brindó una extraña sensación de seguridad que conservó durante años. Hay una idea esencial que Christie repite una y otra vez a medida que se hace adulta y es el hecho, de recordar a su infancia como un “lugar idílico, bañado por el sol”. 

No obstante, también hay momentos de oscuridad. “Recuerdos, miedos, dolores y tormentas que no encajan en ninguna parte” relató a su primer marido, en una emotiva carta sobre su niñez “Fui feliz o imaginé serlo. ¿Podría ser la misma cosa?”.

En realidad, lo más probable es que Christie recordara a medias un momento de la vida familiar lo suficientemente complicado como para resultar inexplicable. Su padre, Frederick Miller, heredó una pequeña herencia y fue suficiente, para que el patriarca creara la sensación general de bonanza que hizo que, en todas las novelas de Christie, haya una clara idea sobre la despreocupación de las clases acomodadas y que un crítico mordaz llamó “las pequeñas preocupaciones de la burguesía”. 

De hecho, la misma escritora reconoció que casi ninguno de sus personajes tiene preocupaciones “mundanas” y que eso les permitía, “comprender con mayor claridad, los pequeños detalles”. Christie restaba importancia al hecho de la escritura como una forma de peculiar humildad, pero, de hecho, buena parte de sus obras reflejan partes y espacios muy específicos de su vida. “A veces creo que escribí cientos de vida que debí vivir. O al menos quise hacerlo”.

A Christie le gustaba novelar su propia vida, por lo que su autobiografía es una mirada exagerada y a menudo edulcorada de su infancia. Publicada a un año de su muerte, la escritora insiste en mirar los puntos más brillantes de sus primeros años como un ensueño romántico y amable. Como si necesitara justificar de una forma u otra, la forma en que después describiría y narraría al mundo, la niñez de Agatha tiene algo de pequeñas notas al pie de página de algo más amplio y sin duda complejo, que jamás se muestra. Su padre, era un caballero a la usanza inglesa, borroso y sin identidad que formaba parte tangencial de la vida de la futura y escritora “Salía de nuestra casa en Torquay todas las mañanas y se iba a su club. Regresaba en un taxi para almorzar, y por la tarde regresaba al club, para jugar al whist toda la tarde y regresaba a la casa a tiempo para vestirse para la cena”.

Por supuesto, para Christie, el patriarca familiar era también, una especie de espectro benévolo “No tenía características sobresalientes. Su rostro se desdibujaba en la oscuridad cuando llegaba acalorado, un poco apresurado siempre. Sólo recuerdo el sonido de sus zapatos”. Sin embargo, para Christie su madre era una figura totémica, extraordinaria y poderosa. Una especie de combinación sobre lo que deseaba ser y en especial que hacía un evidente contraste con los pequeños espacios de personalidad del padre. “Mi madre era extraña, como mi padre común” dice con una burlona mezcla de cariño y crueldad.

Por supuesto, Clara Miller era un personaje curioso, sobre todo en una época en que las mujeres mal vivían a la sombra familiar. No sólo escribía poesía, sino también ensayos acerca de la trascendencia y el alma, sin duda en una reacción directa a la época descreída que debió enfrentar. Fue Clara, de quien Agatha heredó el método, la disciplina y la necesidad de escribir como una ordenada fuerza contra el caos. 

“Mi madre temía a la ausencia de creencias y dedicó buena parte de su vida a contradecir el miedo a la oscuridad” escribió Christie, que pasó buena parte de su infancia profundamente asombrada por los avances intelectuales de su madre. Clara pasó por el unitarismo, la teosofía y el zoroastrismo. La niña era su única compañera, su más atenta escucha y sin duda, su mejor repertorio. “En otras condiciones, la escritora habría sido mi madre” recuerda la escritora con especial cariño.

Por supuesto, estaba el hecho que Agatha fue una niña que llegó a un hogar de padres que ya no esperaban un nuevo miembro de la familia. Sus hermanos Madge y Monty le llevaban casi década y media, por lo que la pequeña Agatha se crió con la única compañía de Clara y la ausencia de su madre. En una época en que la educación no era obligatoria, Agatha terminó recluida en la casa familiar, leyendo una y otra vez los libros de la biblioteca de su padre y aprendiendo como podía y sólo cuando alguien tenía la paciencia de explicar, los rudimentos del idioma, la literatura y las matemáticas. 

“Fui la alumna de una casa silenciosa” confiesa en sus memorias y aunque no se detiene demasiado en el tema, si hay insistencia más que evidente en el hecho que la soledad infantil, tuvo una repercusión más o menos notoria en su recorrido hacia la literatura. “Al final, todas las puertas me llevaban a los libros”. Agatha leía por aburrimiento, escribía de vez en cuando por curiosidad y tenía todo tipo de ideas fantasiosas que su padre ignoraba y su madre alimentaba. 

La combinación terminó por mezclarse en una rarísima combinación de timidez. La futura escritora quería hablar y ser escuchada, pero no tenía por quien. Y cuando había auditorio —tíos y primos que hacían visitas esporádicas a la casa— la timidez le sobrepasaba hasta el punto de dejarle paralizada. De modo que Agatha, que después sería conocida por su elocuencia, extraño humor y afán aventurero pasó buena parte de su infancia a las sombras.

Para Agatha, la vida era la casa familiar, los tres sirvientes que le atendían y por supuesto, la larga lista de criaturas de su imaginación que la mantenían ocupada. Clara llegó a preocuparse por la manera en que Agatha entablaba conversaciones en voz alta con seres invisibles. “Mi madre creía que, entre sus tantas creencias, había atraído algún ente misterioso” bromea Christie en sus memorias. “La soledad de una niña le era impensable”. Con todo, Agatha pasaba buena parte del tiempo correteando, adoptando gatos, perros y aves, decorando y redecorando su habitación. 

En una ocasión, uno de sus canarios murió y organizó un funeral de crespones y con un pequeño desfile de criados para enterrar al cuerpecillo en el jardín. Después, le llevaría flores a diario y por último levantaría para él una especie de panteón con pequeñas piedras pintadas de blanco. “Sentía una extraña fascinación por la muerte” cuenta en sus memorias “el ritual me consoló, pero también me hizo sentir curiosidad por la muerte o mejor dicho, por el misterio”. “Me gustaba pensar que no todo tenía una explicación inmediata, sino que debías encontrarla”.

De modo que, entre amigos imaginarios, los funerales de otras tantas mascotas, las lecturas de su madre y la ausencia del padre, Agatha llegó a los diez años siendo una criatura “tan insólita que nadie sabía muy bien qué hacer conmigo”. Entonces ocurrió el incidente de la mariposa, muerta con lentitud en su sombrero y entendió algo esencial. “La muerte no tenía por qué ser una despedida amable, sino podía ser y, de hecho, algo peor” escribe. Para Agatha, el suceso marcó el fin de la niñez, a pesar que pasarían años antes que lo comprendiera desde esa perspectiva. “De alguna forma extraña, feliz”.

Pero en realidad, Agatha ni nadie de su familia fue feliz o no al menos, como lo narra la escritora de manera benevolente en sus memorias. Cuando la futura escritora tenía cinco años, su padre fue notificado por un grupo de abogados que su fortuna había desaparecido, un hecho que Christie reconoce en sus memorias, pero al que no da la importancia considerable que tuvo y que marcó su vida en adelante. 

En realidad, la casa solariega que describe, los criados amables, el jardín lleno de tumbas diminutas repletas de flores coloridas, eran tan imaginarios como sus mejores amigos. En realidad, a los diez años, vivía de la caridad de parientes y amigos, aunque Clara jamás le explicó demasiado ni Agatha se esforzó por saber “Sabía que algo iba mal pero no tan mal como para preocuparse”. De la misma manera que en sus libros, para Agatha la realidad parecía amoldarse a sus deseos, pensamientos y el asombro que le causaba a todo lo que ocurría a su alrededor. 

De modo que la pobreza, fue otra de las ideas que ocurrían una tras otras, en medio de las narraciones de Clara, la muerte de su padre cuando cumplió los doce años y por último, abandonar la casa familiar para ir a París, para acogerse a la conmiseración de tíos y primos. “Pero fui feliz” insiste “Como un pequeño sombrero perdido que busca su lugar y lo encuentra. Un pequeño misterio”.