Graves epidemias

COLUMNA I Adrián Lobo nos habla de otras graves pandemias en el sector salud. Es su columna Hospital Incurable

Foto Adam Nieścioruk en Unsplash

HOSPITAL INCURABLE / POR: ADRIÁN LOBO

Aun con todos los recursos materiales, toda la batería disponible de antibióticos y la incansable labor de prevención de los encargados de Epidemiología Hospitalaria (sí, es sarcasmo, damas y caballeros), hay algunas epidemias en el H.G.D.A.V. que nada ni nadie han sido capaces de contener.

Me parece que incluso no son fenómenos del interés de los responsables, no creo que haya estudios sobre ellos y mucho menos que se hayan tomado medidas para al menos inhibir la propagación de estos temibles males emergentes.

Consignaré aquí mis observaciones. Sabrá disculpar quien tenga la amabilidad de leer estas humildes palabras la falta de un rigor científico, como excusa puedo expresar que soy hasta ahora tan solo un espectador y no un estudioso de estos fenómenos.

El primer caso es lo que he llamado “Síndrome del dinosaurio”. No parece afectar más a hombres que a mujeres, tampoco tengo mayor evidencia de que haya más casos en ciertos grupos de edad que en otros. No causa alteraciones a nivel somático, es indetectable ante el uso de la mayoría de las herramientas de diagnóstico, carece mayormente de síntomas y la exploración física es completamente inútil.

La única forma de detectar este terrible mal es por medio de una estrecha y muy atenta observación de la conducta y los hábitos del paciente, aunque el confinamiento no sirve de nada. Pero debe hacerse con sumo cuidado para no inhibir la libre manifestación de las características que se desean observar. Dada su naturaleza es extremadamente contagioso y cunde rápidamente en grupos de personas que conviven estrechamente.

Este «Síndrome del dinosaurio» consiste en un absoluto convencimiento del paciente de que posee un extremadamente inútil, pesado y largo apéndice semirrígido conocido como “cola” o “rabo”.

Esta convicción del afectado sobre su posesión se manifiesta intensamente en el momento de cruzar el umbral de una puerta cualquiera, sin importar si es para entrar o salir, de modo que quien lo padece es absolutamente incapaz de cerrarla tras de sí, incluso no siente la obligación de hacerlo y se desentiende totalmente de esa actividad ya que su prioridad es cuidar la integridad de esta tan aparatosa y completamente inútil prolongación de su cuerpo que cree poseer, por lo que según su percepción debe dejar transcurrir un intervalo de tiempo mientras recorre una cierta distancia, variable según la intensidad de su afectación, para que este apéndice imaginario logre atravesar completamente el marco del portal en cuestión.

El afectado tiene siempre mucho cuidado de no lastimar su cola al cerrar anticipadamente la puerta ya que considera que es extremadamente sensible al estar formada principalmente por cartílago y terminales nerviosas, pero que sin embargo no sirve para nada.

Curiosamente este rabo así tan misteriosamente como aparece en su imaginación al encontrarse ante una puerta, desaparece completamente una vez que se ha alejado de ella lo suficiente, por lo que al deambular por cualquier otro sitio es imposible que le sea pisada o resulte dañada en forma alguna por algún otro objeto o alguna persona. Tal vez imagina el paciente que se enrosca en una de sus piernas.

Es notable también cómo la única puerta que no causa este efecto en el paciente es la del sanitario. No he podido observar a ningún individuo con esta condición en el momento de salir de su casa, ignoro entonces si su mal se manifiesta también en ese instante, este sería en realidad uno de cierto peligro para él mismo y las personas con las que cohabita. Al paciente no parece molestarle en lo más mínimo su condición pero puede llegar a ser por demás irritante para las personas a su alrededor.

Otra epidemia que ha cundido al interior del hospital -que aún no he decidido cómo nombrar- es una pérdida repentina, parcial, bilateral y momentánea de la capacidad auditiva al mismo tiempo que se manifiesta un mutismo selectivo. Típicamente los afectados pierden por instantes casi toda, a veces toda, capacidad de escuchar y responder a un saludo normal o bien de expresar uno al presentarse en algún sitio, así que usualmente ambas deficiencias se manifiestan de la mano una con la otra, esto lo atribuyo a un súbito incremento en los niveles de sober-bilirrubina.

Considero estas como verdaderas discapacidades sociales que casi siempre se incuban desde la infancia, se empiezan a manifestar esporádicamente en la adolescencia y después estallan con toda su virulencia salvaje debido a la deficiencia en la atención del menor por parte de los progenitores.

La mejor vacuna se administra vía oral, esto es, instruyendo verbalmente a los chicos sobre el comportamiento deseable y adecuado en sociedad, un importante refuerzo se absorbe con la exposición reiterada a la realización de la conducta deseable por parte de los padres, esto es cuando al menor se le da el ejemplo.

En caso que lo anterior falle, como último recurso, se puede recurrir a medios físicos, como por ejemplo el contacto vigoroso y reiterado en un brevísimo periodo de la suela de una chancla cualquiera con la región glútea del educando y repetir la dosis cada vez que sea necesario hasta lograr el efecto deseado.

Pero puede suceder que en un individuo que haya recibido todos los cuidados terapéuticos disponibles, y la correspondiente instrucción inmunológica y educativa, en algún momento el condicionamiento y el adiestramiento social lleguen a fallar y experimente una atrofia de esas habilidades tan valiosas.

Esto puede deberse a una anomalía en la gravedad relativa a la persona debido a una variación de su masa que ocasiona que se hinche como un pavorreal, por puro orgullo muchas veces, lo que provoca que despegue los pies del piso, muchas veces impulsado por repentinos aires de grandeza que bien podrían tener un fundamento real gracias a la obtención de logros de cierta importancia, ciertamente alcanzados por méritos propios generalmente, pero que sin embargo no justifican del todo contagiarse del mal.

Adrián Lobo.

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