No, mamá, no soy satánico

Foto Jay Short en Unsplash

POR SERIGO ALBERTO CORTÉS RONQUILLO

El acto de crear conlleva más que inspiración. Es muy cierto que si no tenemos algo que contar, pues mejor nos callamos; igualmente, es evidente que si no sentimos ese impulso de hacerlo, mejor no llevarlo a cabo. La inspiración siempre es romantizada como una iluminación divina que te permite alcanzar cualquier cosa. Nada más lejos de la verdad: la inspiración no sirve de nada sin algo por contar. Pensar que solamente con un impulso que viene de alguna parte desconocida de nuestro interior, podremos lograr grandes cosas, es un gran error. Para decir algo por medio del arte, hay que trabajar. Respecto a la literatura, antes de ponerse a escribir, hay que investigar de lo que queremos hablar, y esta investigación puede llevar a falacias como que alguien conocido te tache de muchas cosas por querer saber de un tema.

La investigación previa al acto de escribir es fundamental para evitar contratiempos y errores. No somos expertos en todo, pero eso no significa que no podamos hablar de algo si es que la inspiración nos ha inclinado a hacerlo. Por medio de una documentación decente, así como sabiendo en su generalidad lo que se ha dicho antes sobre el tema que queremos tratar, es como lograremos tener una visión más holística del tema.

Lo que nos molesta de las redes sociales es que da lugar a que todos hablen sin pensar. Cuando vivimos, nos arrepentimos cuando hacemos algo de forma impulsiva, cuando sentimientos negativos guían nuestro actuar. En la “vida real”, puede haber consecuencias a estos actos, generalmente las hay. En redes sociales, y el internet en general, no hay una consecuencia tangible, no hay algo que nos haga ver nuestro error. Al navegar en línea, leemos lo que queremos leer y creemos que los demás nos leen como nosotros queremos que nos lean. Una suerte de paradoja egoísta. Entonces, cuando vemos que alguien habla de lo que no sabe, y que lo hace porque no sufrirá consecuencias al respecto, nos damos cuenta del ridículo en el que cae.

Igual sucede cuando nos queremos expresar por medio del arte en general, pero como mi experiencia es un poco más en la escritura, me enfoco en esta. Cuando contamos algo, caemos en el riesgo de no hacerlo eficientemente, y es por eso que el escritor investiga: para informarse. Al ser la verdadera literatura un modo de expresión libre, la inspiración puede llegarnos a oleadas, pero debemos ser cuidadosos sobre cómo lo llevamos a cabo. Podemos escribir de lo que sea, pero debemos tomarnos el tiempo para investigar.

Obviamente, alguien que escribe no lo sabe todo solamente porque sí, tampoco la escritura es una mera proyección personal. Resulta ahora que por medio de un libro podemos conocer al autor… sí, pero no. Sí podríamos conocer ciertas cuestiones, pero no conocer a quien escribe en su totalidad, eso es muy reduccionista. Eso de que el autor es lo que escribe, o que ahí proyecta a su Yo, es complejo.

Hay un concepto freudiano, el de la sublimación. Según, por medio de un acto benevolente, uno llega a desahogar los impulsos más oscuros. Entonces un doctor evita ser un asesino en serie porque ya puede cortar gente en un quirófano; por eso, también, un docente se quita la espinita y el pesar de no poder tener hijos, porque da clases a muchos hijos suyos. Y por eso hay mentecatos que cuestionan a genios del cine, por ejemplo, como Tarantino, porque “si es tan violento en sus películas, ¿qué no será él?”… bueno… eso es ridículo: Quentin no proyecta un impulso asesino, solamente exagera la violencia para que la gente sepa que eso que ve es una narrativa de ficción.

Lo ridículo de este tipo de comentarios radica en que, tomando en cuenta que Tarantino es un asesino que sublima su impulso; entonces tenemos toda la autoridad para decir que Tolkien, en realidad, era un dragón; que Asimov era un robot que quería ser humano o algo así; que Umberto Eco se estaba muriendo por tocar un libro envenado o que protegía al mismo…

Como vemos, es importante informarse.

Es normal que uno investigue, entonces, llega la gente a decir cosas. Es cierto que la mayoría no es mal intencionada, y también es porque desconoce el proceso creativo; sin embargo, esto no evita que sea una incoherencia lo que sale de su boquita.

En un caso muy personal, escribí una novela de un exorcista. Para tal efecto, investigué a ese respecto: el Ritual Romano, documentales en Netflix, libros, angeología, demonología, psicología… todo lo posible. Entonces, llegaron los comentarios “Debes tener cuidado, por estarte metiendo en esas cosas, te puede pasar algo malo.”, “Sabía que esa música que escuchas [escucho metal, es mi género preferido] te iba a llevar por caminos así”, “¿A poco ya te interesas por el diablo?”, “Mejor deja que Jesús y Dios guíen tu vida”.

Yo soy agnóstico en sí, sin embargo, por mi familia y el mismo medio en el que me desenvuelvo, cuestiones de fuerzas del bien y del mal, de Dios y sus contrincantes, son más que interesantes. Sin embargo, uno no se puede lanzar a escribir de eso si no conoce al menos los conceptos básicos. Obviamente, mis razones eran literarias, enfocadas en su totalidad para la creación de una narrativa de ficción. Podría decir que incluso sin ser creyente, prefiero alejarme de todos esos temas porque sí les temo.

Un escritor investiga para saber de qué va a escribir, para poder mandar su mensaje de la mejor manera, no para volcarse como fiel seguidor y soldado de las fuerzas del mal. Sí, lo admito, cositas raras pasaron cuando investigaba y escribía, pero nada grave. Es evidente que la inspiración no lo es todo al crear: hay que trabajar. No deberíamos desdeñar a los creadores artísticos, pues su chamba conlleva tanta labor como la de los doctores, ingenieros, arquitectos; quienes sean. Toda labor bien hecha, conlleva un gran trabajo detrás, y ninguna es “mejor” o “peor” que otra. La calidad radica en cómo se llevó a cabo el trabajo previo a un resultado final. Yo investigué de exorcismos, brujerías y eso, no porque me llamara la atención meterme a ese mundo; sino porque mi novela así me lo requería. Y sí, tuve algunas conversaciones al respecto con mi familia, y sí tuve que decir No, mamá, no soy satánico, es mucho peor: soy escritor.